Esta semana cegado aún por el mal de altura y en conversación conmigo mismo quise poner en claro algunos pensamientos que de cuando en cuando martilleaban en mi cabeza. La montaña fue un buen pretexto para, con la ambición de tocar el cielo, borrar de la mente cualquier pecado y hacer más llevadera la penitencia.
De un tiempo a esta parte he oído discusiones de todo tipo por el hecho de que un vino lleve o no tal o cual medida de madera en sus entrañas. Y claro no puedo menos que abrir un espacio de debate para todo aquel que quiera aportar su granito de viruta de esta boscosa situación.
De un tiempo a esta parte la moda en cuestión era hacer un fino comentario del tipo:
“un vino sabroso afinado por una larga permanencia en barrica que le aporta una finura de suave tostado de fina especie de tabaco y un persistente aroma de vainilla que afinan sus potentes taninos”.
Claro. Con afirmaciones como esas un Borgoña, o incluso un Rioja tradicional, eran considerados como vinos ligeros, frutales sin peso específico. Es decir, les faltaba ese chute de madera noble que parecía presidir cualquier celebración o acto social que se precie.
La reacción contraria tampoco se hizo esperar. Muchos productores optaron por vestir sus creaciones con el pomposo sello de vino elaborado a la manera ecológica. ¿Pero qué entendemos con la etiqueta ecológica? Porque esto es como un cajón de sastre en el que todo cabe…
Dejando aparte las estrictas reglamentaciones en este sentido no me parece que el atractivo de un vino recaiga en su manufactura ecológica. Quiero decir que la tradición juega un papel relevante en este oficio y así como el aporte de nuevas técnicas heredadas de los avances tecnológicos son bienvenidas, creo a pies juntillas que nunca hay que olvidar las raíces de nuestros ancestros y la sabiduría de muchas generaciones que marcaron a fuego nuestro substrato cultural.
A todo ello y echando más leña al fuego vino como Mr.Marshal en aquella película de Berlanga un discurso rompedor desde el otro lado del Atlántico a cambiar el panorama vínico europeo. Abrimos la puerta y entró un viento helado –Robert Parker- que como la imparable filoxera nos cogió sin abrigo y sin pañuelo para soplarnos el moquillo.
Y hete aquí que nos encontramos divididos entre inmovilistas y detractores de lo nuevo y renegados de las ataduras tradicionales y partidarios del borrón y cuenta nueva. ¿Con cuál nos quedamos? Vaya, ya estamos en la lucha entre el bien absoluto y el mal universal, el ying y el yang, PSOE o PP, etc., etc...
Perdón por la deriva pero la corriente es muy fuerte. A estas alturas no creo que el mundo sea blanco o negro, más bien lo valoro en una extensa gama de grises. De lo que extraigo un par de conclusiones. La primera, hay que saber leer el terreno donde cría la uva que será el que determina su posterior elaboración. Los pasos nunca serán iguales porque los caminos son diferentes pero la tecnología es necesaria en la medida que sirve a simplificar esfuerzos y facilitar objetivos.

Siempre he creído que la elaboración del vino es fruto de un arte y como tal tiene unos ritmos y tiempos que una excesiva mecanización tiende a crear productos de bella factura estética pero sin alma, sin expresión ni carácter personal. Lo malo de la globalización. Tendemos a ser todos iguales, sin diferencias ni particularidades, inexpresivos. La eficacia es rapidez y el tiempo un factor que hay que reducir. Así nos encontramos con que el vino se hace a la medida del compulsivo consumidor. Si uno quiere vino de hielo pues lo enfriamos en tanques y creamos artificialmente el decorado para que se den las condiciones. ¿Por qué esperar diez años a que un Burdeos –por ejemplo- se afine en botella? Riberas del Duero con un mismo patrón de sobre extracciones, sobre madurados y una carga de madera adicional que los hace aptos para su consumo a la mañana siguiente de salir al mercado. Quiero que el vino sepa a vino, no a sirope alicantino o vegetal murciano, por citar algunas comunidades. Quiero que el vino tenga una buena acidez sin que se le vaya la mano al ácido tartárico…
Entre el Racó de Can Fabes y el Bullí hay un mundo todavía por explorar. Es por ello que creo que la elaboración de un vino tiene que tener un punto de honestidad, otro de respeto a la tierra, auténtico cordón umbilical, donde se encuentra enraizado y otro de inspiración creativa, amén de los fines comerciales que son plenamente legítimos.
Más madera…
De un tiempo a esta parte he oído discusiones de todo tipo por el hecho de que un vino lleve o no tal o cual medida de madera en sus entrañas. Y claro no puedo menos que abrir un espacio de debate para todo aquel que quiera aportar su granito de viruta de esta boscosa situación.
De un tiempo a esta parte la moda en cuestión era hacer un fino comentario del tipo:
“un vino sabroso afinado por una larga permanencia en barrica que le aporta una finura de suave tostado de fina especie de tabaco y un persistente aroma de vainilla que afinan sus potentes taninos”.
Claro. Con afirmaciones como esas un Borgoña, o incluso un Rioja tradicional, eran considerados como vinos ligeros, frutales sin peso específico. Es decir, les faltaba ese chute de madera noble que parecía presidir cualquier celebración o acto social que se precie.
La reacción contraria tampoco se hizo esperar. Muchos productores optaron por vestir sus creaciones con el pomposo sello de vino elaborado a la manera ecológica. ¿Pero qué entendemos con la etiqueta ecológica? Porque esto es como un cajón de sastre en el que todo cabe…
Dejando aparte las estrictas reglamentaciones en este sentido no me parece que el atractivo de un vino recaiga en su manufactura ecológica. Quiero decir que la tradición juega un papel relevante en este oficio y así como el aporte de nuevas técnicas heredadas de los avances tecnológicos son bienvenidas, creo a pies juntillas que nunca hay que olvidar las raíces de nuestros ancestros y la sabiduría de muchas generaciones que marcaron a fuego nuestro substrato cultural.
A todo ello y echando más leña al fuego vino como Mr.Marshal en aquella película de Berlanga un discurso rompedor desde el otro lado del Atlántico a cambiar el panorama vínico europeo. Abrimos la puerta y entró un viento helado –Robert Parker- que como la imparable filoxera nos cogió sin abrigo y sin pañuelo para soplarnos el moquillo.
Y hete aquí que nos encontramos divididos entre inmovilistas y detractores de lo nuevo y renegados de las ataduras tradicionales y partidarios del borrón y cuenta nueva. ¿Con cuál nos quedamos? Vaya, ya estamos en la lucha entre el bien absoluto y el mal universal, el ying y el yang, PSOE o PP, etc., etc...
Perdón por la deriva pero la corriente es muy fuerte. A estas alturas no creo que el mundo sea blanco o negro, más bien lo valoro en una extensa gama de grises. De lo que extraigo un par de conclusiones. La primera, hay que saber leer el terreno donde cría la uva que será el que determina su posterior elaboración. Los pasos nunca serán iguales porque los caminos son diferentes pero la tecnología es necesaria en la medida que sirve a simplificar esfuerzos y facilitar objetivos.
Siempre he creído que la elaboración del vino es fruto de un arte y como tal tiene unos ritmos y tiempos que una excesiva mecanización tiende a crear productos de bella factura estética pero sin alma, sin expresión ni carácter personal. Lo malo de la globalización. Tendemos a ser todos iguales, sin diferencias ni particularidades, inexpresivos. La eficacia es rapidez y el tiempo un factor que hay que reducir. Así nos encontramos con que el vino se hace a la medida del compulsivo consumidor. Si uno quiere vino de hielo pues lo enfriamos en tanques y creamos artificialmente el decorado para que se den las condiciones. ¿Por qué esperar diez años a que un Burdeos –por ejemplo- se afine en botella? Riberas del Duero con un mismo patrón de sobre extracciones, sobre madurados y una carga de madera adicional que los hace aptos para su consumo a la mañana siguiente de salir al mercado. Quiero que el vino sepa a vino, no a sirope alicantino o vegetal murciano, por citar algunas comunidades. Quiero que el vino tenga una buena acidez sin que se le vaya la mano al ácido tartárico…
Entre el Racó de Can Fabes y el Bullí hay un mundo todavía por explorar. Es por ello que creo que la elaboración de un vino tiene que tener un punto de honestidad, otro de respeto a la tierra, auténtico cordón umbilical, donde se encuentra enraizado y otro de inspiración creativa, amén de los fines comerciales que son plenamente legítimos.
Más madera…
N.A. La primera foto corresponde al Macizo de Posets (3.375m.) desde el Diente de la Llardana en el Pirineo Aragonés. La segunda es de febrero de 2008 con la habitual presentación a cargo de Vins Alemanys y Vinialia en el Mas Marroch de Can Roca; ¿reconocen los personajes en franca -debería decir germánica- conversación?



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