lunes 6 de julio de 2009

El sermón de la montaña


Esta semana cegado aún por el mal de altura y en conversación conmigo mismo quise poner en claro algunos pensamientos que de cuando en cuando martilleaban en mi cabeza. La montaña fue un buen pretexto para, con la ambición de tocar el cielo, borrar de la mente cualquier pecado y hacer más llevadera la penitencia.

De un tiempo a esta parte he oído discusiones de todo tipo por el hecho de que un vino lleve o no tal o cual medida de madera en sus entrañas. Y claro no puedo menos que abrir un espacio de debate para todo aquel que quiera aportar su granito de viruta de esta boscosa situación.
De un tiempo a esta parte la moda en cuestión era hacer un fino comentario del tipo:
“un vino sabroso afinado por una larga permanencia en barrica que le aporta una finura de suave tostado de fina especie de tabaco y un persistente aroma de vainilla que afinan sus potentes taninos”.

Claro. Con afirmaciones como esas un Borgoña, o incluso un Rioja tradicional, eran considerados como vinos ligeros, frutales sin peso específico. Es decir, les faltaba ese chute de madera noble que parecía presidir cualquier celebración o acto social que se precie.
La reacción contraria tampoco se hizo esperar. Muchos productores optaron por vestir sus creaciones con el pomposo sello de vino elaborado a la manera ecológica. ¿Pero qué entendemos con la etiqueta ecológica? Porque esto es como un cajón de sastre en el que todo cabe…

Dejando aparte las estrictas reglamentaciones en este sentido no me parece que el atractivo de un vino recaiga en su manufactura ecológica. Quiero decir que la tradición juega un papel relevante en este oficio y así como el aporte de nuevas técnicas heredadas de los avances tecnológicos son bienvenidas, creo a pies juntillas que nunca hay que olvidar las raíces de nuestros ancestros y la sabiduría de muchas generaciones que marcaron a fuego nuestro substrato cultural.

A todo ello y echando más leña al fuego vino como Mr.Marshal en aquella película de Berlanga un discurso rompedor desde el otro lado del Atlántico a cambiar el panorama vínico europeo. Abrimos la puerta y entró un viento helado –Robert Parker- que como la imparable filoxera nos cogió sin abrigo y sin pañuelo para soplarnos el moquillo.
Y hete aquí que nos encontramos divididos entre inmovilistas y detractores de lo nuevo y renegados de las ataduras tradicionales y partidarios del borrón y cuenta nueva. ¿Con cuál nos quedamos? Vaya, ya estamos en la lucha entre el bien absoluto y el mal universal, el ying y el yang, PSOE o PP, etc., etc...

Perdón por la deriva pero la corriente es muy fuerte. A estas alturas no creo que el mundo sea blanco o negro, más bien lo valoro en una extensa gama de grises. De lo que extraigo un par de conclusiones. La primera, hay que saber leer el terreno donde cría la uva que será el que determina su posterior elaboración. Los pasos nunca serán iguales porque los caminos son diferentes pero la tecnología es necesaria en la medida que sirve a simplificar esfuerzos y facilitar objetivos.


Siempre he creído que la elaboración del vino es fruto de un arte y como tal tiene unos ritmos y tiempos que una excesiva mecanización tiende a crear productos de bella factura estética pero sin alma, sin expresión ni carácter personal. Lo malo de la globalización. Tendemos a ser todos iguales, sin diferencias ni particularidades, inexpresivos. La eficacia es rapidez y el tiempo un factor que hay que reducir. Así nos encontramos con que el vino se hace a la medida del compulsivo consumidor. Si uno quiere vino de hielo pues lo enfriamos en tanques y creamos artificialmente el decorado para que se den las condiciones. ¿Por qué esperar diez años a que un Burdeos –por ejemplo- se afine en botella? Riberas del Duero con un mismo patrón de sobre extracciones, sobre madurados y una carga de madera adicional que los hace aptos para su consumo a la mañana siguiente de salir al mercado. Quiero que el vino sepa a vino, no a sirope alicantino o vegetal murciano, por citar algunas comunidades. Quiero que el vino tenga una buena acidez sin que se le vaya la mano al ácido tartárico…

Entre el Racó de Can Fabes y el Bullí hay un mundo todavía por explorar. Es por ello que creo que la elaboración de un vino tiene que tener un punto de honestidad, otro de respeto a la tierra, auténtico cordón umbilical, donde se encuentra enraizado y otro de inspiración creativa, amén de los fines comerciales que son plenamente legítimos.
Más madera…

N.A. La primera foto corresponde al Macizo de Posets (3.375m.) desde el Diente de la Llardana en el Pirineo Aragonés. La segunda es de febrero de 2008 con la habitual presentación a cargo de Vins Alemanys y Vinialia en el Mas Marroch de Can Roca; ¿reconocen los personajes en franca -debería decir germánica- conversación?

lunes 29 de junio de 2009

Cinco más cinco


El resultado de la operación que da título a esta entrada no es diez. Sirva este ejemplo para demostrar que en el mundo tan denostado de las matemáticas todo tiene cabida, que el mundo no es cuadriculado y cartesiano, que el resultado de una simple operación puede ir más allá y que, a veces, son necesarias muchas palabras y no tantas imágenes para encontrar la respuesta.

Cinco de los que formamos Vadebacus, los cinco que quedamos con mayor asiduidad, nos encontramos por enésima vez para tomar unos vinos, disfrutar de una velada y regocijarnos en nuestra enorme suerte, la de formar parte de los privilegiados. Porque si algo resume nuestra posición es eso: el privilegio que nos otorga el poder disfrutar en buena sintonía, unas veces en casa de uno y otras en la de otro cualquiera, de unos cuantos vinos de categoría, evocadores, perfectos para el momento.

Es tan cierto que hay vinos de mayor prestigio como que los que elegimos para el momento fueron los idóneos. La excusa es encontrarnos y abrir casi por inercia y sin premeditación unas cuantas botellas, en esta ocasión fueron cinco.

Uno: Krug Grande Cuvée Brut. Un champagne de la zona de Reïms, una bodega de gran prestigio, una de las grandes. Krug fue fundada en 1843 y este champagne básico no es de añada, es decir que no se compone de uvas de un mismo año. En su composición varietal se adivinan las tres uvas que son: pinot noir, pinot menieur y chardonnay y son mezclados alrededor de 50 vinos con sus tres variedades hasta llegar al coupage deseado. Se utilizan mostos de entre seis y diez años diferentes.

Tiene color dorado algo subido. Afloran aromas de levaduras, como a la malta que compone la cerveza y resulta salino, cítrico y con mayor temperatura aparecen flores blancas, manzana y palodul, así como humo y anisados. En boca resulta cítrico y el carbónico está muy bien integrado. La acidez está presente desde el principio aunque asciende a medida que va recorriendo hacia el final de boca. Aparecen aromas a frutos secos y una amargor final que suavemente te invita a un nuevo disfrute. Maravilloso.


Dos: Viña Tondonia Reserva Blanco 1989. Este vino blanco de viura y malvasía, que pasó por barrica durante la friolera de 6 años, es un ejemplo de buena elaboración de la riojana López de Heredia. Lo mejor de todo es que podemos disfrutar de él sin tener que pedir un préstamo en estos tiempos de crisis.

Color de miel, untuoso en su aspecto. Aromas a cera de abeja, mantequilla rancia y a orejones. Aparecen toques que vienen dados por la madera, una madera muy diferente a la que se suele utilizar hoy en día en casi todas las bodegas. Barnices, te verde, tabaco, mandarina china. Boca a melocotón en almíbar, untuosa y glicérica. El final es herbáceo y extremadamente seco. Quién pillara unas cuantas botellas...


Tres: Airola 2001, de Bodegas y Viñedos Castro Ventosa. Es un vino que se nos presentó a ciegas y fue una auténtica sorpresa, nos recordó a un buen alsaciano de los probados hace unos meses, uno de los ricos también hecho con la variedad gewürztraminer. Pertenece a la denominación Vinos de la Tierra de Castilla y León aún siendo de Valtuille de Abajo, ya que el Bierzo no aceptaba a la gewürz dentro de sus variedades permitidas.

Su color es dorado subido. Aparecen notas de piedra mojada, mandarina y rosas por encima de todo. Resulta herbáceo y aparecen recuerdos de maría luisa. En boca surgen flores blancas, de buen recorrido y presencia mineral. Un final herbáceo y algo amargo nos sugiere de forma incontestable la variedad que lo compone. Sorpresa muy agradable después de sus ocho años de vida.



Cuatro: el único tinto, Alión 2005, un Ribera del Duero con tipicidad, se presenta y hace acto de presencia de manera incontestable. Las hechuras de la bodega madre presentan sus credenciales, es innegable su procedencia, una botella abierta hace pocos meses y de la cosecha 2003 nos dejó algo intranquilos. Una vez catado este 2005 nos inclinamos a pensar que aquel 2003 resultó una botella rara, para nada representativa de lo que es el vino.

En esta ocasión el vino tiene una capa alta, picota subido, casi negro. En nariz aromas lácteos, como a queso manchego, lata de anchoas y una madera bien integrada. Florales de violetas, arcilla y un recuerdo balsámico y de cacao que se acentúa en boca, donde resulta potente y la fruta hace acto de presencia poniendo de manifiesto su excelente materia prima. Final largo donde el mineral (tinta china) y el caramelo de café con leche nos dejan buenas y bonitas sensaciones.

Cinco: Barzen Eiswein 2004. El colofón perfecto para una gran noche, nuestra querida uva alemana, la riesling, de nuestro querido amigo Alex Barzen. Nos gusta repetirnos, en este caso, porque el vino es fabuloso, nos parece increíble que semejante perla haya caído en nuestras manos. Como siempre destaca su brutal acidez compensada con la fruta y el azúcar residual existente. Parece que no pase el tiempo para él, es adictivo, resulta milagroso. Qué satisfacción el disponer de unas pocas botellas en nuestras bodegas! ¿Qué haremos cuando se acabe?

Así acabó la noche, entre risas también, como es normal. Y el calor del verano…

jueves 25 de junio de 2009

Don Mauro ¿más madera...?


No sin razón se oyen voces en el mundillo que critican el uso (y abuso) de la madera en los vinos actuales. Parece ser que Mr. Parker con su poder mediático dicta cómo debe ser un vino para alcanzar las cotas más altas de puntuación: la utilización de la madera se ha disparado con su opinión a favor del añadido de aromas y estructura a cualquier materia prima líquida que se tercie.

Si añadimos que cada madera puede ser de un lugar u otro de procedencia, que su nivel de tostado puede pasar del más ligero al más amargo y quemado o que, según la capacidad de la propia barrica el aporte de esta variará, tenemos una ecuación que difícilmente seremos capaces de resolver salvo si somos enólogos o estamos muy dados en la materia. Yo no soy una cosa ni otra, pero si sé qué tipo de sensaciones ambiciono en un vino y no son, casualmente, las que me ofrece un vino colmado de taninos procedentes de la madera o unos aromas avainillados que restan cualquier gracia frutal (tampoco me valen sobre maduraciones exageradas para intentar mitigar esa carga de madera o de su carbonizado interior).

Los que me conocen ya saben que no comulgo con esos gustos, pero entiendo que la madera es positiva para muchos vinos, eso sí, en su justa medida.
¿Necesita entonces la misma cantidad de madera un vino que otro...? Lógicamente no.
Cuantas veces vemos blancos que han pasado por la barrica meses y meses, dejando así sus virtudes (si es que las tenían…) a la altura del betún ya que, por desgracia, sólo es evidente el tortazo de madera que se le ha añadido. Un tinto procedente de unas viejas viñas de Toro no puede requerir la misma cantidad de madera que uno elaborado para su venta a granel en La Mancha.
Otra cosa es que algún avispado productor de vinos insulsos aproveche el tirón y la “gracia” de la madera nueva (llámese madera en la mayoría de estos casos a las virutas, chips o cualquier otra forma de presentación) para dotar a su líquido de una pronta opulencia y una falsa sensación de calidad. Como siempre, pagan justos por pecadores pues restan credibilidad a los que realmente están necesitados de ese aporte para calmar el fulgor de su vino.


Todo este rollo viene a cuento de uno de los vinos tintos que más me ha llamado la atención últimamente: Mauro Vendimia Seleccionada 2002
Curiosamente tengo una mínima experiencia con la marca y me parece digno de reseñar la diferencia de trabajo con la madera que aporta la bodega de Tudela de Duero a los tres vinos de la casa. Tanto el primer vino como el tope de gama (Mauro y Terreus respectivamente) me parecen muy pasados de madera, faltos de identidad por la opacidad que deja ese aporte en ellos. En cambio, el susodicho VS me parece mucho más acorde con su filosofía y necesidades en ese aspecto.

Mauro VS está realizado por Mariano García (ex de Vega Sicilia, con 30 años acumulados en la gran casa) que, desde sus inicios en 1994, ha seguido el concepto vino de guarda con él.
Su elaboración es muy cuidada: tempranillo de viñas de 25-30 años de edad, levaduras naturales que se consiguen con un pie de cuba elaborado anteriormente, una primera crianza de 12 a 18 meses en roble nuevo francés y el resto, dependiendo según las necesidades de cada añada, en madera americana usada.
Es innegable que la dosis aplicada de madera en este 2002 es alta, 32 meses no dejan indiferente a nadie y menos a un vino pero, asombrosamente, la fruta guarda una capacidad de mimetización en sus primeros años que no hace más que explotar abundantemente cuando pasa su primer lustro de vida. Pocos vinos pueden jactarse de esa particularidad, el poder de la fruta y el suelo por encima de los añadidos.
Particularmente la añada 2002 se vio beneficiada por el aporte de uvas de Terreus que en ese año se desestimo su elaboración, con lo que la base para una buena cata estaba más que presentada.

Impacta su color oscuro, casi negro opaco y con un fino ribete que apenas se hace perceptible. La nariz se muestra intensa, con aromas definidos y reciamente elegantes. Fruta negra madura, especias, tierra con arcilla y una madera en pleno proceso de recesión, temblando ante tanta contundencia vínica.
El primer sorbo impacta por sus tremendos y sabrosos taninos, se estancan en las paredes bucales hasta que se les obliga a pasar… posee una densidad ajustada a su acidez creando un conjunto sobrado de elegancia y estructura.
Extraordinario final achocolatado y claras tendencias de su suelo. Vino multidimensional, tocado por la gracia del elaborador.

Puntuación: 9,3 POG

Dejadme añadir que el destino y la casualidad han decidido que esta entrada sea la número 250 en la vida de este humilde blog de vinos. Si los lectores disfrutáis con nuestros escritos una décima parte de lo que lo hacemos nosotros escribiéndolos ¡nos damos por pagados con creces!

Salud y vinos para disfrutarla.

lunes 22 de junio de 2009

Al filo de lo posible


Con los calores del incipiente verano cada vez es más frecuente refrescar el ambiente con una fría burbuja que pongan a tono paladar y garganta antes de acometer otros caldos de temperatura más cálida.
No me declaro un amante de los espumosos de mi tierra con lo que siempre me cobijo a la sombra de mi vecina frontera gala a la hora de escoger un producto de estas características que satisfaga mi exigente sensibilidad, que no así mi bolsillo.

Los motivos cuando no son legítimos se inventan por si solos y son la excusa perfecta para reunir a unos cuantos amigos alrededor de una buena tertulia. En este caso se trataba de poner puntos y comas a la aventura que cada verano unos pocos entusiastas de los deportes de alta montaña emprendemos agarrados a la fiebre de los tres miles de nuestro Pirineo. De esta segunda parte ya daremos buena cuenta en estas mismas páginas pero ahora de lo que se trata es de planificar rutas y escaladas entre guías y mapas a la vez que satisfacer nuestros sentidos con un par de aportaciones vínicas de diferente factura.

Para empezar un Pierre Peters Cuvée Spéciale 2000. De este pequeño productor de Le Mesnil-sur-Oger ya hemos hablado en nuestro Blog Vadebacus y hemos catado además las ediciones 1998,99 y 2000. Por cierto creo que esta última se encuentra ahora a la altura de otras con muchísimo más nombre y prestigio. El abismo entre la versión básica y el Cuvée Spéciale adquiere toda su dimensión con la selección de añada 2000 camaleónica, pletórica y cargada de sensaciones. Es un Blanc de Blancs elaborado donde mejor se entiende el Chardonnay dentro de la extensa zona champañera.


La burbuja es fina, delicada, sostenida. Un suave pan tostado que se diluye dando paso a un sabor más metálico cargado de mineral calcáreo. Al cabo de un cierto rato la mantequilla se transforma en notas florales, con un ligero toque amargo y una acidez cítrica persistente que alarga su recorrido. Genial.

Con las copas todavía llenas de Pierre Peters pasamos a degustar un tinto bandera de la Costa Brava Norte, todo un clásico, un Gran Claustro 1999 Castillo de Perelada, todavía con la denominación de origen Empordà-Costa Brava –desde 2006 se ha eliminado la indicación Costa Brava-.


Este es un vino que hay que darle de comer aparte. Procede de plantaciones de los términos de Pont de Molins y Perelada. Se ha realizado a base de una selección de Cabernet Sauvignon (40%), Merlot (30%), Garnacha (15%) y Cariñena (15%).
Lo primero que nos ofrece es su opulencia con taninos muy marcados y unos barnices muy presentes. El balsámico evoluciona al evaporarse el alcohol. La fruta madura es ahora un placer y se atisba un pimiento verde junto a un suave timbre de chocolate y perfume de violetas.

El vidrio se tiñe de un rojo cargado de negro intenso que contrasta con el amarillo pálido del Pierre Peters que sigue burbujeando en la copa de al lado. Extraña pero entrañable pareja…al filo de lo posible.

N.A.La primera foto corresponde al lago del Portillon d'Ôo,cerca de Bagneres de Luchon,en el Pirineo Central.

jueves 18 de junio de 2009

Mas La Plana 2002

El gigante Torres, del cual hemos dedicado varios artículos en nuestra web, es un referente de expansión comercial, dedicación y tradición en todo lo que rodea al mundo de la uva. Pronto se cumplirán 140 años desde que Jaime y Miguel Torres dedicaron sus esfuerzos a construir la primera bodega de Vilafranca del Penedés. Su estrecha relación con la América Latina hace que el apellido Torres sea tan conocido por aquellos lares como por sus tierras catalanas.
La familia Torres está desperdigada por varios continentes y centros neurálgicos en lo que se refiere al vino como Chile y California.

Realizar un resumen de la historia, premios, capacidad empresarial y visión de futuro es tarea imposible, como intentar cuadrar el círculo, y es por ello que me limitaré a comentar el último de los vinos que he podido disfrutar: Torres Mas La Plana 2002.

Este Mas La Plana, conocido por aquel entonces como Gran Coronas Cabernet, desbancó a los mejores cabernets mundiales en la olimpiada del vino de Gault-Millau, en 1979, y se hizo con la medalla de oro del certamen, pasando por encima del mismísimo Chateau Latour y de cualquier otro. Fue la añada 1970 y supuso un fuerte impulso para el Penedés y para la bodega.

El viñedo que da luz a este Mas La Plana se situa en Pacs del Penedés y tiene una superficie aproximada de 29 hectáreas, todas de cabernet sauvignon. Allí se obra el milagro. Amén de premios y demás consideraciones soy de la opinión de que lo mejor para descubrir un vino es probarlo y disfrutarlo, como ha sido el caso. El precio aproximado en tienda es de 40 euros y tengo que decir que vale la pena pagarlo. Tal vez sea la mejor cabernet nacional que haya tenido ocasión de beber.


Su color es color cereza intenso de capa alta, como el de la sangre fresca. Desde su descorche el corcho estuvo impregnado de un aroma a fruta roja de muy buena calidad, excelente la materia prima con la que se hace este vino. En la primera impresión se advierte que necesita oxigenarse, no en vano es un vino con unos 18 meses en roble francés. Aromas reducidos vegetales que en cuestión de minutos desaparecen y es entonces cuando aparecen maderas de gran calidad y para nada molestas. Permanecen junto a la fruta de principio a fin pero también laurel y notas minerales similares al grafito. Arcilla y regaliz, caramelo toffee y caja de puros y un leve recuerdo sanguino.
En boca es delicioso y me sorprende porque gana con una mayor temperatura de degustación. Es más, cuánto más fresco más vegetal es. Como los grandes se despliega al despegar en temperatura y la fruta se va abriendo paso seduciéndote sin darse uno cuenta. Tiene muy buena acidez desde su entrada en boca y mantiene unos taninos todavía presentes pero que dan sensación de redondez. El final maravilla y deja un recuerdo imborrable a matorral mediterráneo con extrema delicadeza.
Delicioso.

Puntuación: 9,3 PCG

lunes 15 de junio de 2009

Un pedacito del Bages


Masies d´Avinyó, más conocida como Abadal, es de esas bodegas que abanderan una denominación de origen al completo. A la pregunta ¿qué bodega es la más importante de la pequeña D.O. Pla del Bages? La respuesta está más que clara: Abadal.
Como anteriormente ya hicimos una aproximación a la pequeña denominación de origen Pla de Bages, nos centraremos en esta ocasión en la propia bodega, en esa punta de lanza que dirige los pasos de una zona volcada desde hace siglos en la elaboración de vino.

Al asentarse en el centro de Cataluña rodeada de bosques llenos de encinas, robles, romero, tomillo y orégano, se puede decir que la bodega puede consumar sus vinos con el beneplácito de un clima continental-mediterráneo, tomando a su medida las características más apropiadas para sus elaboraciones.
Ese clima (decir microclima sería más acertado) favorece la vida y virtudes de diversas variedades -sean autóctonas o no- por lo que desde los inicios de la bodega se apuesta por un abanico varietal bastante amplio: cabernet sauvignon y franc, merlot, chardonnay como variedades foráneas, y picapoll (original del Bages) y sumoll como principales autóctonas.

Si nos centramos exclusivamente en sus dos vinos con aportación indígena nos encontramos dos ejemplos diferenciados. Por un lado un monovarietal blanco de picapoll y, por otro, un rosado donde la sumoll hace, junto con la cabernet sauvignon y estrenando coupage en esta cosecha 2008, acto de aparición para consolidar el compromiso de la bodega con las variedades autóctonas.


El primero es un vino escaso, normalmente se agota en las tiendas después de unos días de su salida al mercado. No es que sea el único monovarietal de la uva que se elabora en la Denominación, pero sí es de los que mejor se comporta con nuestro paladar.
Destaca una nariz muy potente con aromas de piña, albaricoque maduro y rastros de hinojo muy marcados. Este 2008 se nota algo cargado de lías, se aprecia que hay insistencia en su trabajo aunque no resulta preocupante por la necesidad de botella que tiene en este momento. Sabroso y algo opulento con una acidez moderada que ensancha las sensaciones en boca.
Nos deja aromas en retronasal de plátano maduro y un toque amargo (pomelo) muy característico, completamente varietal.

Si pasamos al rosado nos topamos con un vino donde el cabernet sauvignon se lleva el protagonismo del coupage (80%), eso sí, compartiendo la presentación final con la comentada sumoll.
Parece que en la primera fase de cata, la visual, gana la partida la variedad gala pues aporta un pomposo color rosa frambuesa muy sugerente, brillante y limpio.
La nariz representa a las dos variedades con rasgos diferenciados de cada una. Cereza muy madura, fresas al punto de recolección y una piruleta de fresa muy evidente. Se nota un punto de alcohol si se deja subir de temperatura (entono el mea culpa en ese aspecto… perfecto a 10-11º).
En boca es sabroso, un punto dulzón y con buena acidez. Deja sensaciones de fresa ácida y un toque de caramelo quemado muy tenue en su final.

Animamos a la bodega a seguir trabajando con las variedades autóctonas, a querer conocerlas para poder sacar de ellas el máximo rendimiento organoléptico y unos vinos, a ser posible, característicos del Bages.

[Salvo la foto de las botellas, el resto pertenecen a la web de la bodega]

jueves 11 de junio de 2009

El Velo en Flor


El velo, esa prenda tan denostada y que si para unos muchos significa un símbolo de opresión femenina para otros tantos adquiere un tino de pertenencia a una comunidad religiosa.

Como de lo que se trata es de ser políticamente correctos no voy a aburrirles con un discurso sobre la alianza de civilizaciones ni nada por el estilo. De lo que se trata es de publicitar una técnica conocida como el velo en flor. Velo por la capa de fermentación que se establece ininterrumpidamente durante los seis años que la Manzanilla de Sanlúcar de Barrameda va criándose en el silencio de la solera de los toneles de la Bodega Sánchez Ayala.

La paternidad corresponde al Equipo Navazos que atesora su arte sacando a la luz en esta ocasión la Bota nº 16 de Manzanilla. De hecho esta saca sigue las pautas de sus predecesoras la nº 4 y la nº 8. Esta última sí tuvimos ocasión de probarla en si día y ahora, fieles admiradores, tenemos en nuestras manos –por poco tiempo- la saca de Enero de 2009 que corresponde a la Bota 16 de Manzanilla proveniente de los Pagos que la Bodega sanluqueña Sánchez Ayala regenta en el Pago Bilbaína: Viña Soledad y Las Cañas.

El Equipo Navazos ha realizado una selección de quince toneles de la Bodega Sánchez Ayala situada en el Barrio de la Balsa al amparo de nombres en el callejero ahora míticos como Banda Playa y Divina Pastora. Antaño eran terrenos ganados al mar, en el estuario del Guadalquivir, donde crecían los ahora casi desaparecidos navazos.
La Bodega goza de un ambiente salino y fresco debido a la cercanía del Océano y de la capa freática del subsuelo que los hace únicos para la elaboración de esta Manzanilla. El velo en flor habrá acompañado a lo largo de seis años ininterrumpidamente la crianza de este mosto en las soleras de la Bodega siguiendo la tradición sanluqueña y bajo una pautas biodinámicas.

Salvando las diferencias en el tiempo esta Manzanilla nº 16 me parece más cocinada que la nº 8, más fresca y jovial. La presente es mucho más compleja, donde lo salino se confunde con la hierba de monte, donde la gamba se funde con la almendra, donde el olor a puerto deja abierta la puerta a una brisa dulce en una mañana de rocío…

Un amigo mío, entendido en las artes andaluzas y bastante saleroso, me explicaba que el velo de flor o nata de levaduras es condición indispensable tanto en Fino como en la Manzanilla –hasta los 15º vol.-. Pero la diferencia estriba en que mientras desparece en los llamados Olorosos –por encima de los 17º vol.- en los primeros se mantiene durante todo el año. En ocasiones la complejidad alcohólica hace que en los meses de verano e invierno –el apogeo es en Primavera y Otoño- la flor disminuya hasta su extinción con lo que abrimos el grifo para la aparición de los llamados Amontillados que dejan la crianza biológica para dar paso a la crianza oxidativa, es decir en contacto con el aire.

La botella de Manzanilla es una de las cuatro mil del Equipo Navazos que me ha acompañado durante toda la semana. Ideal servida entre los 8/10º de temperatura. Ella sola es suficiente compañía; si cabe se puede servir con una tapita de aceitunas o unas almendras saladas. Los dedos que sujetan la copa se quedan impregnados de su perfume hasta el punto de que todo el aire respira entre salino y hierba buena.

La Bota nº 16 de Manzanilla
Equipo Navazos, saca de Enero 2009
Bodega Miguel Sánchez Ayala
D.O. Manzanilla Sanlúcar de Barrameda
15º vol.
Edición limitada a 4000 botellas
P.C.P. 9.4