miércoles, 18 de mayo de 2011

Todos somos los Humbert del vino - Demencia 2007



De-mencia, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. De-men-cia: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. De.Men.Cia.
Era D, sencillamente D, por la mañana, menos de un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Demencia con pantalones. Era De en la escuela. Era Demencia cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre De-mencia.
¿Tuvo De-mencia una precursora? Por cierto que la tuvo. En verdad, De-mencia no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra... «En un principado junto al mar.» ¿Cuándo? Tantos años antes de que naciera De-mencia como tenía yo ese verano. Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica.
Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidiaron los serafines de Poe, los errados, simples serafines de nobles alas. Mirad esta maraña de espinas.