lunes, 23 de agosto de 2010

Una de cal y otra de arena


Psi: psé, ni fu ni fa (¿echará raíces?)


Nos encontramos ante un vino de esos llamados de diseño. Su primera cosecha, la 2007, no me atreví a probarla y al no tener un Ribera del Duero en casa apropiado para el invitado decidí acercarme a la tienda y gastarme 28 eurazos en este Psi 2008 de Pingus.
Nuestro invitado, acostumbrado a los vinos de la Ribera, al probarlo me preguntó qué era eso. Le insté a darme un nombre y me dijo un Rioja. Simple y llanamente es un ejemplo de lo que nos podemos encontrar al abrir este Psi 2008: algo falto de tipicidad, de la chicha ribereña, de esa rusticidad mezclada con esa salinidad y ciertas dosis de tostados de la barrica.
Me sorprendieron los 13% marcados en la etiqueta, tal vez la añada, pero me encontré un vino insulso, algo de fruta en nariz, ciertas notas grafiteras minerales, algo de cacao y una acidez algo marcada en boca. El caso es que hasta molestaban esos 13 grados a pesar de haber sido degustado a la temperatura correcta. Ya no sé si creer que estamos bebiendo el primo hermano del Camins del Priorat de Palacios o bien el intento de reconducir el negocio usando el nombre y poco más. Dudo que vuelva a repetir. Llamadme incauto, pero si no experimentas no aprendes.

Borgoña básico:



Vamos a por otro: Givry Pied de Chaume 2008, borgoña del Domaine Joblot. Este también tenía 13% de alcohol y reconozco que me pilló algo fuera de juego. Al principio notas saladas en nariz y en boca, como una salinidad marcada por el terroir ciertamente desmesurada. Estaba claro que necesitaba tiempo y oxigeno, en una hora escasa esas notas dejaban paso a frutilla roja silvestre y cerezas. Esa salinidad apareció maquillada y no desapareció, me recordó al Clos de Roi de Montille, e incluso diría que resultaba algo adictiva. Notas especiadas y terrosas. Fruta roja y personalidad. Me gustó por lo diferente aunque seguro que en un par o tres de años el vino ganaría en botella. Este borgoña ronda los 20 euros.
Hasta la próxima, pasad un buen final de mes.

lunes, 16 de agosto de 2010

De vuelta por vacaciones


Con el cambio de aires esperaba encontrarme el cambiante tiempo galego en estas fechas pero nada más lejos de la realidad. Salvo por la humedad y el estrés el resto ha sido más de lo mismo: calor y playa, sudor y salitre, niños y juegos de calle.

Mi cuerpo no está para según qué trotes y los excesos se pagan: comida en cantidad y vino de la tierra también. Visita al Doade y a As Lagoas, dos buenos restaurantes en Cangas, además de los ágapes caseros en forma de empanadas, mucho marisco y pescado de la ría. Cojonudo todo. El avión nos llevó de vuelta a nuestra casa y me topé con mi nevera de vinos, mi santuario particular, y quise celebrar la vuelta con algunos de mis compañeros de disfrute. Había conseguido recientemente una reliquia que quería compartir con todos, como casi todo aquello que compro, y el trío ejerció de una bonita multitud.

Para empezar nos bebimos un Champagne muy rico, Pierre Mignon Madame Millésime 1998, de la Val-de-Marne. Bonita sorpresa nos llevamos por su equilibrio. Dorado algo pálido, burbuja tremendamente fina y de recorrido lento. Algo frio lo bebimos al principio: tiza y pera madura, pero con la temperatura apareció crema pastelera y notas ahumadas. En boca de excelente paso, burbuja refrescante de principio a fin, acidez más que correcta y cierto dulzor por retro de fruta madura. Este champagne de añada se compone de chardonnay y pinot noir en mayor medida y un toque de la meunier. Recomendable.


Apareció el segundo de la noche: la chardonnay del Chivite Colección 125 2005. Muy grande este vino, con cuerda para rato. Dorado intenso, aromas a fruta algo madura, mantequilla fresca y cierto verdor. Ceniza y palomitas de maíz, también pipas. Paso por boca graso y un final bastante seco. Grande.


El tinto que vino a continuación fue el premio gordo, no por comparación con los otros sino por la incógnita que supuso abrir una botella de tales características y encontrarnos con una maravilla. Se rompió el corcho del Valbuena 1979 de Vega-Sicilia. Tuvimos que decantarlo y filtrarlo, bendito momento. Capa media y borde teja, al meter la nariz en el decantador aparecen ciertas notas de reducción, algo molestas, parecidas al chapapote, tipo brea. Al servir en copa surge poso de café que no abandona en ningún momento. Como si nada, sin hacer ruido, aparece fruta roja, tipo frambuesa. Regaliz del duro y algo de raspón junto a toques de tofe. Con las horas se vino arriba. En boca delicioso, con ese toque tan personal de la Ribera, acidez como columna vertebral y fruta a ambos lados. Hoja de tabaco en el posgusto. Una maravilla de la bodega en una añada nada buena que aguanta esos 31 años en perfecto estado, casi un milagro.


Infanticidio podríamos llamar al servirnos el siguiente vino en la copa. Pasado y presente: Valbuena 2004. Quien tenga una botella que la guarde al menos diez años. Se puede beber ahora mismo, por supuesto está disfrutable, pero personalmente recomiendo su guarda. Capa alta, ligeramente lácteo. Si utilizáramos una expresión que lo resumiera sería algo así como rosas de roca. Rosas en la copa y mineral. El mineral era una mezcla de grafito y la raspa de la sardina, o como el olor de la lata de sardinas recién abierta. Muy curioso. En boca con gran acidez, como el anterior, y muy cremoso. Muy rico.


Así se acabó la noche.

P.S.:
Esta es la primera entrada del renovado blog Vadebacus. No he querido renunciar a este espacio en el que tantos ratos he pasado y tantas alegrías me ha aportado. Por ello he decidido continuar a pesar del esfuerzo extra que supondrá seguir en solitario. Gracias por vuestra comprensión, va por vosotros.

lunes, 9 de agosto de 2010

El sermón de la montaña


Con los calores del verano unos pocos, muy pocos, amigos nos escapamos del mundanal ruido para perdernos en algún refugio alpino situado al abrigo de las más altas cumbres pirenaicas. Es bastante difícil poder explicar el placer que se siente a pesar de tal cantidad de incomodidades más propias del tercero que del primer mundo al que tenemos suerte de pertenecer.

¿Qué hace que estemos necesitados de dormir en una leonera, el hueco de una roca azotada por el viento como excusado o el riachuelo de la fusión de un nevero como lavabo ocasional? Por no hablar de la comida, del cansancio acumulado, del sudor de la camiseta , de afecciones intestinales , de las tormentas repentinas y la gravedad cero colgados en el abismo.

Seguramente este tema puede tener muy poco de gratificante si no fuera por la limpieza emocional que nos provoca. Palabras que en situaciones normales pueden ser vacías de contenido - amistad, esfuerzo, determinación, solidaridad, fe, estima- adquieren en este contexto toda su fuerza y explotan en su madurez.


Lo que toma sentido y relevancia es el viaje en sí, no el objetivo del mismo. Es la búsqueda de nuestro río interior que nos lleva a lo largo de nuestra vida el objeto de la tan ansiada aventura. Con Oscar Gallifa y Xavito Sastrada ya son muchas las etapas recorridas y distintas las facetas en las cuales se cruzan nuestros caminos y por lo tanto continuaremos escribiendo más y más páginas de nuestra vida en común.

Las fotos pertenecen al Macizo del Vignemale en el Pirineo francés. Siguiendo la estela del mecenas Henry Russell que fue seducido por la Montaña y su Glaciar, nosotros hemos coronado siete de los once que jalonan este trocito de Pirineo cerca de la localidad francesa de Gavarnie y convertido en Parque Nacional. Hemos ascendido todas las cimas siguiendo la cresta en forma de media luna que encierra el segundo glaciar del Pirineo.


La dificultad de la empresa es siempre subjetiva. Pero de lo que no cabe duda es que hemos pisado uno de lugares más emblemáticos del Pirineo. Además hemos cerrado un círculo que empezamos hace ahora casi dos lustros cuando decidimos escalar las cumbres más emblemáticas del Pirineo. Desde cualquier cima siempre vemos una forma conocida que nos parece familiar y por encima de los tres mil metros, una cota sólo comparable a los Grandes Crus y las Grandes Añadas.

Tampoco faltó el líquido elemento objeto de este Blog que hoy escapa un poco a sus contenidos habituales. La sorpresa, un excelente Borgoña de la factoría Bouchard Pere&Fils, Savigny-Les-Beaune Premier Cru Les lavières 1999, aunque las copas no estuvieran a la altura.Cuesta creer que nos bebiéramos tan excelente caldo en copa cervecera porque la de vino parecía sacada del cuento de Blancanieves.

Y por último el fin de fiesta como siempre en el Castell del Remei. Los caracoles como de costumbre en su punto y el vino excelente y con la impronta de la Bodega a la mesa. A destacar una primicia todavía en fase beta: Cérvoles Dolç a base de Garnatxa y Cabernet Sauvignon. Vinoso, pero sin ser dulce empalagoso, hierba amarga y muchísima carnosidad en boca, como a castaña y sabor muy muy concentrado con un pequeño toque ahumado. A esperar si deciden darle salida al mercado.

Y como todo tiene un final espero que el mío sea tan feliz como su comienzo. Hace tres años inicié una etapa que ahora creo debo cerrar. Será un punto y seguido porque seguiré ahí analizando vinos y maridando deporte y catas, amistades y encuentros vínicos, que es lo que siempre he comulgado. Como en la montaña no sólo hay que pensar en la subida sino también en la bajada. Hay otras muchas cimas que conquistar.

Otra cosa es que de vez en cuando debamos cerrar alguna puerta y abrir alguna otra. Y ha llegado la ocasión de apearme de este Blog ahora que ha parado en esta estación. No es un paso atrás sino un coger impulso para seguir adelante y un momento para la reflexión. Arrieros somos...

lunes, 2 de agosto de 2010

Akelarre prefiloxérico

Dícese que una de las mejores virtudes que las personas somos capaces de tener es la cualidad de relacionarnos, querernos y, lo que es mejor de todo, disfrutar de ello.
Cuando conocí a los verdaderos protagonistas de lo que aquí me toca narrar, nunca pensé que esa cualidad que cito anteriormente se viera tan reflejada en mi relación para con ellos.

Corría un mes de agosto y no hizo falta más que unos instantes para darnos cuenta de lo destinados que estábamos a entendernos mutuamente. No hay que dejar de decir que, después de enseñarnos su feudo vinícola, cuando los anfitriones ‘sacaron a pasear’ a sus elaboraciones en plena resaca pos gimnástica (nada cómo subir a ritmo álgido a La Tena para saber que siente un atleta tras una competición), acabamos de sellar ese pacto con todo lo que por esa zona de Porrera se cuece.

Ya que me dispongo a diseccionar los vinos de la mejor bodega de Porrera, me gustaría puntualizar -y dejar por escrito para la eternidad- mi visión hacia los vinos que ofrece esta magnífica D.O. ca llamada Priorat.
Mis primeras experiencias con esta zona fueron muy resultonas, tanto que parecía que no existía nada más interesante en el mundo del vino que la pizarra (llicorella) de Priorat: todo vino que osaba compararse con éstos se veía postergado al fondo de mi baremo personal.
Con el tiempo, y la consiguiente abertura de mente que ello representa, fui descubriendo que todo se resumía en la personalidad de cada zona y, por supuesto, la de Priorat era esa potencia tan deslumbrante junto con el inmenso poder mineral que se refleja en sus vinos.
Poco a poco también he aprendido cómo me gustan los vinos prioratinos, los quiero recios, frutosos, potentes, sumamente cargados del toque telúrico y con la máxima elegancia que pueden dar cómo los pura sangre desbocados que resultan ser.
Donde siempre he tenido que ceder es en el aspecto evolutivo de éstos. Lamentablemente, para lo que mi destartalado paladar es capaz de percibir, estos vinos cambian la tremenda fruta madura de su juventud por otra algo más pasificada cuando la edad empieza a hacer mella en ellos. La potencia alcohólica que sirve para exaltarlos cuando son jóvenes, se torna pesadez y no deja que mis papilas gocen tanto cómo podrían hacerlo.
Por supuesto no cabe generalizar y nunca pecaré de creerme un guru con la pretensión de meter baza en los gustos del personal, cada cual que beba sus vinos cuando le plazca, yo no hago más que dar mi opinión.

Volviendo al tema que hoy nos interesa, me gustaría recalcar la tremenda personalidad de los vinos de La Tena. Hoy en día, cuando la designación de los pagos está tan candente, no entiendo cómo nadie se hace eco de la separatista elegancia de los vinos de ese retazo de inclinada tierra. Ojalá algún día alguien importante se fije en ello y ponga en su sitio a quien se lo merece más que a quien más poder tiene.

Llegó el momento, tengo que centrarme en los 5 vinos que se pudieron probar, una vez más, en el garaje del que escribe. No es la primera cata de estas magnitudes que se realiza pero sí una de las que más alegría, visión y regocijo me ha dado a nivel particular.

Por designios del destino me pude hacer con dos cajas del blanco elaborado en La Tena, un vino que por su corta producción y su alta demanda se agota prácticamente en el mismo instante que ve la luz. Las diseminadas cepas centenarias de sus cuatro variedades blancas (macabeo, garnacha blanca, riesling y picapoll) ofrecen la materia prima y, tras 6 meses de crianza en barrica (300 litros) nueva de roble Allier se embotella sin ningún tipo de aditivo salvo el mínimo sulfuroso que asegura su estabilidad.

Y con éste empezó la cata, Clos Domini Blanc 2008, descorchado in situ, justo cinco minutos después de haber salido de la nevera. En un primer instante es casi abrupto, hay que dejarlo respirar o forzarlo a ello (craso error el no decantarlo…sniff) pues todas sus virtudes se amontonan y casi ciegan.
Mucha fruta blanca madura en nariz, el mineral floreciente por debajo de ésta tomando a cada golpe de copa un protagonismo más palpable: las flores blancas del jardín del cerezo parecen desfilar delante de mi nariz… Con el aire (5 horas después), la fruta se torna de una pureza sin igual, se notan esas levaduras que provienen del mismo lugar donde crece la uva. La sensación de estar bebiendo puro zumo de uva blanca es impresionante.


Con este principio de cata cuesta pasar al siguiente candidato, el primer tinto de los 4 que nos quedaban en el tintero. Clos Petó 2007 es un vino harto conocido por aquí y por otras páginas del sector, el ‘básico’ de la casa.
Con una porción bastante alta de cabernet sauvignon, menos merlot y algo de cariñena y garnacha, es un vino que perfectamente podría ser el top de muchas bodegas.
La añada 2007 es para muchos, y yo me incluyo entre ellos, una de las mejores cosechas de la década junto con 2004. No por nada este fragante vino de Porrera nos ofrece sus mejores palabras de inmediato, directamente y con un largo abanico de fases en su desarrollo en copa. Mucha fruta, mucho terroir y todo lo que un buen Priorat debe tener sin desprenderse, eso sí, de su toque brujeril.
Curiosamente es la primera vez que veo resaltar, después de 4 o 5 horas en copa, un toque especiado bastante severo: reflejo de su componente varietal, salta la cabernet a escena.

Todavía con el recuerdo de ese fresco beso en la boca asaltamos al Clos Dominic Vinyes Baixes 2006. Completamente distinto al anterior, aquí se juega con la gracia del merlot (que es quien preside su coupage) y su punto evolutivo.
La nariz está marcada por unos registros casi terciarios, algo del típico caballo bordelés, cabalgando sin embargo por un territorio minado de pizarra. La fruta aparece nítida, madura al punto y con ese toque de violeta que sólo el merlot bien maduro llega a dar con tal nitidez.
La boca barre toda sensación de opulencia, ácido de entrada y diseñado para disfrutarlo comiéndolo. Esa es la seriedad de este vino, gustar cada vez más trago a trago.


Los dos colosos que nos quedaban por probar restaban decantados desde hacía dos horas, tiempo suficiente para disfrutarlos en copa y, a la vez, insuficiente para poder tomarlos de inmediato.
Clos Dominic Vinyes Altes 2006 es la voz más clara que se puede escuchar para saber cómo es La Tena. Su fruta no tiene edad (exactamente igual que las cepas de cariñena y garnacha que lo crean), su mineral es tan fino que apenas sobresale de tanto vigor controlado. Cada vez que huelo este vino pienso en los tomillos, romeros y esparragueras que surcan los caminos de su escarpada ladera.
No miento si digo que el nivel de este vino está, sin compromisos ni tapujos, al nivel de los más grandes Priorats que se venden hoy en día a no menos de 60-70€, por más renombre que tengan éstos.

Por último, y cómo colofón de fiesta, el tremendo magnum de Clos Dominic Vinyes Altes Selección Ingrid 2007. Me faltan palabras para definir hasta donde puede llegar una elaboración así, garnacha prefiloxérica al 100%, un auténtico misil que va directo al centro neurálgico del disfrute. Y lo mejor de todo es que no ha hecho más que empezar a abrirse.
Lo primero que llama la atención es la susurrante fragancia que emana, nada desentona. Es una pelotita de algodón que ahonda poco a poco en nuestra cavidad nasal… eso sin mencionar la boca que es tan y tan conjuntada que parece ande falto de lo que pensábamos que sería. Esa es la virtud de este vino, la cualidad de poder beberlo sin límite, no cansa, no agobia, es pura fragancia que deja ver a través suyo.
Por primera vez en mi vida me parece ver en una garnacha algo tan espectacular y armonioso, realmente hay un pedazo de su tierra y las bondades que allí resurgen.
Después de tan magna experiencia, me encantaría poner cara a cara a más de una garnacha de la misma D.O., de esas de precio exorbitante, para ver hasta donde llega el vino en sí o el puro marketing.


No cabe duda de que todos los vinos de esta bodega están tocados por el espíritu de su tierra y por el alma de sus creadores: Paco, Dominic y sus ancestros vigilan desde lo más alto y no permitirán nunca ningún descarrilamiento de lo que para ellos representa hacer sus vinos…



PS: Este artículo pone punto y final a una etapa. Las obligaciones personales y profesionales del que escribe no dejan hueco para mantener tantos frentes abiertos sin dejar alguno mal atendido, por tanto, pese a que no sea fácil prescindir de cualquiera de ellos, me veo en la obligación de abandonar este espacio que tantas alegrías y conocimientos me ha dado.
Me uno así a la lista de escribas retirados que han pasado por este lugar, alegre, satisfecho y realmente orgulloso de la imparcialidad servida, particularmente satisfecho de haber conocido a tanta gente tan dispuesta a llevarse bien, unidos siempre por ese hilo conductor que es nuestro querido vino.
Ya sabéis donde encontrarme, que Baco nos siga reuniendo más pronto que tarde. Hasta la siguiente.