lunes, 29 de marzo de 2010

Ese vecino que todos quisieramos tener

A la contra de lo que muchos piensan, sobretodo (de)mentes de escaso afán lúdico y poca visión futura, la frontera de los 40 (para arriba) se presenta tan apasionante como la de los años vividos hasta entonces… lo de no poder mojarse la barriga está creado para los que quieren acogerse a ese malévolo plan diseñado para tener la excusa del pre-movimiento en el cuerpo.

No hace demasiado que uno de nuestros miembros, el que presume de ser más exacto y con mejor textura craneal, celebró su cuarto decenio de vida con una tan grande cómo armoniosa cata que proporcionó, durante largo tiempo, un severo delirium tremens en las pituitarias amigas.
Al poco tiempo otro primer espada del grupo osaba, tal que Quijote valeroso, cumplir los diez lustros de existencia… por supuesto disfrutamos de otra celebración, esta vez con más bebedores alrededor de las botellas pero con idéntico resultado: todos acabamos loando al anfitrión y deseándole, cuanto menos, otro medio siglo de existencia.
A día de hoy, todavía con el regustillo en el fondo del paladar que proporcionan los vinos que por mi cuerpo pasaron, toca mentar otro acto, otra situación de complicado entendimiento si no se es un “enochalado” más de los que por aquí deambulamos.

Otro pilar de Vadebacus se empeñó en nacer, hace ya más 45 años, en un día tan acertado como el 23 de febrero (quien le iba a decir que años más tarde alguien, inmaculado tricornio en ristre, haría palidecer a todo el país con la frase: ¡todo el mundo al suelo!).
Vicente, nuestro querido amigo, fotógrafo profesional del grupo, la persona más dispuesta a abrir y compartir grandes vinos que he conocido, aquel que más que ojos tiene satélites orbitales cuando prueba según que vinazos (a otros se nos eriza el vello, cada cual…), nos ofreció lo mejor de sí despachándose a gusto de unas cuantas botellas que atesoraba en su, ahora sí, desvirgada vinoteca.


El destino ha querido que apenas unos 50m. separen nuestras residencias, idénticas éstas pues disponemos del mismo garaje y de la misma disposición para utilizarlo socialmente ¡contentos todos!
Antes de empezar, y perdonar la demora del asunto una vez más, quisiera dedicarle al anfitrión del día una tonadilla que seguro será de su agrado y, de paso, nos servirá a todos para armonizar la tanda de grandezas que paso a detallar:





No soy muy dado a tomar notas en una libreta, es más, frente a este tipo de vinos vale más la sensación provocada que la verborrea amontonada. Los grandes vinos son cómo las grandes personas que los abren pensando únicamente en el disfrute ajeno: pura generosidad, difícilmente descriptibles con sustantivos y/o adjetivos.
Así, dejadme ordenar mis ideas como buenamente pueda.

No hay gran cata que no empiece con un espumoso, no hay mejor manera de lanzarse a la piscina que con el paladar reseteado por el fino carbónico de estos vinos.
Por suerte nos volvemos a cruzar con una de las marcas de mayor prestigio (y valor) de la zona burbujeante por excelencia del mundo entero: Krug Grande Cuvée Brut, Champagne proveniente de la neurálgica Reïms.
Le tenía muchas ganas pues la primera vez que lo probé me dejó un tanto aturdido. Un deje herbáceo al final de la boca no hacía más que amargarme el paso final… esta vez no tanto, lo sigue teniendo pero se compensó con una fina acidez que prácticamente se le apoderaba.
La nariz resulta muy comedida, apenas sobresalen levaduras ante tanta fruta blanca, cítrica, con mucha potencia floral también. El carbónico pasa casi desapercibido, está presente pero se esfuma refrescando con su huida.
Un vino un poco caro para lo que es pero digno y con personalidad, mucha raza.

Liquidado el espumoso, tocó lidiar con 4 tintos colosales.

El primero en salir a escena fue Chateau Beychevelle 1986. Impresionante la capacidad de evolución en los vinos de Burdeos, digna de quitarse el sombrero una y otra vez. La cosecha en cuestión fue magnífica y el productor no deja de ser un hacedor de vinos clásicos, por lo que la única duda era saber si el corcho había resistido las embestidas de los años.
Por suerte así fue, no sólo se nos presento con un magnífico ramillete de terciarios que poco a poco iba dejando paso, increíblemente, a los aromas más joviales, signo inequívoco de la complejidad que todavía guardaba en su interior: la fruta y las flores fueron ganando en presencia. El punto fuerte del vino fue su boca, a cada trago nos hacía reseñar la terrible suavidad y la aterciopelada sensación que nos ofrecía.... para beber y disfrutar, casi de culto.

Con el siguiente coloso tocó hacerse un lavado mental. Con altiva presencia se sirvió un Vosne-Romanée Premier Cru “Cuvée Duvault-Blochet” 1999, del mítico Domaine de la Romanée-Conti.
Este vino venía precedido por una buena carga de emoción, no todos los días se puede echar a la boca un mito.
El color, algo más profundo de lo esperado, ya indicaba una categoría especial pero su nariz fue lo que de verdad hizo saltar los párpados de los allí presentes. La frutilla roja típica de la pinot se veía arropada por un suave toque de humo y un fulgurante ramalazo de arcilla, mucha identidad y consistencia.
Inocentes de nosotros, pensábamos que la nariz era lo mejor… cuando osamos ingerirlo se hizo un sordo y gélido silencio en la mesa. No sólo acariciaba el paladar sino que iba y volvía mil veces para recordarnos su maravillosa omnipresencia. ¡Qué longitud!, ¡qué complejidad más cautivadora!
El final de boca se veía reforzado por un especiado ligero y la regaliz negra más fina que he conocido.
Pensábamos que sería imposible superar ese vino en la vida… una vez más, estábamos equivocados.

Otro grande entró al ruedo: Roberto Voerzio Cerequio 2001, un Barolo de antología.
Muchas ganas le teníamos a un buen Barolo, algunos de nosotros ya habían tenido el placer de enfundarse algún que otro buen exponente de la zona pero, los que menos, no teníamos casi ni idea de cómo son estos vinos.
Lo primero que hay que decir es que se le reconoce raza propia, su nariz es simplemente única, ningún vino puede parecerse a un Barolo. Mucho terroir, un alcohol algo subido de tono y una fruta más pasificada que fresca daban señas de que nos enfrentábamos a un perfecto escaparate de lo que en esa zona se debe expresar.
La parte gustativa también es radical, con una buena dosis de acidez y consistencia hace multiplicar las sensaciones hasta un punto casi doloroso, igual que sus taninos, tremendamente poderosos y con la capacidad de dejarnos las encías y la lengua profundamente noqueadas.
Puede que esa identidad guste o no, lo que está clarísimo es que no deja indiferente.

La verdad es que después de tanto monstruo ya dudábamos que la cosa fuese a más, es imposible subir más alto cuando la escalera ya no tiene más peldaños… aunque siempre cabe la posibilidad de empalmar otra. Y así fue.

Vega Sicilia Único 1996. Cómo anteriormente habíamos podido catar este mismo vino y nos dimos cuenta, tarde, que le hacía falta mucha decantación, con esta botella se tuvo la precaución de darle más de 10 horas de aire en un decantador ancho… el resultado fue sublime, nunca antes habíamos visto tanta contundencia contenida, es cómo si a un Porsche le pones un limitador de potencia en su motor.
Casi da vergüenza admitir la juventud que atesoraba, apenas habían pasado los años por él. La nariz era prodigiosamente madura, con un rico tono salino que enamoraba al más reacio. Con movimiento en la copa me pareció notarle leves registros de roble nuevo, siempre reducido a la mínima expresión, pero roble al fin y al cabo.
La boca sin igual, pletórico, musculado, progresivo y atronador. Para el que escribe fue con diferencia el mejor vino de la noche, no sólo por su cualidad intrínseca sino también por la extrema jovialidad y futuro disfrute que posee.

Para acabar la noche, ya bastante alargada todo sea dicho, no podía faltar nuestra imprescindible dosis de diva: Heymann-Löwenstein Röttgen 2003 Au-GK (Selección subasta VdP).
Otro primer espada de la zona de Mosel, un productor famoso por las grandes dosis de mineral que gastan sus vinos. En esta ocasión echamos un poco de menos esa nota telúrica en pos de otra algo más terciaria. Igualmente hubo quien necesitó algo más de acidez para refrescar esos casi 170 gr/l de azúcar que posee.
La boca es opulenta, con toques de cítrico ligero por retro y una consistencia media, sin una prolongación excesiva pero sí con tendencias melosas.

Acabado el tema vínico no puedo dejar de nombrar, aunque sea a vuela pluma, la parte sólida del asunto: calamares rellenos para el espumoso y, para la estirada tanda de tintos, morcillo a la salsa de trufas y parmentier al Brie como antesala de una impresionante carrillera de cerdo ibérico con reducción de Priorat y PX. Para el vino dulce que cerró la fiesta se disfrutó -y de qué manera- de una tarta Habana de impecable factura y regocijo gustativo.

A día de hoy, con una estrella más en el cielo vigilando los pasos de nuestro amigo, todos le deseamos muchos ánimos en la dura tarea de ir acumulando años: por muchos más Vicente, y que nosotros los veamos con la copa en la mano.

lunes, 22 de marzo de 2010

Le calçoté nouveau est arrivé


Como cada año sobre estas fechas esperamos impacientes el inicio de la primavera. No lo marca la cadena del triángulo verde sino que es la calçotada en La Tena la que da el pistoletazo inicial. Semanas de preparación por parte de la familia de Clos Dominic: Paco y Domi con el séquito acostumbrado, hermanos, abuelo, hijas y acompañantes.

Llegamos las dos familias en representación de Vadebacus los primeros del pelotón y nos dirigimos tras los primeros saludos a recorrer el serpenteado camino que nos lleva al punto más alto de la pirámide que es La Tena. El humo que se desprende de la inmensa parrilla perfuma todo el ambiente y casi llega a la cima, huele a cebolla, a calçot.



La columna de mesas con mantel blanco llama la atención desde lo más alto y la columna blanca asciende lenta a medida que se asan los calçots. Paco curra de lo lindo, como siempre, y los que subimos por enésima vez hasta la cima no podemos creer cómo es capaz año tras año de cuidar de esas cepas pequeñas y retorcidas, que exigen algo más que el físico de aquel que vela por ellas. Hay que tener valor por lo empinadas que son las laderas y por ser una auténtica pista resbaladiza debido a su piedra desmoronada: la llicorella.



Decidimos bajar y poco a poco van acudiendo el resto de invitados, grupos de cata, personajes importantes relacionados con el mundillo y, sobretodo, amigos. Todo el mundo llega con sus botellas debajo del brazo ya que el pan ya lo pone la familia Castillo. El pan, el chorizo, la panceta y algo así como 30 botellas de Clos Petó se distribuyen a lo largo de las mesas. Clos Petó es el vino básico de la bodega y tenemos la suerte que en Barcelona lo distribuye nuestro compañero escribiente Oscar Gallifa.


Paco y Dominic: gracias a los dos otro año más, nos hicisteis sentir como en casa. Vimos caras nuevas y otras tantas las echamos en falta. Cada año os superáis más, felicidades. Ya pensamos en la próxima.


lunes, 15 de marzo de 2010

Mouton Rothschild


“Premier je suis,
Second je fus,
Mouton ne Change”

La idea de este –suyo- foro es ofrecer ante todo un debate de esa pasión conjunta que mueve a muchos de nosotros a reunirse, incluso a centenares de kilómetros, alrededor de una mesa con un objetivo común: vinos en primera instancia y su maridaje para obtener satisfacción plena en cuerpo y alma. Ofrecer la perspectiva alrededor de un único espécimen de producción vínica no es tarea fácil a menos que se trate de un raro ejemplar único en su especie.

Hace muy pocas semana tuve la ‘calva’ ocasión de agenciarme con uno de esos monumentos más propios de un adinerado coleccionista o de un afamado museo de la cultura del vino. Pude conseguir a un precio razonable un Mouton Rothschild de 1972. Cierto que ni la añada ni la conservación de la botella eran las más apropiadas pero en este caso pudo más el corazón que la razón e invertí unas cuantas monedas en la marca del ‘borreguito rico’.

Comprendo que a más de uno y de dos les parezca un esnobismo propio de un club elitista y tuerzan el gesto con mohíno semblante al oír hablar de Mouton Rothschild pero no hagamos como en la fábula de La Fontaine y demos por sentado que las uvas eran verdes.
Conozco un ejemplar de 1945, recién finalizada la Segunda Gran Guerra, que se encuentra en las dependencias de un conocido local, punto de venta en Barcelona, a no menos de 8 mil euros. El mío, mucho más modesto, fue una ganga tras escarbar en los entresijos de la Red y pujar una cierta suma de dinero previa una conversación en el idioma de Molière.


Inicialmente la historia comienza con la compra por parte de Nathaniel de Rothschild del Château Brane Mouton a Pauillac en 1853. Posteriormente fue en 1922 cuando el Baron Philippe de Rothschild toma el control de la Propiedad. En la actualidad es la Baronesa Philippine de Rothchild quien lleva las riendas de la Sociedad que entre otros muchos regenta junto a Robert Mondavi el Opus One, el primer gran vino franco-americano.

Curioso que Mouton Rothschild no entrara en la histórica clasificación de 1855 hasta 1973 cuando por presiones de todo tipo se hizo la única revisión de la famosa lista elevando los finos del Barón a la categoría de Premier Grand Cru.
El pago se extiende sobre 84 hectáreas en el corazón de la D.O. Pauillac. Con un cultivo muy propio de Médoc con un 77% de Cabernet Sauvignon, un 12% de Cabernet Franc, un 9% de Merlot y un 2% de Petit Verdot.

Otro dato curioso que induce a coleccionar los ejemplares de Mouton Rothschild es la etiqueta que desde 1945 es diferente año tras año y a menudo ilustrada por artistas de fama mundial y de reconocido prestigio entre los cuales destacan Pablo Picasso, Salvador Dalí, Joan Miró, Marc Chagall, Andy Warhol o Antoni Tapies entre muchos otros. Incluso la edición de 2004 lleva el nombre de su creador el Príncipe Carlos de Inglaterra.

Mouton Rothschild de 1972 es anterior al ‘Decretazo” de 1973 y por lo tanto aún no es un Premier Cru. Además la añada no será recordada por ser de las mejores, más bien es tirando a normalita y no destaca en ningún sentido pero sigue llevando el sello de la Casa.
La botella lleva la impronta en su etiqueta de Serge Poliakoff (Moscú, 1900 – París, 1969), pintor abstracto ruso nacionalizado francés. No es de mis preferidas y su apariencia deja mucho que desear. Vista a trasluz el preciado líquido presenta un nivel bastante bajo a la altura de los hombros. Emergen dudas sobre su estado de conservación.


El tapón sale sin esfuerzo gracias a un sacacorchos de lamas para no contaminar el interior. Hay un silencio y miradas perplejas de interrogación acerca de su contenido. Levantamos despacio la botella y la decantamos suavemente.
Emerge un olor muy tenue a humedad. Las primeras gotas en la copa tienen un color de un rojo desteñido que tinta el cristal dejando huella. El primer sorbo es de satisfacción: ¡el vino se encuentra cerrado pero sigue estando vivo!

Al cabo de un tiempo que se antoja muy largo se deshace la madeja. Va cogiendo aire y poco a poco despliega todo su potencial que acusa los años de mala conservación. Disfruto con sus aromas a caballo y cuero muy viejos, sus vapores a reducción complejos, el recuerdo de una uva madurada al sol, de la arcilla junto al regaliz ya seco, de una humedad atlántica y de un salino con regusto a pescado y alga marina.

Son apreciaciones y notas de cata que cada uno de nosotros anota en su particular cuaderno. No todos coincidimos pero es que este vino se dispersa hacia los cuatro puntos cardinales de la misma manera que las estrellas se alejan las unas de las otras.
Por cierto la divisa de Mouton Rothschild cambió a partir de 1973 siendo la que es:

“Primero soy,
Segundo fui,
Mouton no cambia”

lunes, 8 de marzo de 2010

La herencia de mi abuelo

La herencia de mi abuelo no es como las demás herencias. Dejadme que haga una pequeña aproximación para llegar donde pretendo…

Mi familia está orgullosa de pertenecer a la “tierra de nadie”, esa franja de tierra fronteriza que los aragoneses hacen suya por geografía y los catalanes por proximidad. Allí siempre se ha vivido de la tierra, de lo que cada cual ha creado con el sudor de su frente, trajinar y recolectar.
La cuestión es que desde muy pequeño he vivido grandes momentos que han llenado mi cabeza de indestructibles recuerdos pero, entre todos ellos, uno en particular me quedará grabado a fuego para toda la vida.
La época de vendimia era, con diferencia, todo un hito que había que apurar en el calendario… recuerdo a mi abuelo y a mi padre con la tesitura de dejar la uva una semana de más o de menos, qué si este año está mejor la uva tinta o la blanca. Está claro que por más cuidados y precisiones que se tomaban a la hora de hacer vino el resultado distaba mucho de lo que, ahora sí, conozco como vino. Se empeñaban, todo el año, en beber de ese “vino” color cebolla, entre el amarillo pálido y el rosa amarronado, marcado casi al completo en su parte olfativa por el tonel, de magnífica factura pues llevaba como 50 años guardando y fermentando dicha pócima, lo cual no hacía más que restarle atributos.
Como podréis imaginar, más de una vez el invento se daba al traste o, simplemente, una gran parte de la cosecha quedaba en la bota de un año para el otro e irremediablemente empezaba una paulatina degradación -incluso antes de la siguiente vendimia- del “vino”. Y ahí, sí, ahí empezó a gestarse mi herencia.

Adosada a la bodega estaba la despensa, una pequeña habitación que servía para almacenar y conservar lo mejor posible los productos que así lo necesitaban: patatas, cebollas, jamones, botes de conserva o salazones varios llenaban las paredes encaladas. Allí, en la parte central de la estantería principal, alejado por lógica necesidad de la (más o menos) desinfectada bodega, tenía su hueco mi herencia, un pequeño tonel de 25 litros destinado a acoger en sus entrañas todo aquel “vino” repudiado para convertirlo en un perfecto y natural vinagre (en latín vinum acre y de éste al francés antiguo vinaigre, ´vino agrio´).


A día de hoy, y sin más pretensión que la de ser un mero espectador, el tonel en cuestión observa paciente todas y cada una de nuestras catas en el “enogaraje” más famoso del lugar. Su única esperanza es que alguna botella de las catadas salga un poco menospreciada y su contenido pase a enriquecer su solera (según mis cálculos no menos de 50 años con aceto dentro…).
Aproximadamente en una semana todo aquel vino que entra en el tonel es plenamente reconvertido en un tan potente como punzante vinagre, sin más artificios, lejos, muy lejos de lo que normalmente estamos acostumbrados a comprar en las tiendas.

Para que no se diga -o me tachen de egocéntrico partidista- hagamos un pequeño resumen de otros dos grandes tipos de vinagre que existen y cohabitan en nuestros hogares.

El clásico vinagre de Jerez (éste es el más similar al heredado, de parecida sensación “pliega carrillos”) es el resultado de introducir éste dentro de barricas (preferiblemente de roble) donde sufre una serie de transformaciones fisicoquímicas que conferirán una mejora para nuestros órganos sensoriales. Para que el acetato de etilo se forme adecuadamente (necesario de 3% a 5%) hace falta que contenga de 2 a 3 grados de alcohol residual, extrayendo así otros componentes aromáticos y astringentes de la propia madera.
Poca broma porque, los grandes vinagres de Jerez, conservan el mismo sistema de elaboración de criaderas y soleras idéntico al utilizado en los vinos finos.

Bien diferenciado, y con una hechura digna de los mejores vinos nobles, nos encontramos con el aceto balsámico de Módena: compañero inseparable de la mayoría de vinagretas, fiel amigo de un buen AOVE y agridulce compañero de granuladas mostazas.
El mosto de la variedad de uva Trebbiano se concentra ligeramente por ebullición, acto seguido se le añaden levaduras que actúan con el ácido acético para que, con un lento proceso, empiece la creación del glorioso modenés.
El siguiente paso es introducirlo durante largos periodos de tiempo (los buenos Módenas más de 50 años) en sucesivos toneles de diferentes maderas y volúmenes. Un primer barril de roble de 60 litros, luego otro de castaño de 50 litros, después toca el de cerezo de 40 litros, seguidamente otro fresno de 30 litros y, a Dios gracias, por último, el de morera de 20 litros. De éste último se embotellará y la merma producida por la saca en cuestión se rellenará con el anterior de la lista y así sucesivamente.

Como veis, los caminos del vinagre son infinitos, hacer una lista con los posibles usos que nos proporciona sería casi imposible pues en campos tan diversos como la gastronomía, la higiene o incluso la medicina, nos muestra su mejor cara.

Y vosotros, aunque sea sin una herencia tan agria, ¿Qué vinagre consumís?

miércoles, 3 de marzo de 2010

Rozando lo Divino

Lunes por la tarde, la hora del té. Carles y Oscar me esperan en la puerta del Hotel Condes de Barcelona en pleno Paseo de Gracia barcelonés. De la mano de Vinialia nos llegó la invitación y nos llamó la atención. Se presentaba la empresa Balfegó que se dedica a la comercialización del atún rojo. El 80% de su mercado se exporta a Japón. Resulta interesante conocer el proceso en su totalidad: desde que los atunes (con talla superior a los 80 Kg.) son capturados y trasladados hasta unos criaderos, cuidados y sacrificados según la demanda durante todo el año hasta que llegan a nuestras mesas. Todo el proceso en controlado hasta el mínimo detalle. Se nos comenta que la empresa realiza un proceso totalmente compatible con la sostenibilidad, ya que los animales son sacrificados únicamente tras el desove.



Tras el ameno video de presentación aparece uno de los miembros de Balfegó, de origen oriental, diestro con el cuchillo y nos hace una demostración del despiece de un ejemplar de unos 80-90 Kg de peso. Todo un espectáculo ver in situ como maneja todo el juego de cuchillos, cada una de las partes aprovechables del atún es extraída y expuesta para el asombro de los asistentes.
Después llegó la exhibición del experto cocinero y la degustación para deleite de los que allí fuimos invitados. Todo ello regado con soja y con el rico riesling que tan bien le va a la cocina oriental. Maximin Grünhaus Qba 2004 y Christmann trocken 2007. Fabulosos con el atún, tanto crudo como cocinado, damos fe de ello.

Lo que yo no sabía es que mis dos compañeros de evento y de blog tenían pensado un bonito fin de fiesta. Aunque parezca mentira aún no habíamos pisado Monvinic y había que poner remedio y me arrastraron desde Paseo de Gracia hasta Diputación en menos de lo que canta un gallo.



Ellos iban con la idea de beber un champagne, el Selosse V.O. que Oscar no pudo probar el sábado pasado ya que otro tipo de obligaciones le impidieron acudir. Entramos en el espectacular espacio que es Monvinic y nos ubicaron en una mesa muy agradable. Nos cedieron la carta electrónica de vinos y nos pusimos a chafardear. Allí estaba el Selosse a un precio atractivo. La carta es impresionante, tanto por botellas como por copas, un lujo de espacio dedicado al dios Baco. Después de marear el cursor un buen rato nos decidimos por otro vino diferente: Rico y Delicioso. La casa por la ventana tiramos y no miramos la cartera por un momento: Bollinger R.D. 1997. No es la fabulosa añada 96 pero después leo que no está nada mal esta 97. Es difícil escribir las sensaciones producidas en aquellos minutos mientras César descorchaba la botella y se enfriaba en la cubitera. La excitación era palpable y a Carles los ojos le hacían chiribitas, como a la tonadillera. Cuando nos trajeron la botella fuimos pacientes, diez minutos de hielo fueron suficientes y nos servimos la primera copa.


De color dorado con burbuja escasa por no decir inexistente, parece un vino tranquilo. En nariz parece un Grande Anné pero domado, apenas burdo, finos toques de lías y un fondo de frutos secos, mantequilla de cacahuete . Oler la copa de nuevo implica reconocer frutillos rojos de la pinot noir, y es que este vino parece un manual de lo que son las variedades que lo componen, pinot noir al 65% y el resto de chardonnay. Los toques ahumados ganan presencia pero la frescura que proporciona la pinot noir aporta equilibrio y elegancia. Pomelo rojo, amargo y cítrico. Para aquellos que hayáis probado el Grande Anné decir que este no se le parece, el Anné es el vino estandarte de la casa porque es como el Celler Batlle de Gramona, frutos secos y sensaciones contundentes. Este R.D. , porque está recientemente degollado, es finura y elegancia, enriquece y deslumbra. El carbónico en boca es inexistente por el nivel de integración, se percibe un resto de gas en lengua que refresca pero sin la redondez de la burbuja, es complicado acertar con la descripción. Posiblemente sea la burbuja más integrada que haya disfrutado, presente pero no en un primer instante. Maravillosa.




El resto es una mezcla de un herbáceo mentolado y un frescor que aporta en boca en cada sorbo, para nada vinoso aunque parezca imposible por sus aportes de crianza. Con vida por delante, no perdáis la oportunidad de haceros con una botella porque entender la Champagne es beber este vino.