lunes, 25 de enero de 2010

Cream cream cream La Bota de... Cream

Lo que es la vida…. Tanto tiempo probando vinos sin parar, miles de kilómetros amontonados en el cuerpo persiguiendo la cultura del vino, cientos de botellas descorchadas en busca de “el vino perfecto” para que, de un plumazo y bien cerca de casa, me surgiese, tal que aparición mariana, la oportunidad de probar el que ha sido mi mejor generoso hasta la fecha.


Jesús Barquín y su compañero de fatigas, Eduardo Ojeda, forman un tándem muy bien establecido, Equipo Navazos gustan de llamarse. Ambos son magnánimos conocedores de todos los entresijos y recovecos de las bodegas del Marco de Jerez y Montilla: su labor comercial es buscar y/o encontrar, hacerse con el mejor material (que por razones inhóspitas está olvidado, apartado) y, una vez seleccionado, embotellarlo y ponerlo a la venta para que nosotros, pantagruélicos devoradores de grandezas, demos buena cuenta de ello.
Algunos pensarán que la verdadera labor viene dada por las grandes bodegas que ellos escudriñan, y parte de razón no les falta pero… ¿de qué serviría que ciertos vinos se perdiesen o quedasen en el más profundo anonimato? Yo me quito el sombrero por la capacidad de búsqueda y conocimiento de causa de estos dos talibanes del vino generoso del sur de España. Sólo espero que la empresa que llevan tan disciplinadamente siga aprovisionándose (y por ende, aprovisionándonos) de muchos de esos tesoros enterrados, que la lista de selecciones siga aumentando por muchos años más.
Donde si que hay que hacer hincapié y otorgarles así un punto a su favor, es en la ausencia de filtraciones severas del producto embotellado, esa y no otra es la gran diferencia al respecto de las propias bodegas. El Equipo Navazos se toma la libertad de no filtrar (o bien muy poco, lo justo para que el vino siga siendo “real”) sus selecciones. No así las bodegas que, aún teniendo muchas veces esos mismos vinos en su catálogo, sí pasan las elaboraciones por ese proceso antes de envasar (de cara a estabilizar y crear un producto más seguro comercialmente).
Dicho eso, de poco sirve enrollarse y masacrar al respetable con más datos sobre el Equipo Navazos.

Normalmente las selecciones del Equipo hacen aparición al más puro ejemplo de las del cuerpo de la benemérita, por parejas, de dos en dos, respaldándose mutuamente y cubriendo entre sí un amplio margen de maniobra.
En esta ocasión la ha tocado el turno a un primer espada de la casa anteriormente conocido, el Fino Macharnudo Alto (con el nº 18 de la serie y una saca datada en diciembre de 2009) de la inmensa y variopinta Valdespino.


Siendo como es uno de los más grandes finos que estamos acostumbrados a llevarnos a la boca, pocos datos podemos añadir… quizá que la frescura de la saca hace que se vea como algo fresco, falto de unos meses en botella para que empiece a formarse seriamente. Y ojo, que yo lo probé con unos cortes de jamón y me maravilló, mantiene intacto su impresionante poder de convicción.

Donde sí quiero detenerme e intentar traspasar mi emoción es en su compañero de puesta en escena. Una vez más, desde Valdespino, reducto de tesoros escondidos, llega a nosotros la selección nº 19: La Bota de Cream, Bota “NO”.
Cuando se presentó, hace ya más de 4 meses, más de uno cargó contra ella apuntando que siendo un “simple” Cream (dicho con rintintín y casi con cara de aversión) su mejor mercado estaría en los hogares británicos de vieja alcurnia, alimentando los ancianos paladares de señoras reunidas al son del carillón de las cinco de la tarde, alrededor de unos vasos de te y con sus tacatacas cerca por si hay que ir al lavabo en plan urgente... Permítanme unas carcajadas al respecto.

Este Cream viejísimo, con un abolengo de más de un siglo, es uno de los vinos que crean el paradigma del vino eterno, vino que por sus hechuras y cualidades naturales sobrevivirá a todos nosotros.
Para los no puestos en materia hay que decir que un Cream es el resultado de mezclar un oloroso (seco) con un PX (dulce) ambos, en este caso, de primerísima calidad y desde el mismísimo inicio de la solera. Tanto la mano de los vinateros, que durante estos más de cien años han pasado por su existencia, como la providencia divina han querido que esa vasija, esa bota de material único, fuese marcada con un NO mayúsculo, palabra que advierte de su condición especial. Esa bota NO debe entrar en el circuito normal, se merece comer aparte del resto, NO debe entrar a formar parte de ningún sistema de soleras y criaderas, su contenido es único e irrepetible… y así fue, hasta ahora, hasta que ese primer trago ha hecho explotar al unísono mi pituitaria y la poca mente que mi perímetro cefálico atesoraba.


Puestos a descifrarlo hay que dejar muy claro que es un vino con dos facetas altamente perceptibles… por un lado está su facilidad inicial, cómo el despertar dentro de un edén que maravilla por su colorido salvaje, por su amplitud de miras, por la permeabilidad de todos sus componentes.
Por otro, la disección de cada una de sus capas que, una a una, nos dejan deleitarnos pacientemente y con una tenacidad insuperable en cada uno de sus estadios.
Ojos, nariz y boca se han de aliar para penetrar en ese cosmos de colores ambarinos con tendencias oscuras, de aromas a lacas, frutos secos (dátiles, nueces verdes, orejones…), de la naranja con su piel. Muchos componentes acarameladamente seductores que abrazan a un conjunto cargado de vibrante personalidad.
Punto y aparte para la boca: primero notaremos una entrada densa, el líquido elemento crece como un globo hinchándose dentro de la boca, soltando al unísono caricias y puñetazos en toda la cavidad… cuidado con los empastes dentales, la punzada de acidez hace saltar lágrimas casi inmediatamente.
Y que decir de su longitud… imposible de explicar. Al igual que su vida, larga, centenaria, su profunda amplitud se alarga hasta el infinito, sin final.

He de reconocer que el Moscatel Toneles causó en mí una sensación de extremo desconocimiento, pero este Viejo Cream me ha dejado completamente noqueado, como si mi vida después de esos tragos fuese un conjunto de autistas divagaciones…. Una botella tengo, una botella que será mi tesoooooroooo….

lunes, 18 de enero de 2010

En el tintero: Va de retro

Hojeando la libreta donde suelo anotar todo aquello relacionado con las catas grupales me encuentro con una descatalogada y que, por razones aleatorias, no se había publicado aún. La podríamos ubicar en el tercer cuatrimestre del año que acabamos de dejar y creo oportuno rescatarla por los interesantes vinos que pudimos catar.

El primero de la lista fue un champagne, Roederer Brut Premier, de la famosa casa Louis Roederer situada en la zona de Reims. Su vino más preciado es la cuvée Cristal, de moda desde hace varios lustros y que no puede faltar en cualquier fiesta con glamour. El nuestro es el básico de la casa, alrededor de los treinta y largos euros. Coupage mayoritario de pinot noir con un tercio de chardonnay y una pincelada de menieur. Pasa entre tres y cuatro años en sus lías.

De color dorado y burbuja fina. Aromas a manzana, bollería, pan tostado, flor blanca y pera de agua. Recuerdos salinos. En boca es amable con el gas integrado y con un final algo amargo con atisbos de piel de pera verde. Mejor de lo esperado.

Le siguió un TCA de Pierre Peters Cuvée Speciale 1999. Mala suerte para este vino que no pudimos disfrutar como siempre lo hacemos en este espacio. Lástima que cada vez nos vayan quedando menos botellas.

El blanco de la tarde fue el Remelluri Blanco 2006, de la bodega Granja de Nuestra Señora de Remelluri. Curioso el coupage que forma este blanco: garnacha blanca, roussanne, marsanne, viogner, moscatel, chardonnay, sauvignon blanc y petit courbut. En ese 2006 la vendimia se adelantó por las altas temperaturas y los vinos envejecieron por separado durante 16 meses. Posteriormente permanecieron ya unidas para formar este vino por espacio de dos meses antes del embotellado.


Color dorado con irisaciones verdosas. Nariz a pomelo maduro, pedernal y anís, herbáceo (hinojo). En boca es cremoso con un final ácido y redondo, con un retronasal al tostado de la madera. Ahumado. Subiendo la temperatura aparecen notas de crema catalana y café. Muy rico, de los mejores blancos nacionales.

Vamos con el primer tinto: Alion 1999. No hace falta decir nada de la bodega, punta de lanza de la Ribera del Duero, con la seña de identidad de Vega Sicilia. Teníamos curiosidad en comprobar cómo está un Alión entrado en años y aquí os dejo nuestras impresiones.


Color picota subido con ribete atejado. Aromas lácteos , yogur de moras, arcilla roja y a madera no muy nueva. Al ir ganando tiempo aparecen florales (violetas). En boca es ácido, seña de identidad de la zona y con la madera en boca mezclada con la fruta. Con la aireación aparece el salino no metálico (líquen, algas) y una pincelada de regaliz. Rico este Alión con diez años.


Por último una sorpresa: Paolo Scavino Cannubi 1999. Un Barolo con la nebbiolo como protagonista, en una añada grande para los barolos que procede del municipo del Piemonte Castiglione Falletto. Un buen vino para una recuperada bodega de la mano de Enrico Scavino.
Aromas a espliego, un ligero especiado, y a lácteos (corteza de queso). En seguida florales, lila, y a colonia de lavanda. Su entrada en boca es sedosa con mucho recorrido, opulento y tánico. Su final es ácido y con un equilibrio en boca digno de mención. Es muy joven a pesar de sus diez años. Un final a caramelo te queda en el recuerdo. Magnífico. Gracias Vicente.

Quede constancia de dichos vinos con este escrito. Y ahora volvamos al 2010.

lunes, 11 de enero de 2010

La última Cena


El último suspiro del año 2009 lo pasé en compañía de los que mejor comprenden en los últimos tiempos mi pasión por el vino y la gastronomía. Es decir, mi familia más directa y los amigos con los cuales he compartido las discusiones más acaloradas y también las sensaciones más divinas. Placer y trabajo, dos vocablos que se combinan en una harmonía en ocasiones no tan perfecta pero que es un maridaje obligado para los que peleamos a diario con la vida mundana.
Y es que el Nirvana a lo largo de este 2009 no ha estado exento de un largo peregrinar por la senda del conocimiento y la búsqueda del Santo Grial. Y al final resulta que la Copa de Cristo era de madera y labrada de una rusticidad que ya percibió Miguel Angel en su famosa pintura de la Santa Cena.
Quiero decir que el pulso más celestial late en el corazón más simplista, menos lastrado por la carga de los prejuicios, de esa humanidad encorsetada, de las actitudes prescritas y reglas establecidas. Y es así que los últimos minutos del año fueron compartidos por los que hacemos posible que este Blog vea la luz cada semana con energías renovadas, con tesón y honestidad, con ambición pero con los pies en el suelo, y con ese punto de taquicardia cada lunes al comprobar que un pedacito de ti navega sin rumbo en ese espacio intemporal y globalizado de la Red de redes.
Fue una cena sin estridencias, miradas cómplices, silencios que hablan solos en compañía de parejas e hijos que se acoplaron perfectamente a la liturgia de lo que allí se consagraba. Y de lo que se trata no es contar lo maravillosos que somos –que también- sino de plasmar el aspecto material de este cierre del año, lejos de los ajustes económicos que imperan en las esferas gubernamentales.


Listo a continuación los maridajes para la ocasión. Abriendo el apetito, un Champagne Drappier Grand Sendrée 2000 junto a un Fois Gras con confitura de tomate y un salmón ahumado con mantequilla sazonada con tropezones de trufa.
Inaugurando el baile una ensalada con langostinos y pulpo gallego haciendo pareja con un Dom Pérignon Vintage 1999 primero y luego un Dönhoff Hermannshöhle Spätlese trocken 2002 con la especialidad marca de la casa de la familia González –gallega su mujer-, una empanada de berberechos de auténtico lujo…para morirse.
Rematando la faena, ya bien entrada la noche, acercándose las agujas a su punto más alto, un estofado de cerdo recalcitrante de la mano de un Château Haut-Brion 1994. Apropiándome del lenguaje taurino puedo decir que dio la vuelta al ruedo a hombros de la cuadrilla, cortando dos orejas y rabo y saliendo por la puerta grande de la Maestranza.
Los postres, poco antes de las campanadas de Medianoche, fueron los honores del Egon Müller Scharzhofberger Spätlese 2007 que lubricaban un bizcocho a lo Panetone y un Tortell de cabello del 'angel caído'.
Las uvas fueron lavadas con Pierre Peters Extra Brut ya conocido pero en tamaño magnum. Extasis en estado puro que augura un 2010 por lo menos igual de placentero.

Drappier Grand Sendrée 2000
www.champagne-drappier.com
La Bodega que se inició en el siglo XVIII reside en Urville desde 1838. Sus plantaciones de más de 70 años se reparten entre la apetitosa y fresca Chardonnay y el especiado Pinot Noir.
Una sorpresa si tenemos en cuenta que fue el que más agradó por su conjunto elegante, maduro en boca pero con un frescor juvenil que lo hacía tremendamente apetecible, sobre todo para el público femenino.
Y una curiosidad. El nombre de Sendrée fue debido a un error ortográfico al mencionar las características del paraje donde se asienta el terroir. Deriva de la palabra cendres –ceniza- tras el incendio que dejó la población reducida a cenizas en 1838.
Para una próxima ocasión no me quiero perder el que lleva el nombre del mítico general –éste democrático- que dirigió los destinos de Francia tras la segunda Guerra Mundial, Charles De Gaulle.


Dom Perignon Vintage 1999
www.domperignon.com
Desde que el dominico Dom Pierre Pérignon -1638 a 1715- se estableciera en la población de Hautvillers, el corcho y el champagne caminan de la misma mano. Richard Geoffroy dirige esta mítica marca –perteneciente al grupo Möet&Chandon- que se apropió del nombre del padre de esta peculiar variedad enológica que tanto nos satisface.
En la presente apreciamos pequeños sinsabores reducidos que paulatinamente fueron desapareciendo. Pero nunca brilló a la altura de lo que se esperaba; una pena.
55% de Chardonnay y un 45% de Pinot Noir para este Champagne que sólo ve la luz en ocasión de las mejores añadas. Un arco iris de levaduras copa la nariz mientras que un verdor a hierba un puntito amarga asoma en el paladar restándole carácter, más si lo comparamos con el primero.

Dönnhoff Niederhäuser Hermannshöhle Riesling Spätlese trocken 2002
http://www.doennhoff.com/
O quizás el mejor seco –trocken- de uvas sobremaduradas –spätlese- de la región de Nahe. Un riesling de altura que viste con luz propia la mesa a que se destina.
No vamos a descubrir sus magníficas cualidades a estas alturas; lean lo que acerca de este vino los de Vadebacus escribimos en el siguiente enlace:
http://www.vadebacus.com/2009/02/donnhoff-hermannshohle-en-vertical.html


Château Haut-Brion 1994
www.haut-brion.com/home/fr/index.php
Fue la única finca no perteneciente al Médoc que fue incluida en la mítica clasificación de 1855. Pessac-Léognan, dentro de la comarca de Graves, a 2 kilómetros de la ciudad de Burdeos, es el apellido de uno de las vacas sagradas de los mejores tintos del mundo.
Y este hizo gala de sus mejores virtudes. Caballo pura sangre, sudoroso y desbocado, algo sucio, pero que excita los sentidos, así literalmente, a cada pasada. No hay quien pare esa cuadra arropiera; si acaso se desprende un fino bouquet a cafés especiados, ligeramente ahumados y una hierba buena que limpia cualquier arista.
Jean- Philippe Delmas dirige esta maravilla que necesita entre 24 y 47 meses para ver la luz a través del cristal. Su composición es más bien tópica: a riesgo de equivocarme la conforman un 55% de Cabernet, un 25% de Merlot y un 20% de Cabernet Franc. La botella, algo rara para representar a un Burdeos, toma la apariencia de un fino caldo borgoñés.
La andadura de Haut-Brion se remonta a 1423 con la famila Pontac y aún cambiando de manos a lo largo del tiempo siempre se ha distinguido por ser uno de los especímenes más valorados entre sus congéneres. Méritos no le faltan, doy fe de ello.

Egon Müller Scharzhofberger Spätlese 2007
http://www.scharzhof.de/English/index.htm
Pasando a los dulces, sin duda este es el mejor exponente. Un riesling de la factoría Egon Müller IV fácil en su concepción y pletórico en su recorrido. Elegante y femenino a la vez aúna la intensidad de la diva- riesling- con la frescura de cítricos y flores blancas. Otro lujo al alcance.
http://www.vadebacus.com/2008/08/una-excusa-perfecta.html

Aún quedó espacio para la campanada final: un Pierre Peters Extra Brut en formato magnum que ayudó a engullir las doce uvas que como marca el reglamento saludaron este nuevo año 2010.
Espero ahora que la cuesta de Enero no sea tan empinada porque el codo ya lo tengo fastidiado. Aunque va a ser difícil.

lunes, 4 de enero de 2010

Año nuevo, viñas viejas.

Antes de que empiecen a florecer los apuntes de los grandes (y caros) vinos bebidos estos días me gustaría rendir homenaje, con este primer post de 2010, a una de las parcelas (o quizá debiera decir "vino", pues está comprobado que es el puro reflejo de lo que allí se cuece) que mayor goce me han causado en esta mi existencia enófila: “Burger Wendelstück”, Alte Reben de Weinhaus Barzen.


La excursión realizada hace ya más de un año a las lindes del río Mosel, patria de los que, a día de hoy, considero los mejores vinos blancos que he probado, fue el desvirgamiento y apogeo de un cúmulo de necesidades que todo aficionado, allá cada cual con sus gustos, debe realizar por lo menos una vez en la vida.
Más o menos en el centro del cauce (donde por la reducida inclinación del terreno cuesta saber en que sentido se mecen las aguas), a aproximadamente 100km. de su desembocadura al excelso Rin, bajando a mano derecha y casi en el epicentro de una escultórica ladera, se encuentra la parcela que dejó en mi mente una huella imposible de borrar... no es baladí que allí, en aquel sobrecogedor y emotivo momento, se gestara la idea y la realización del vino que aquí, dentro de un momento, pasaré a describir.

La situación es fácil de imaginar: cuatro de los integrantes de VDB nos encontramos, casi sin tiempo para asimilarlo, en pleno corazón del viñedo prefiloxérico (plantado en 1885) de Alexander Barzen.
Los días anteriores habían sido un continuo ir y venir a diferentes tiendas, pueblos y otros lugares de interés en la zona y, como quien no quiere la cosa, decidimos dejar para el último día la visita a nuestro pago de referencia, del que más vino hemos bebido hasta la fecha y tenemos mejores referencias.
Allí postrados los cuatro, serían las 10 de la mañana aproximadamente, con un halo de niebla que garantizaba una humedad relativa cercana al 100% y nos envolvía como si fuésemos un racimo más de tantos que allí colgaban… Las miradas se entrecruzaban con los ojos achinados por el frío (octubre es lo que tiene en aquellas latitudes) como si cada uno de nosotros esperáramos ver aparecer entre las verticales cepas a algún fantasma ancestral, algún morador de aquella tierra tan exclusiva.
Cuando mi mente reaccionó y pudo hacer articular palabras a la boca, que hasta entonces había permanecido muda (a plena semejanza del más canijo de los enanitos de Blanca Nieves), no dudé en lanzar la primera de una tanda de preguntas que fatigaría incluso al más veterano viticultor: ¿el riesling es bueno como uva de mesa?
Todavía recuerdo la estruendosa carcajada que soltó Alexander al oírme. Sin más, se acercó a la primera cepa que en su camino se cruzó y arrancó un tan pequeño como dorado racimo de uva y dijo “tomad y comed todos de él”. Como mi posición a él era la más próxima fui el primero en llevármelo a la boca. No miento al decir que, tras exprimir el jugo de esas bayas en mi pantagruélica cavidad y escuchar el afónico repicar de campanas de una iglesia que anunciaba el principio de una nueva era, pudiera haber recorrido -en pura competencia profética- una legua marina caminando sobre aquellas aguas al son de la música de ángeles y querubines divinos.



Todavía con esa sensación trascendental rozando mis papilas gustativas, devolviendo todo un sinfín de aromas por retronasal, abordé al cuidadoso enólogo con la petición de realizar, visto el estado sanitario de aquellas uvas, un buen vino dulce de una categoría tal que pudiera soportar -más si cabe- el paso de los años y sacar así todo ese ardor que las viñas viejas poseen en su savia interna.
Después de un tira y afloja con él conseguí que bajara la guardia y diese su aprobación a tal efecto, ¡bien!
Ahora tenía que conseguir mi segundo propósito y, como sabueso peleón, di dos vueltas alrededor suyo antes de soltarle el bocado definitivo, directo a la yugular: ¿y si embotellas algunas en formato Jeroboam (3l.)? Los ojos parecían salírsele de las órbitas, las venas de su cuello se hincharon de tal manera que parecían rechonchas serpientes, el pelo se le erizó más que a los gatos cuando ven al fantasma anteriormente mencionado… después de tragar unas cuantas bocanadas de aire en aquel gélido ambiente, vi que una chispa de esperanza florecía en sus ojos y ahí es cuando me dije “¡ya es mío!”. Su lógico lamento venía dado por la escasa producción del pago, apenas 2400 l/ha (0,32l. por cepa!) en los mejores años… por suerte pudo más la innovación que la compostura.

Y así es como, a día de hoy, el vino de la cosecha 2008 (tocada ligeramente por una botrytis que brilló por su ausencia en la práctica totalidad del viñedo alemán), se ha transformado en un codiciado Alte Reben Auslese 2008, con un número limitado de botellas de 75 cl. y una insignificante remesa de 10 botellas de 3l. requeridas expresamente para unos pocos “elegidos”.

Siendo como es un vino tocado por el don de la eterna juventud, ahora, apenas un año después de llevarme aquel racimo a la boca, su color es prácticamente un amarillo limón, muy claro y brillante. Sus lágrimas son consistentes por los 80 gr/l de azúcar residual que conserva, ni mucho menos por la cantidad de alcohol (apenas unos insignificantes 8º).
La nariz está tremendamente marcada por un sinfín de fruta madura: blanca, amarilla, cítrica… y con un poco de aire se empiezan a asomar, tímidos, los primeros aromas minerales (pizarra azul y roja componen el suelo de la parcela), los mismos que tan bien conocemos los que anteriormente hemos probado los vinos allí gestados.
Curiosamente, y he aquí la grandeza de “la diva”, su boca tiene dos o tres estadios diferentes. Primero dulce, luego amargo y, finalmente, gracias a sus 8,8 gr/l de tartárico, ácido hasta el infinito (y más allá).
De tan liviano y refrescante que resulta, se corre el riesgo de vaciar la botella demasiado precipitadamente. Hace falta serenarse, ahuecar la mente de pensamientos mefíticos y entregarse al más puro y salvaje vicio que sólo los enochalados ostentamos. Os aseguro que la pituitaria aplaude a dos manos.

Y lo más grande de estos vinos, disfrutable desde ya o, bien, cuando pasen muchos lustros...