lunes, 4 de enero de 2010

Año nuevo, viñas viejas.

Antes de que empiecen a florecer los apuntes de los grandes (y caros) vinos bebidos estos días me gustaría rendir homenaje, con este primer post de 2010, a una de las parcelas (o quizá debiera decir "vino", pues está comprobado que es el puro reflejo de lo que allí se cuece) que mayor goce me han causado en esta mi existencia enófila: “Burger Wendelstück”, Alte Reben de Weinhaus Barzen.


La excursión realizada hace ya más de un año a las lindes del río Mosel, patria de los que, a día de hoy, considero los mejores vinos blancos que he probado, fue el desvirgamiento y apogeo de un cúmulo de necesidades que todo aficionado, allá cada cual con sus gustos, debe realizar por lo menos una vez en la vida.
Más o menos en el centro del cauce (donde por la reducida inclinación del terreno cuesta saber en que sentido se mecen las aguas), a aproximadamente 100km. de su desembocadura al excelso Rin, bajando a mano derecha y casi en el epicentro de una escultórica ladera, se encuentra la parcela que dejó en mi mente una huella imposible de borrar... no es baladí que allí, en aquel sobrecogedor y emotivo momento, se gestara la idea y la realización del vino que aquí, dentro de un momento, pasaré a describir.

La situación es fácil de imaginar: cuatro de los integrantes de VDB nos encontramos, casi sin tiempo para asimilarlo, en pleno corazón del viñedo prefiloxérico (plantado en 1885) de Alexander Barzen.
Los días anteriores habían sido un continuo ir y venir a diferentes tiendas, pueblos y otros lugares de interés en la zona y, como quien no quiere la cosa, decidimos dejar para el último día la visita a nuestro pago de referencia, del que más vino hemos bebido hasta la fecha y tenemos mejores referencias.
Allí postrados los cuatro, serían las 10 de la mañana aproximadamente, con un halo de niebla que garantizaba una humedad relativa cercana al 100% y nos envolvía como si fuésemos un racimo más de tantos que allí colgaban… Las miradas se entrecruzaban con los ojos achinados por el frío (octubre es lo que tiene en aquellas latitudes) como si cada uno de nosotros esperáramos ver aparecer entre las verticales cepas a algún fantasma ancestral, algún morador de aquella tierra tan exclusiva.
Cuando mi mente reaccionó y pudo hacer articular palabras a la boca, que hasta entonces había permanecido muda (a plena semejanza del más canijo de los enanitos de Blanca Nieves), no dudé en lanzar la primera de una tanda de preguntas que fatigaría incluso al más veterano viticultor: ¿el riesling es bueno como uva de mesa?
Todavía recuerdo la estruendosa carcajada que soltó Alexander al oírme. Sin más, se acercó a la primera cepa que en su camino se cruzó y arrancó un tan pequeño como dorado racimo de uva y dijo “tomad y comed todos de él”. Como mi posición a él era la más próxima fui el primero en llevármelo a la boca. No miento al decir que, tras exprimir el jugo de esas bayas en mi pantagruélica cavidad y escuchar el afónico repicar de campanas de una iglesia que anunciaba el principio de una nueva era, pudiera haber recorrido -en pura competencia profética- una legua marina caminando sobre aquellas aguas al son de la música de ángeles y querubines divinos.



Todavía con esa sensación trascendental rozando mis papilas gustativas, devolviendo todo un sinfín de aromas por retronasal, abordé al cuidadoso enólogo con la petición de realizar, visto el estado sanitario de aquellas uvas, un buen vino dulce de una categoría tal que pudiera soportar -más si cabe- el paso de los años y sacar así todo ese ardor que las viñas viejas poseen en su savia interna.
Después de un tira y afloja con él conseguí que bajara la guardia y diese su aprobación a tal efecto, ¡bien!
Ahora tenía que conseguir mi segundo propósito y, como sabueso peleón, di dos vueltas alrededor suyo antes de soltarle el bocado definitivo, directo a la yugular: ¿y si embotellas algunas en formato Jeroboam (3l.)? Los ojos parecían salírsele de las órbitas, las venas de su cuello se hincharon de tal manera que parecían rechonchas serpientes, el pelo se le erizó más que a los gatos cuando ven al fantasma anteriormente mencionado… después de tragar unas cuantas bocanadas de aire en aquel gélido ambiente, vi que una chispa de esperanza florecía en sus ojos y ahí es cuando me dije “¡ya es mío!”. Su lógico lamento venía dado por la escasa producción del pago, apenas 2400 l/ha (0,32l. por cepa!) en los mejores años… por suerte pudo más la innovación que la compostura.

Y así es como, a día de hoy, el vino de la cosecha 2008 (tocada ligeramente por una botrytis que brilló por su ausencia en la práctica totalidad del viñedo alemán), se ha transformado en un codiciado Alte Reben Auslese 2008, con un número limitado de botellas de 75 cl. y una insignificante remesa de 10 botellas de 3l. requeridas expresamente para unos pocos “elegidos”.

Siendo como es un vino tocado por el don de la eterna juventud, ahora, apenas un año después de llevarme aquel racimo a la boca, su color es prácticamente un amarillo limón, muy claro y brillante. Sus lágrimas son consistentes por los 80 gr/l de azúcar residual que conserva, ni mucho menos por la cantidad de alcohol (apenas unos insignificantes 8º).
La nariz está tremendamente marcada por un sinfín de fruta madura: blanca, amarilla, cítrica… y con un poco de aire se empiezan a asomar, tímidos, los primeros aromas minerales (pizarra azul y roja componen el suelo de la parcela), los mismos que tan bien conocemos los que anteriormente hemos probado los vinos allí gestados.
Curiosamente, y he aquí la grandeza de “la diva”, su boca tiene dos o tres estadios diferentes. Primero dulce, luego amargo y, finalmente, gracias a sus 8,8 gr/l de tartárico, ácido hasta el infinito (y más allá).
De tan liviano y refrescante que resulta, se corre el riesgo de vaciar la botella demasiado precipitadamente. Hace falta serenarse, ahuecar la mente de pensamientos mefíticos y entregarse al más puro y salvaje vicio que sólo los enochalados ostentamos. Os aseguro que la pituitaria aplaude a dos manos.

Y lo más grande de estos vinos, disfrutable desde ya o, bien, cuando pasen muchos lustros...

7 comentarios:

CarlosGonzalez dijo...

Quería esperarme a leer algún otro comentario, preguntando acerca de este vino, de tu entrada, pero no puedo esperar.
Yo estuve allí:), ahí en la última foto, departiendo con Alex y mascando uva entre la niebla y el repicar de las campanas. Recuerdo cuando me comentaste que le habías dicho a Alex la posibilidad de hacer un Auslese de aquel terreno Alte Reben. No dijo que no y aquello era un triunfo.
Si tuviera espacio hubiera adquirido un Jeroboam, pasa que en mi pisito es tarea dificil.
Eso sí, el vino lo he catado, un espectacular auslese con cuerda para rato, de hecho ya he comprado una caja que descansará largo y tendido. Ahora está de lujo, aún no ha entrado en la etapa tonta que pasan los rieslings, para resurgir. Podría decir muchas cosas pero no hay espacio ni palabras para hacerlo aquí. Espectacular.

SIBARITASTUR dijo...

Buena crónica. No veas como apetece probar.Me sorprende su apertura tan joven aunque ya veo vuestros comentarios

Oscar Gallifa dijo...

Claro Carlos, no hay escrito que sea fiel a tan magna sensación. Sólo los que allí pusimos nuestros pies sabemos lo que se siente al masticar una de esas uvas y, luego, después de un año y pico, beber ese mismo mosto, pero fermentado... impresionante experiencia.

Creo que ese vino tardará en cerrarse, su equilibrio lo hace tan fino que parece vaya a conservarse así todo la vida.

Saludos

OG

Oscar Gallifa dijo...

He ahí, Sibaritas, una de sus grandes virtudes: desde el principio dando alegrías y buenos registros.

Como dice carlos por ahí arriba, dentro de uno o dos años el vino sufrirá una "hibernación" que lo mantendrá algo más mudo durante un periodo de tiempo que nadie sabemos... así que, de monento, por poco que se pueda, hay que aprovecharse de su valía y beberlo sin compasión! eso pienso hacer yo! ;-)

Saludos

OG

Smiorgan dijo...

He aquí una uva que he de ponerme a explorar en serio, ya que todo lo que he leído de ella es bueno, y sólo he probado un Bestheim Riesling Reserve (el Vi de Gel Riesling-Muscat de Gramona cuenta?).
Buen post, Oscar. Este blog y sus autores tiene ya niveles difíciles de alcanzar.
Saludos.

Oscar Gallifa dijo...

Gracias por el halago Smiorgan, no sé merece... la cuestión es ser sincero y no dejarse llevar (ni perder). No por nada fuimos, somos y seremos enamorados del vino, ¿no es así?

Yo de ti no entraría a investigar la riesling.. corres un tremendo riesgo, una adicción estará sobrevolándote continuamente y no podrás deshacerte de ella: después de La Diva no existen alternativas serias.

Espero que los Reyes Magos sean generosos contigo y con todos los que por aquí zumbamos.

Un saludo

OG

CarlosGonzalez dijo...

Bueno, es cierto que es adictiva pero de ahí a afirmar que no hay nada más...jajaja.
Tú mismo te sorprendes con los champagnes,por ejemplo.
Felices reyes majos!
Carlos