lunes, 28 de diciembre de 2009

Mont-Ferrant para despedir el año


Estamos inmersos en época de celebraciones y momentos de disfrute. Navidad y Fin de Año, Año Nuevo y Reyes. Nuestro entorno siempre se ha caracterizado por el uso de la espuma, descorchar unas cuantas botellas de cava y tenerlas bien cerca en la mesa. Son sinónimo de alegría, todos brindamos con una sonrisa dibujada en el rostro y chocamos nuestras copas con el preciado líquido burbujeante en su interior.


Aprovechamos estos momentos de recogimiento familiar y un desborde continuo de la tarjeta de crédito para haceros llegar los cinco vinos que pudimos catar en nuestra última reunión grupal. Se trata de cinco cavas de la empresa Mont-Ferrant que muy amablemente nos hicieron llegar hace unas semanas. Todos ellos están disponibles en la mayoría de comercios del ramo y a unos precios bastante contenidos.

Antes de proceder a plasmar nuestras sensaciones durante la cata queremos aportar cuatro pinceladas sobre la bodega. Mont-Ferrant fue fundada en el segundo tercio del siglo XIX por Agustí Vilaret, hijo del pueblo costero de Blanes, en Girona. El nombre de la bodega procede de la unión de Mont San Joan y de Mas Ferran, que es lugar donde se encontraba la masía que Agustí Vilaret compró para iniciar el negocio. En aquella época el paraje estaba rodeado de viñedos y hoy en día únicamente encontramos la sede de la bodega, con sus espacios destinados a la crianza de sus cavas pero no así los viñedos, que se encuentran en pleno Penedés.
Para la elaboración de los cavas se utilizan macabeo, xarelo y parellada además de chardonnay. Podemos extraer de la cata la existencia de un rasgo común en todos sus cavas, determinados descriptores que se repiten en todos sus vinos y que hacen de la marca un distintivo.

Los vinos catados, por orden de cata fueron los siguientes:


Roger Goulart Extra Brut Grand Cuvee 2004:

Color dorado intenso y de burbuja fina, rápida y abundante. Aromas a pastelería, regaliz y ligeros verdores que resultan algo punzantes. En boca es ácido y deja un posgusto amargo en boca de tipo herbáceo.




Berta Bouzy Reserva Extra Brut:

Dorado con burbuja mediana. En nariz nos da aromas a paja y algunas humedades asociadas a maderas algo curtidas. En boca es ácido y con algunos verdores. Se repiten las maderas viejas por retronasal.


L’Americano Brut Reserva:


Dorado pajizo, burbuja media. Aromas a anís y a raspón de uva, regaliz y a un herbáceo de tipo hinojo. En boca resulta agradable con una burbuja no agresiva.



Mont-Ferrant Blanes Nature Brut Reserva:

Color pajizo con burbuja pequeña. En nariz herbáceo con toques de crianza, levaduras, fruta blanca, pera madura. La boca es de muy buen recorrido y de buena acidez que le aporta estructura. Con personalidad.


Rouger Goulart Brut Rosé 2006:

Color salmón intenso. Nos pareció una botella rara, con aromas muy reductivos tipo sulfuroso, aunque se apreciaba claramente dejes de regaliz negro en boca, alguien comentó que le recordaba la levadura de cerveza negra. En boca el ataque es intenso, vinoso, con cuerpo y deja un recuerdo a frutillos rojos además del comentado regaliz. Curioso.




Queremos agradecer a la bodega Mont-Ferrant y aplaudir su iniciativa al contactarnos. Desde este espacio desearos a todos un buen final de año. ¡Que corra el buen cava!

lunes, 21 de diciembre de 2009

Priorato, sinfonía de paisaje y vino



Un petó de Porrera.

Este es una parte del relato que mi padre glosa de sus tres días vividos en su peregrinar por los caminos del priorato junto a mi madre y un amigo de la familia. Huelga decir que el vino es el cuarto acompañante de esta historia que tiene su punto álgido en la población de Porrera y alrededores por méritos propios y los proporcionados por la gente de Clos Dominic, anfitriones de excepción de lo aquí se cuenta y se transcribe. Es la experiencia vivida al calor de una tierra que cada año obra el milagro de extraer el mejor jugo de un pedregal aparentemente yermo, que convierte en vino la poca agua que por esas latitudes allí se vierte. Pasen y vean.

" Tres días caminando por los viejos senderos de esta comarca no son muchos, pero suficientes para darse cuenta de la singularidad de esta tierra pedregosa y seca, rodeada por la alta sierra del Montsant con sus imponentes farallones pétreos que cierran el horizonte azul y parecen aguardar y proteger esta joya de la naturaleza tan humanizada por las gentes que lo habitan que, con su tenacidad han continuado y mejorado el trabajo de sus antepasados en el cultivo de las vides y producción de vinos cuya fama ha traspasado las fronteras, siendo conocidos hoy en día por todo el mundo por su calidad.

Despertamos suavemente en la calma de esta población de Porrera, sin ruidos que turben la serenidad otoñal de esta mañana soleada y nítida. Habíamos quedado a las diez de la mañana con la Bodega Clos Dominic y allí acudimos en la calle Prat de la Riba. Nos recibe el propietario Don Francisco Castillo con la cordialidad y sencillez que le distingue.

Vamos con la furgoneta hasta llegar a su magnífica propiedad, que ofrece en sus partes altas un plano inclinado increíble donde las viejas cepas centenarias hunden sus raíces en el suelo pizarroso y reseco, mientras aquí abajo, donde hemos llegado, la viña en espaldera presenta un aspecto ubérrimo con sus hojas doradas por el otoño.


Sin bajar del coche vamos subiendo en zigzag por el interior de la finca; se para un momento para coger un racimo que aún quedaba de la reciente vendimia y nos lo ofrece en un gesto que le honra como persona de refinada sensibilidad. Las uvas un poco sobremaduradas saben a gloria. Llegamos al final del camino donde se puede ver una gran panorámica de sus viñas y otras heredades colindantes foráneas. Nos dice que de la parte de arriba de donde estamos, es preciso bajar hasta aquí las uvas en portadoras de espalda dada la pendiente del terreno.Es digno de anotar que para llegar aquí arriba con el vehículo hace falta una práctica notable que sin duda únicamente es atribuible a Don Paco.

Le preguntamos entre otras cosas, por qué en la etiqueta de las botellas de su marca figura una concha de Santiago y su respuesta es que la propiedad tiene esta curiosa forma y no porque aquí hubiera pasado supuestamente ningún camino hacia la lejana Compostela. Después de hacer unas fotografías damos la última mirada a esta hermosa propiedad cuyos singulares contornos geográficos blasonan la marca de estos prestigiosos vinos Clos Dominic.

Volvemos a Porrera para visitar la bodega familiar, donde reposan los excelentes caldos que harán en su momento las delicias de muchas mesas de diferente mantel. Vemos el proceso de elaboración con el vino nuevo aún en sus tinajas mezclado con los hollejos y en el sótano las barricas de roble donde se cría, todo pulcro y ordenado con los últimos adelantos de la enología pero con métodos propios y exclusivos de esta comarca, que dan como resultado, así lo creemos, esta joya gastronómica que son los vinos del Priorato.

Don Paco descorcha una botella de Clos Petó para nosotros y mientras degustamos su excelente contenido nos cuenta muchas cosas relacionadas con su profesión hasta que nos despedimos de él, dándole gracias por sus atenciones y habernos dedicado una parte de su tiempo en mostrarnos los que es Clos Dominic. El camino sigue hasta Falset. Pero eso es otra historia. "


Nada que añadir a este magnífico relato de la particular jornada que vivieron mis progenitores junto a un buen amigo de la familia en tierras del Priorato. Solo confirmar que los tres son confirmados entusiastas de la cultura enológica y así, no podía ser de otra manera, este quien les habla les ha salido.Clos Petó es la nueva apuesta de Clos Dominic que ve la luz con la cosecha de 2007. Es varietal con un 50% de cabernet sauvignon, un 20% de garnacha y el resto se reparte entre merlot y cariñena, de los que se nutre su hermano un poco mayor, el Vinyes Baixes. Este último quiero recordar que su composición es merlot con garnacha, cariñena y una pequeña proporción de picapoll como nota curiosa. Particularmente me encanta su sabor a terroir, es Priorato en estado puro. Mejor juzguen ustedes.

Un petó-un beso.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Odysseus, el Priorat se viste de blanco (y II)

Crece en mi interior, visto lo visto, un ansia de volver a creer en las elaboraciones blancas del país (lo siento, cada vez soy más racista en cuanto a esto del color del vino) y me decido, tras unos pocos y sugerentes comentarios, por otro vino de la bodega anteriormente citada, a dar un paso más allá: maridar un vino original con un plato complicado.

Después de desestimar varias opciones que a la postre hubiesen sido mejor entendidas, me decidí a echar mano de unas conservas que en mi última estancia por tierras manchegas pasaron a engrosar las tablas de mi (cada vez más) maltrecha despensa. Se trataba esta vez de pequeñas codornices en escabeche.


Por suerte o desgracia, el haber tenido un padre cazador me ha permitido disponer de las más tiernas y frescas codornices que pocos pueden imaginar: mi niñez corrió repartida entre codornices y tórtolas rustidas por mi madre (con esos antecedentes mi ojo crítico en el tema es, cuanto menos, “pejiguero”).
Gallináceas éllas, dispuestas por defecto a volar desde la lejana África hasta nuestros dominios las menos veces o, las más, de granjas perfectamente dotadas para su procreación y factura.

Como no quiero desviarme demasiado del tema que nos concierne presento el vino seleccionado para tal elaboración: Odysseus Pedro Ximénez 2008, un vino de una zona (Priorat) y una variedad de uva (Pedro Ximénez, PX para los amigos) que pocos están acostumbrados a relacionar entre sí.
Parece ser que la presencia de la PX en Priorat, cada vez más, roza lo testimonial. Variedad mundialmente conocida por sus vinos extremadamente dulces del sur de España y pocas veces elaborada en seco, como es el caso de la que nos concierne.
Los de Odysseus compran la uva a un viticultor de Poboleda, eso si, siempre bajo la supervisión y consejo de los bodegueros (Joseph Puig y su hija Silvia) para poder hacer con ella este claro ejemplo de vino con sello personal.
La metodología aplicada es sencilla, muy primaria y, para lo hoy en día se contempla por ahí, casi insignificante. Ni por asomo la madera se hace partícipe de la elaboración, únicamente una corta maceración prefermentativa (en acero inoxidable) antes de que el vino pase a fermentar. Punto pelota.

Bien, llegado el momento de poner frente a frente al vino y la comida no fueron pocas las sorpresas que me sucumbieron, nunca me había pasado que un vino fuese mejor justo al momento de empezar a beberlo que cuando estaba finiquitando la botella.

En la primera copa, en el primer acercamiento a mi apéndice nasal, pude apreciar la tenue fragancia de una variedad casi neutra, con un aroma propio, algo apagado pero muy personal: ligeramente cítrico y frutoso en su justa medida. La pizarra se enaltecía por detrás mostrando ese toque picante y casi especiado que recordaba del anterior Garnacha Blanca.
La boca mostró hábilmente lo que me esperaba de él, un vino prácticamente seco y con una acidez constante que desembocaba en una final “al punto” de amargo, de franco recorrido, sin opulencias ni gruesos añadidos. Bastante bien en general.
Sorpresa cuando, conforme avanzaba la oxidación del vino en copa y en botella, la nariz se tornó mucho más frutal, con esa fruta tan común en la mayoría de los vinos que suelo denostar y que, lejos de provocarme curiosidad o atracción, me hacía dudar en cuanto a lo anteriormente asimilado. La boca siguió el mismo camino, incluso llegó a perder ese toque amargo que tan personal e indígena hizo al vino.
Veo por ahí, al respecto de otras añadas, se argumenta un tenue dulzor en boca, algo de azúcar residual que lo hace sugestivo. No así en esta ocasión, parece que lo que para otros es un comedido abocamiento sensorial, para mí ha resultado ser un afrutado monocromático, algo demasiado estándar y poco atractivo.

No cabe pensar que el vinagre de las codornices (muy comedido por cierto, una marca de conserva a tener muy en cuenta…) neutralizó y/o provocó ese cambio en mis percepciones pues, la media botella que sobró del almuerzo pasó por vicaría 6 horas más tarde con un simple pescado a la plancha y, las sensaciones, fueron igual de decepcionantes si las comparamos con las iniciales.
Como siempre digo una única botella no hace muestra, esperemos otras opiniones y concedámosle el beneplácito de la duda… eso sí, los 16€ que pagué por ella siguen pesando en mi conciencia.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Odysseus, el Priorat se viste de blanco (I)


Una de las cualidades que creo tener es escuchar cuando me hablan, atender a los que quieren ampliar mi sapiencia y mostrarme lo que por mi mismo no llego a divisar.
Un adicto a los vinos blancos, como yo, puede llegar a pensar que todo está conocido, que no hay demasiado por descubrir en este mundo cada vez más globalizado de sabores y texturas. La ceguera alemana me tenía cautivo dentro de la gran variedad diva (bien es cierto que cuando se compara con otras, tiene las de ganar), pero bien se merecen las demás zonas y variedades una oportunidad de revancha…

Así es como plasmando un ejercicio de humildad, y confianza ajena, me dejé aconsejar por Carlos, (dueño, dependiente y procurador del Celler de Coll Favà), que me dijo: “prueba Odysseus Garnatxa blanca 2007, una garnacha blanca que hará florecer el Priorat en tu copa”.
Vanidoso y reacio como soy pensé: “otro vino de esos que vende autenticidad y resulta ser un cóctel de tropicalismos y maduraciones alcohólicas…”
Ahora, después de haberle metido mano a la susodicha elaboración, no tengo más que palabras de agradecimiento hacia esa persona que me hizo recobrar la confianza en lo mío.

Tras indagar un poco y pedir algo de información a la bodega (Viñedos de Ithaca), me doy cuenta que detrás de este vino y su elaboración se esconden ciertas pautas un tanto especiales.
Llama la atención que se utilice, por primera vez en esta cosecha y aparte de sus posesiones, un viñedo ajeno a la bodega (pero controlado por esta) que lleva la friolera de 80 años enraizado en la zona de Gratallops. La maceración del mosto se realiza durante 18 horas en barricas de roble -las cuales después servirán para la crianza de sus vinos tintos- y, para su fermentación, se traslada a depósitos de acero inoxidable donde permanece hasta su embotellado, donde no se estabilizó para respetar su originalidad.
La bodega recomienda decantarlo con antelación y estoy totalmente de acuerdo con ellos en ese aspecto, el vino gana en matices y se torna más amplio y satisfactorio tras una hora de aeróbica libertad.

Su color es un amarillo potente, dorado, de un aspecto algo denso y con unas marcadas gotas de alcohol que, esparcidas ellas por la copa, hacen intuir un nivel alcohólico generoso.
Los aromas vienen marcados por la fruta (pera limonera, albaricoque) y un punto cítrico muy conseguido que recuerda mucho al pomelo y a la cáscara de naranja. Un fino toque especiado se va haciendo cada vez más presente con la oxidación, jengibre raspado que, poco a poco, se va “comiendo” a los toques de humo que acompañan al conjunto en nariz.
La boca marca una gran diferencia, no tanto con su entrada como en la salida. Graso, con algo de opulencia (ahí la madera tiene algo que decir) pero muy bien mitigada por la acidez y personalidad de la materia prima. El recorrido es elegante, con suma proyección de sensaciones envolventes y un final marcado por una leve amargosidad que muestra las credenciales de una tierra y una variedad adaptada a élla.


Creo que, sino el mejor, uno de los mejores Priorats blancos que he bebido hasta la fecha. Es auténtico, varietal, satisfactorio y un lindo portador de la fragancia del sur de Cataluña.
Posiblemente gane algo de complejidad con uno o dos años de guarda, aunque está tan rico a día de hoy qué difícilmente podré comprobarlo. Además, con el añadido de su moderado precio (12€), sirve para hacer un vuelo serpenteante sensorial entre viñas de garnacha blanca y ese suelo tan particular que las ve crecer.

[Nota: Este post fue escrito a finales de la pasada primavera y, por cuestiones logísticas, no ha visto la luz hasta ahora. En este periodo de tiempo he tenido la oportunidad de probar otro vino de la bodega que me ha dejado un tanto “a cuadros”. Considero apropiado publicar inmediatamente, a continuación, mis apreciaciones para que entre todos las usemos y opinemos (si gustáis) al respecto.]

lunes, 7 de diciembre de 2009

López de Heredia: Genio y figura


Cuando el grupo Vadebacus contactó con María José López de Heredia para concertar una visita a la bodega pocos éramos los que imaginábamos que el resultado de ésta colmara nuestras expectativas hasta límites insospechados. María José lleva las riendas y es la cabeza visible de las Bodegas López de Heredia que, año tras año, se erige en la Rioja como una de las pocas fieles a un clasicismo en vías de extinción.


Son varios los vinos que salen de la bodega, pero sin duda el más conocido por todos es Viña Tondonia, que procede de la parcela del mismo nombre con una extensión aproximada de 100 Ha del total de 170 que posee la bodega.



Los cinco miembros de Vadebacus que acudimos a Haro, Rioja Alta en Logroño, pudimos disfrutar durante una jornada tan larga como enriquecedora de la pasión y el buen oficio de María José. Una visita privilegiada, en petit comité, la fortuna de tenerla para nosotros cinco y que consiguiera transmitirnos lo que significa el pasado, más de 130 años de bodega, para ella y para el gran equipo que forma la bodega. Más de sesenta trabajadores fijos más los eventuales todos al mando del trío de hermanos, descendientes de Rafael López de Heredia, que allá por el año 1875 se instaló en Haro y aprendió el oficio.


Cuenta María José que la tempranillo con la que se elaboran sus vinos tintos tiene carácter borgoñón, que las cepas tienen características muy similares con la Pinot Noir, y que esa bondad que se aprecia en sus vinos proviene de la frescura heredada de los Alsacianos que se instalaron en Burdeos y que más tarde dieron rienda suelta en la Rioja Alta.

Rafael López de Heredia, bisabuelo de María José, nació en Chile y estudió en Europa, se hizo un hueco como economista en el norte de España y tuvo la fortuna de ser asesorado en el arte de hacer vino. Siguió el consejo de los franceses y se hizo con un buen número de hectáreas y con tesón y esfuerzo consiguió construir el imperio que representa actualmente la bodega.

Su bisabuelo fue un emprendedor, construyó la bodega de forma casi visionaria, al más puro estilo Chateau. Las enormes tinas proceden de madera de diversos lugares. Todo se hace a mano por los maestros toneleros, el trabajo en la finca también es manual. Por poner un ejemplo las malas hierbas se quitan a mano.

Cuando María José nos va explicando la historia de su familia nos damos cuenta que su manera de trabajar no puede ser otra. La tradición vale más que cualquier otra cosa y ella está convencida de cada uno de sus pasos en la toma de decisiones, aún yendo a contracorriente, más allá de modas pasajeras. La fidelidad a sus orígenes se nota en la forma de explicarlos y nosotros escuchamos casi mudos porque cada minuto es como una clase magistral.


A medida que transcurren las explicaciones vamos pasando de una a otra estancia. Recorremos las enormes tinas donde llega el mosto una vez prensado para pasar a los largos túneles recubiertos de la bacteria penicillium que ayuda a preservar el ambiente y acompañar en las mejores condiciones a las barricas de roble donde pasan los vinos alrededor de 8 años aguardando los cuidados y mimos de la bodega. También llegamos a la estancia donde los maestros toneleros recuperan viejas barricas que con el paso de los años se resienten del uso prolongado y preparan alguna que otro tonel nuevo cuando es necesario. Antes salimos a ver el meandro del Ebro a su paso por Haro y la vista resulta espectacular con la finca Cubillo en la riba opuesta.



Ese vigor que transmite María José a lo largo de las horas se funde con sus explicaciones a medida que nos adentramos en lo más secreto de la bodega: la sala de las reliquias, con muchas de las botellas recubiertas de hongo y polvo, mimando el vidrio que contiene el preciado vino durante decenios. La vista es espectacular pero nada comparado con nuestro último destino: el cementerio privado. Pero esto requiere de un escrito a parte y será en la próxima entrada de nuestro compañero Carles Palahí. Magia y sorpresas en forma de cata es un breve adelanto.


Gracias María José por tu tiempo y por tu ilusión. Sabemos que el éxito está asegurado en un futuro por vuestra dedicación y esfuerzo, todos a una.



Nota: Todas las fotos son originales de Vadebacus.