lunes, 30 de noviembre de 2009

Corcho& Cork& Suro


El artículo que hoy les propongo no pretende ser un extracto erudito de la historia de una pequeña población del bajo Ampurdán, en pleno corazón de la Costa Brava, cuna de mis ancestros y forjadora de mi infancia.

Palafrugell . Sólo la pronunciación de la palabra me transporta a una perdida juventud llena de sensaciones y recuerdos. Cuando de muy niño nos apeábamos de la Sarfa, esa compañía de autocares de línea que algunos denominaban la ‘Farsa’, la primera impresión recibida era, ya una vez traspuesta la estación de autobuses de Palafrugell, un fuerte olor que nunca ya se olvida a matriz de corcho recién cortado y toda una gama de barnices que se utilizan para su posterior tratamiento.

Era una experiencia que siempre se repetía cuando una vez al mes nos trasladábamos con mi familia a Palafrugell para visitar a mis abuelos paternos. Un no sé qué de euforia se apoderaba de mi cada vez que olía este ‘perfume’ a corcho que flotaba como una niebla invisible por toda la población. En invierno con el frío se acentuaba esa exaltación de la pituitaria que se transformaba en aguijones imperceptibles cuando soplaba la tramontana.

Cuando en el recorrido hacia la casa familiar situada en un extremo de la ‘Plaça de can Prats’, en una esquina entre el ‘carrer de la Taronjeta’ y el ‘carrer de la Lluna’,cruzábamos las instalaciones, hoy vacías, de la fábrica Armstrong era una placer infinito el sentir esa ‘fragancia’ ahora pletórica y cargada de matices que proporcionaba un éxtasis parecido a la cola inhalada en cada bocanada de aire.


Y es que la historia de Palafrugell es pareja al auge, esplendor y posterior caída de este noble material, el corcho, indispensable todavía, hoy por hoy, en el cerramiento de vinos, cavas y champagnes, amén de otros muchos usos.

Ya mucho antes de la llamada ‘guerra del francés’, en el siglo XVIII, la industria del corcho había ido aumentando progresivamente en toda la comarca y más en concreto en Palafrugell. El corcho, denominado ‘suro’ en catalán era extraido de la corteza de los alcornoques, ‘alzines sureres’ o ‘Quercus suber’, que crecen en las vecinas 'Gavarres', la pequeña sierra litoral que delimita las comarcas del Gironés y del Ampurdán, de Girona hasta Palamós pasando por la Bisbal. Mención aparte sería contarles las excursiones y paseos a través de árboles con la corteza arrancada desde su base y que necesitan de 7 a 9 años para su posterior desarrollo y plena recuperación.

De una fabricación artesanal se había ido transformando esta actividad en una verdadera industria dedicada a la fabricación de tapones de corcho, ‘taps de suro’ con acento especial para los indicados en la industria del champagne y los espumosos.

Paralela a la actividad industrial se desarrollaron todo tipo de sociedades, unas de inspiración cooperativista, sindical y política y otras de corte lúdico o cultural. Así nacieron las primeras sociedades gastronómicas que hoy todavía perduran con arraigo en la población ampurdanesa.


Una de las fábricas más importantes fue la Armstrong formada en 1.900 por Joan Miquel y los alemanes Enrique Vinke y Paul Meyer. En su apogeo compraron también la fábrica Trefinos que la convirtieron en filial de la Compañía. A la crisis de las Dos Guerras Mundiales se suman etapas de expansión, primero en Extremadura y Portugal, luego en la vecina Marruecos y finalmente en estados Unidos. La búsqueda de materia prima fue lo que dio lugar a la dispersión de la Industria del corcho en los nuevos mercados emergentes que a la postre, como ha sucedido con el Textil, se ha comido casi todo el pastel.

Historias contadas por mi abuelo y mi padre a la luz de una chimenea con olor a madera de alcornoque explican situaciones impensables en una época de hambre y miseria en el resto de nuestra ajada 'piel de toro'. Relatos de cómo corrian los mejores caldos y las mejores añadas de míticos champagnes en manos de obreros y patrones en fiestas que se celebraban a la luz de la luna en barracas a pie de acantilado con las olas del mar como sinfonía de fondo o a pie de viña, porque también se cultivaba vino para consumo propio en la comarca.

En la época dorada la figura de representante comercial circunvalaba el globo llevando consigo una cartera llena de tapones de corcho para un sinfín de aplicaciones que hoy en día han quedado reducidas, por suerte y todavía, a la cultura del vino.

La globalización también se ha cebado en la Industria del Corcho. Palafrugell, reconvertida en capital de turismo de clase, también dedica un apartado productivo a lo que le dio la fama. Unas veinte empresas continúan con la herencia tradicional de la fabricación de manufacturados derivados del corcho y una tercera parte a su gran estrella, los tapones técnicos para el mercado del vino: Trefinos (vinculada a Augusta Cork), Bon Tap, Imperial Cork (a Vulpellac), Francisco Sagrera, Tapones y especialidades, Pedro Ferrer, J.Vigas, Industrias Geyru, Joaquim Esteva, y algunas más que me dejo en el tintero.


Vale la pena detenerse en esta Vila de Palafrugell fuera de los agobiantes meses de estío y caminar por lo que eran sus antiguas fábricas de tapones y evocar la nostalgia de un tiempo pasado que sabe a rancia gloria y enmohecido papel ‘couché’ en blanco y negro.No dejen de acudir a su estupendo museo donde aprehender ese capítulo de historia que por supuesto no cabe entero en un Blog. Y por favor cuando se dispongan ante una botella de buen vino, cava o champagne piensen en ese pedazo de mundo que se abre cuando se descorcha. Por mi parte yo los sigo coleccionando.

P.D. Las fotos son originales de Pedro Palahí Bach-Esteve, abuelo de quien escribe. El archivo está depositado en el Ayuntamiento de Palafrugell.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Dr. Bürklin-Wolf y su Kirchenstück: la cata.



Y van tres.
Ya son tres las veces que nos hemos juntado unos cuantos forofos (¿y qué será que siempre nos vemos la cara los mismos?) alrededor de esa divinidad reencarnada en uva.
La primera sirvió para cotejar impresiones con el sumo hacedor, la segunda resultó esclarecedora y lúdica para con su origen y la tercera, la que ahora nos interesa, todo un compendio de añadas y sus resultados en el mejor viñedo del Palatinado (Die Pfalz) alemán y su bodega más loada: Kirchenstück y Dr. Bürklin-Wolf respectivamente

Con Vinialia al frente de la logística, por supuesto afinada en extremo, F. Michael Wöhr ofició de maestro de ceremonias en esta ocasión con trabajo extra como interprete por tener que traducir las estrictas explicaciones que Bettina Bürklin von Guradze (gerente y dueña de la bodega) iba argumentando al unísono que sus vinos aparecían en escena.

Para entender ese vino de pago hay que saber que, a diferencia de otras zonas vinícolas alemanas donde la pizarra es el mineral más común, el protagonista indiscutible en esta localización es el basalto, también de origen volcánico impregna con su inconfundible toque telúrico los vinos que allí germinan. Cierto volcán cercano (PechsteinKopf) se empeñó en escupir toneladas de material fulgente en dirección a la población de Forst, utilizando un angosto valle que hizo a su vez de conducto para la canalización de ésta en dirección a los pagos de Pechstein y Kirchenstück.
Los viñedos en esta zona germana poco tienen que ver con los, por ejemplo, empinados y casi escalables de la zona de Mosel. Más bien son (casi) planos, con muy poca inclinación pero con una extensión considerable dentro de la cual se dan grandes diferencias de composición geológica (no hay volcanes que rieguen a placer todos los pagos, por supuesto).
La “parcela de la iglesia” (Kirchenstück) tiene una extensión de 3,7 ha. y está compartida por 6 propietarios de los cuales Bürklin-Wolf es el que tiene la mejor parcela (sita en el corazón) con 0,55 ha. y una edad de las viñas alrededor de los 25 años.
Otro dato importante de este vino es que a partir de la cosecha 2005 se comienza a trabajar biodinámicamente y es en la cosecha de 2008 cuando ya se certifica como tal. Es el único en la parcela que intenta preservar el trabajo de la naturaleza, lejos de incluir cualquier aporte artificial. Visto lo visto las directrices tomadas por la bodega no son erróneas, los tres vinos catados posteriores a 2005 resultaron grandes ejemplos de conducta e interpretación varietal.



Dispuestos en la blanca mesa, preparados para ser catados (todos los vinos abiertos desde el día anterior y, algunos de ellos, decantados religiosamente esa misma mañana), esperaban los 8 vinos que formaban la primera alegría del día: una cata vertical con las últimas 8 añadas de Kirchenstück GG.

2007 fue el primero de la tanda. Como dijo el gran maestro, es en estos momentos un “embrión”, no se le ve (por lo menos yo) hasta donde puede llegar. La misma bodega dice que posiblemente sea el mejor de la historia, ya veremos.
Particularmente reconozco que todavía es demasiado joven pero presenta unas maneras muy bien definidas, con una fruta tan bien puesta y sostenida por esa mineralidad in crescendo que hace estremecerse. El final de boca tiene ese deje amargo de las pepitas y la piel de la uva al punto de madurez… ¡y qué acidez señores!

Una añada con mucha piedra la 2006 y no de basalto, sino de la que cae del cielo y hace menguar, en esta ocasión, a un 30% la producción… vamos un desastre.
Explotó en la copa comparado con el anterior bebé, ese año extra en botella junto a las diferencias lógicas que cada añada aporta al vino hizo que los toques de pegamento, los registros ahumados del basalto y la piel de cítrico seca se apoderaran rápidamente de todo aquel que osaba olerlo.
Algo más alcohólico en boca, menos seco también pero con una longitud brutal y una acidez muy bien puesta.

Otra añada de las “grandes” en la copa, 2005, efectivamente menos abrupta que la anterior: también con mucho de todo pero mejor puesto, más equilibrado en todos los sentidos.
Los cítricos ganaban la partida junto con un boyante basalto que le daba la mano diciendo “vamos a pasear juntos”. Ganó presencia e incluso un ligero recuerdo mentolado (hierba luisa, verbena).
Vivo en boca, aunque algo descarnado, con no tanto peso como otros. Muy largo y con tostados al retro, dejando una sensación de placidez, equilibrio y homogeneidad atroz en boca.

¡Con 2004 y 2003 hemos topado! Dos añadas complicadas para la viña alemana. La primera por la paliza recibida el año anterior, en 2003, el año de la canícula desproporcionada.
Pese a todo este 2004 no me pareció el peor de los que he probado, bastante cerrado y hermético, nada que una buena dosis de copa no pueda solucionar. La fruta es diferente, más verde, menos madura, con rastros de herbáceos que recuerdan demasiado a la uva verde o a su madera.
La boca en cambio me pareció más correcta, con muy rica acidez y unos amargos casi controlados.
2003 come aparte, la fruta es tremendamente madura con claros aromas de gominolas cítricas (hay quien dijo que olía a Fanta de limón sin gas) y donde mi humilde apéndice nasal detectó hasta algún rastro de tomate Raff. En boca algo alcohólico y mermado de la chispa vibrante que tenían el resto. Al final del trago aparecen ciertas hierbas medicinales que me dejan especular sobre una rápida evolución en vidrio.

Ahora si, con 2002 vimos lo que este pago puede llegar a dar cuando se junta el tiempo justo de botella y una analítica pareja de acidez y residual. No es la primera vez que lo catamos así que ya sabíamos que el listón estaba alto… la fruta “al punto”, el típico aroma del basalto (azúcar moreno quemado) se podía palpar con la punta de la nariz, camaleónico en la copa.
Después de un paso por boca de puro equilibrio deja una sensación ácida y punzante que provoca serias reacciones en el cuerpo, ante todo dependencia, yonkis todos. El mejor.

Normalmente con los 2001 no tengo problemas, al contrario, es una añada que me tira por su mineralidad y fina acidez. No en este caso, se me presentó demasiado raro… rastros de una humedad peligrosa y una maduración escasa. La boca con buena acidez y consistencia pero no acabó de “entrarme”.

Loada por muchos la última añada de la vertical, la 1998, marcaba su edad ante todo. Terciarios en forma de pegamento, algo de fuel y mucha fruta madurita salían por la copa. El cítrico y las flores blancas ganaban en persistencia a cada golpe de Mikasa.
Denso en boca, untuoso y con ese retro de medicina que dejan los evolucionados. Rico.



Acabados de evaluar los 8 primeros vinos pudimos disfrutar de un veterano de guerra, Kirchenstück Auslese 1971, catado recientemente por estos lares. Una mejor botella que la saboreada hace unos días nos mostró la hechura de antaño en los vinos alemanes, todavía con una buena dosis de residual y un profundo toque mineral que surge de sus entrañas. Impresionante principio de edad…sin palabras.
A esas alturas de la tarde y con la ingesta de vino que llevábamos (¿quien osa escupir tan magnos elixires?), nos sirvió de muleta para calzarnos el almuerzo que se nos presentaba.

He de decir que en esta ocasión el material sólido estuvo a la altura del líquido. El restaurante Peixample proporcionó, siempre con el beneplácito y pulcritud de Vinialia sobrevolando la organización, un magnífico menú a medida de los vinos que se iban a tomar:

Gaisböhl GC 2001 con tostadas de tomate y cebolla caramelizada y langostino de la Rápita crudo

Jesuitengarten GC 2003 Tonel #63 (impresionante este vino) acompañando unos pequeños calçots asados con berenjena y queso provolone.

Pechstein GC 1999 Tonel #63, brutal con la presa de cerdo ibérico (al punto, como mandan los cánones de todo ibérico cocinado) y puré de patatas con queso fundido.

Kirchenstück GC 2002 arropado por un rodaballo salvaje acompañado de una montaña de (demasiado oloroso) arroz con eneldo.

La parte final del ágape fue la traca definitiva, dos postres muy dignos.
Primero apareció en escena una copa de helado de frambuesa acompañada de pomelo y fresas con un viejo conocido, Pechstein Auslese “R” 1989 (a mi entender este vino es como es, mejor probarlo y opinar con conocimiento de causa).
Después el último postre, a palo seco, a pelo, Kirchenstück TBA 1994 (decir Trockenbeerenauslese resulta cansino y casi fatigoso…). A los amantes de los datos analíticos decirles que con 15 años en la espalda, 227 gr. de azúcar residual y 15 gr/l de acidez tartárica está en una etapa de su vida pletórica. Al principio me pregunté el porqué de su fuerte color ambarino, si como vino todopoderoso que es ¡debería tener más vida que el propio Matusalén! La solución al enigma estaba en la boca: todavía tengo el pelo erizado de la tremenda sensación táctil de su recorrido y su orgásmico final.



Conclusiones:

Efectivamente, Kirchenstück es para mí el mejor pago de la zona de Palatinado. Es el más elegante, el que mejor reproduce los valores de su particular terroir a través de la variedad riesling, pero… el factor añada es demasiado notable en este vino, demasiadas diferencias entre una y otra, para lo bueno y lo malo.
Por otro lado, el precio tampoco acompaña demasiado pero, ya se sabe: no hay duros a cuatro pesetas

lunes, 16 de noviembre de 2009

El socrático


En los últimos tiempos intento tomarme las cosas no tan a la tremenda. Tal vez el hecho de ir cumpliendo años proporcione cierta tranquilidad en la toma de decisiones, una cierta pasividad instantánea a veces atribuida a la falta de reflejos pero que yo leo de otra manera.

La experiencia es un grado y en plena etapa adulta nos sonrojamos interiormente cuando percibimos ciertos comportamientos en nuestro alrededor. La sabiduría que nos proporciona la experiencia es clave para entender muchas cosas y las vivencias en el mundo del vino tampoco se escapan.

En mi profesión intento usar siempre que me sea posible esa mayéutica socrática que consiste en llegar a una verdad forzando respuestas en mi caso mediante un proceso deductivo. Una variante, más o menos.

Me da la impresión que en el grupo Vadebacus alguien está ejerciendo de socrático. No a nivel del razonamiento inductivo sino siguiendo una de las máximas que la plebe conoce, el Sólo sé que no sé nada.


Tras la cata que propició la última entrada en esta web, releyéndola, me llegó un comentario con cierto negativismo por parte de uno de mis compañeros: “Me siento frustrado, me da la sensación de estar a años luz del resto del grupo…el Montille del 99 no es un vino apto para no iniciados, es lo que hay”.

Hay que aclarar que nuestro compañero durante la cata del susodicho vino no alcanzaba a entender nuestro completo disfrute y achacó esa percepción a la falta de cualidades personales en torno a la cata. Entonó ese Sólo sé que no sé nada aplicado al mundo del vino y de las sensaciones.

Amigo mío, no vacilé en quitarte la razón porque llevamos ya años en común, años repletos de emociones y valoraciones más allá de momentos poco inspirados. El hecho es que su mail me llevó a pensar qué tanto por ciento del pleno disfrute de un vino es atribuible al vino en si, como si de un catado a ciegas se tratara, y cuánto a la historia de ese vino a lo largo del tiempo hasta llegar a la botella.



Entender un vino va más allá del acto de la cata, beber un trago es beber un poco de la historia de ese vino, remontarse a los que lo hacen y a los ancestros de éstos. Cada sorbo puede ser maravilloso si con ello nos imaginamos a Hubert de Montille mandando a los enviados de Parker a tomar viento o negándose a someter a sus vinos rústicos y diferentes de la Borgoña a las nuevas modernidades inducidas por ese efecto globalizador. Sacar adelante los stocks, vinos de consumo inmediato, fáciles, golosos y con extracción, con alcohol.

¿Lo ves ahora mi querido amigo? Tú eres el sabio, el que se descoloca y a veces no entiende y se plantea y formula cuestiones más allá del accidente de lo pasajero.

Y vosotros lectores, ¿pensáis como yo que beber un vino va más allá del conocido acto VISTA-OLFATO-GUSTO y es contemplar un trozo de historia?

lunes, 9 de noviembre de 2009

Feliz Cumpleaños


En eso de cumplir los años no todo el mundo lo soporta de la misma manera. Hasta los veinte parece que te hace ilusión el ir acumulando fiestas de aniversario porque a cada una sucede una nueva experiencia a cuál más excitante, si cabe, que la anterior. Pero a medida que uno se va haciendo maduro y se agranda el grueso de la epidermis amén de la calvicie que pasa de incipiente a reflejar el astro solar en todo su esplendor a las doce del mediodía, sin hablar de otros percances aún más lamentables que nos recuerdan constantemente que muerto tenemos el IPC..., llega el momento de pararse a reflexionar.

Ya tengo unos muchos conocidos, unos cuantos amigos y unos pocos íntimos que van llegando a la cuarentena, más mental que física en algunos casos pero evidente de todas formas. Me refiero a la cuarentena de soplar 40 velas, no a esa cuarentena forzada tras gestar descendencia.
Así, burla burlando el tiempo, se acumula cada vez más trasto inútil en ese contenedor intangible que llevamos dentro cada uno de nosotros en lo más recóndito de nuestra mente, la experiencia. Sabiduría, vivencias, sensaciones vividas, escarceos con el conocimiento en carne propia van escribiendo cada capítulo de nuestro serial y poco a poco vemos que aunque lo que nos queda por recorrer es mucho lo andado es infinito.

Pero no todo van a ser lamentaciones. Si hay algo bueno en celebrar el fin de una etapa y el comienzo de otra es en la reunión que se convoca, propiciada por el protagonista del calendario y patrón de los festejos, paladín de este Blog y fiel escudero en mil y una batallas vividas a la sombra de una cepa.
Que ‘cepan todos’ que la ocasión la pintan calva y el artista que hay escondido bajo la corteza de matemático hizo gala de sus mejores virtudes. Cinco vinos, no los mejores ni los más caros, pero sí los más acertados y conjuntados. Maridaje incluido, este es el relato de una velada con una sinfonía compuesta y dirigida por nuestro buen amigo y tocayo Carlos González.



Pierre Moncuit Cuvée Millesimée 1999

Un buen comienzo de Le Mesnil-Sur-Oger. Mineralidad acusada con muy buena acidez y una mantequilla muy suave envolviendo un conjunto de flores de azahar y jazmines. Perfecto para limpiar el paladar y afinar los sentidos. La Chardonnay es la reina y protagonista de la fiesta.

Pierre Peters Cuvée Spécial Les Chétillons 2000

Otro Blanc de Blancs que ya nos ha cautivado y poco vamos a descubrirle a una de las “joyas de la corona” de la zona champañera que más satisfacciones ha dado a los blogueros de esta casa. Un carbónico de lo más armónico perfuma el paladar con notas de granito tamizadas por una mantequilla muy ligera. Al rato aparecen los orejones y un suave rastro de levadura algo amarga que hace las veces de papel secante. Su efecto persiste aún después de sorber la última gota.

Corullón 2000 Descendientes de J.Palacios

Había expectación por este espécimen del Bierzo. Es el último de su estirpe, pues este año aglutinaba un poco de aquí y otro poco de allá los frutos de pagos tan conocidos como Las Lamas, Moncerbal y La Faraona que tuvieron vida propia años después.
La primera impresión es que nos encontramos con un vino atlántico y la segunda es un destilar balsámico muy característico de la Mencía. Una pastilla juanola con licor de frambuesa sería una afirmación en la que todos estaríamos de acuerdo. Un ligero perfume de colonia se confunde con un final amargo y herbaceo. Sensación de plenitud y recorrido muy carnoso con final explosivo.

Pommard Les Pézerolles 1º Cru Contrôlée 1999 de la factoría de los irreductibles Montille.

Sin duda Monsieur Hubert enarbola el estandarte de la tradición en el señorío de Volnay. El “savoir faire” de muchas generaciones y una añada estupenda contribuyen a valorar positivamente este producto de la Borgoña. No apto para no iniciados es un vino que se bebe solo y con austeridad absoluta para mejor entendimiento de la Pinot Noir en su contexto. Tampoco es la Tâche -que algún día probaremos si nos toca la lotería- pero algo me dice que vamos por buen camino.

¡Ojo! Digo eso para disfrutarlo en su plenitud… Es lo más parecido a una esponja que recoge el filtrado de la arcilla y el manto vegetal que la envuelve. Un olor a húmedo y reducido transmite una primera impresión herbácea que poco a poco se va atemperando. Notas más maduras hacen su entrada como clarines lejanos que van dando cuerpo a la orquesta. Una sensación salina ya es perceptible en boca y los chocolates palpitan su lado amargo. Como buen Borgoña no tiene traca final sino que su recuerdo marchita poco a poco dejando un poso de suave tabaco y deliciosa compota.

¡Qué lástima! Se acabó.

Fritz Haag Juffer Sonnenuhr Auslese GK 1995

La bomba. Azucar residual: 81gr./l. Acidez: 9gr./l. Alcohol: 7% vol. Decantación: 8 horas.

No se entiende la excepcionalidad de la cosecha de 1995 en Mittel Mosel hasta que no se cata este riesling del pago de Sonnenuhr. Una ligera brisa a hidrocarburo “del bueno” emana de la botella y de la copa. Sensación de beber jalea real y un limón exprimido, todo, al mismo tiempo. Una mineralidad no exenta de matices florales armoniza el conjunto. La lengua va captando simultáneamente de un lado a otro diferentes registros, pasando de sensaciones dulces a una acidez extrema al unísono, casi sin ningún control. El “placer” es inmenso y la virtud muy poca y casi sin darnos cuenta llegamos al final del camino.

Con la copa vacía alzo la voz y digo: ¡Por muchos años amigo y que cumplas muchos más!


lunes, 2 de noviembre de 2009

Gramona, bastante más que burbujas


Quien me iba a decir que yo, pantagruélico bebedor de toda materia fermentada pero reacio consumidor de Cava, acabaría hablando, comparando y, ante todo, disfrutando de una precisa visita a una de las bodegas más tradicionales de Sant Sadurní d´Anoia: Gramona abrió sus puertas a un buen grupo de amigos dispuestos al disfrute, todos organizados tal que pelotón de ataque por Vinialia.

Como no deja de ser una bodega normal y corriente, evitaremos profundizar en los detalles comunes que se pueden encontrar en todas las bodegas (supongo estamos hartos de escuchar una y otra vez el proceso de la uva, la higiene, las capacidades, etc...) para centrarnos en algunos aspectos y elaboraciones que difieren de lo que se estila en la zona.

Considerada una bodega de tamaño medio (una producción de 1.000.000 de botellas así lo representa) no deja de sorprender que sean poseedores del 50% de la materia prima que allí se elabora, el resto, como viene siendo normal, es el resultado de una escrupuloso, tramitado y disciplinado asesoramiento a terceros. A diferencia de lo que se da normalmente en los alrededores, Gramona no tiene una dedicación absoluta al vino espumoso, todo lo contrario, se vanaglorian de llenar su catálogo con vinos tranquilos, blanco, tinto e incluso algún dulce congelado (un ciclópeo congelador asegura su producción incluso en las añadas más tórridas) y otro botritizado de contrastada calidad.
Esa producción de vinos hace necesario el reparto de espacios y el pertinente aprovechamiento de recursos. En la parte alta de la población se encuentra la zona de recepción de la uva, así como todo lo referente al procesamiento de la materia prima hasta que ésta sale camino de la distribución. Por otro lado, en el centro del pueblo, se conserva una pequeña y, esta vez sí, típica y subterránea cava donde se elaboran (muy manualmente por cierto) las joyas de la casa: Celler Batlle y los Argent blanco y rosado.
Llama poderosamente la atención la especial dedicación a la presentación final del producto, pese a lo costoso que resultan ciertos procesos manuales Gramona no deja de añadirlos a sus productos. El plástico que recubre algunas de sus botellas cuando las vemos en la tienda se tiene que instalar a mano, así como los lacres o cintas varias que llevan sus Cavas más prestigiosos.


Particularmente me quedo con la parte de la visita donde mostraron su rincón más longevo, allí donde, todavía a día de hoy, se sigue elaborando esa pócima secreta que resulta ser el hilo conductor de todos los espumosos de la casa, el licor de expedición. Es una sala llena viejos de toneles, garrafas y un buen puñado de telarañas, donde un único conocedor de los ingredientes -guardados con celo- es capaz de mezclarlos y combinarlos para que, con una simple y diminuta adicción de éste, sus vinos resulten lo más familiares y reconocibles posible. Como bien sabréis los por aquí leyentes se dosifica después de degollar cada una de las botellas de espumoso, personalizando el vino según necesidades o argumentos.


Una vez remontada la sinuosa escalera de caracol que se escondía detrás de las viejas botas, aparecimos en una espaciosa sala de catas donde una mesa, perfectamente dispuesta y atestada de copas, esperaba paciente nuestra llegada.
Como es lógico no se cataron todas las referencias de la casa pero si un grueso de lo más representativo. En total fueron 3 vinos blancos (Mas Escorpí, Sauvignon Blanc y Xarel-lo Font Jui) y 4 Cavas (Imperial G.R, III Lustros, Argent y Argent Rosé), de los cuales me centraré en los que más me gustaron para no sobrecargar estas líneas.

En primer lugar, y casi dejándome con la boca abierta por lo que en la copa hallé, Gramona Imperial Gran Reserva 2005, el Cava más popular de la casa por su gran tirada (en cualquier lineal de muchos supermercados es fácil cruzarse con él).
Su composición ya rompe un tanto con los esquemas de la zona pues prescinde de una de las tres variedades clásicas del Cava, la Parellada, en beneficio de la omnipresente Chardonnay. El particular licor de expedición y la crianza en cava -de 3 a 4 años- acaba de darle su carácter particular.
Como supongo comprenderéis no es la primera vez que me enfrento a este vino pero sí la primera donde le he visto ciertas facultades. La botella en cuestión llevaba apenas un mes degollada y eso creo que la ayudó en cantidad. Tanto la integración en boca de sus burbujas, relativamente gruesas pero amables, hasta la bonita nariz de fruta fresca que ostentaba eran factores a favor que nadie tardó en detectar, todos estábamos de acuerdo sobre la agraciada botella que teníamos delante.

Desde las 5 hectáreas de Can Aguilera viene el Sauvignon Blanc 2007, a 500m. sobre el nivel del mar y con un suelo compuesto casi en su totalidad por la famosa licorella (pizarra). Mucha selección de la uva y una crianza de tres a cuatro meses en roble nuevo francés nos dejan una bonita paleta varietal. Cristalino en vista, poco subido de color, da una nariz marcada por el mineral sin nada de pastosidades ni tropicalismos evidentes. Buena acidez y genial paso por boca, para recatar en 2 o 3 años tranquilamente. Ojalá exista la versión mágnum, sería una bonita opción de cara a experimentar con el tiempo en vidrio.

Por último, y cambiando el color del vino que hasta entonces manchaba las copas, se sirvió el Cava Argent Rosé. 100% Pinot Noir de ajustada maduración donde, prensando los racimos enteros, pasa a fermentar en barricas de roble francés. Una vez en botella pasara 30 meses con sus lías para convertirse en un gran Brut Nature de escasa tirada (4000 botellas).
De color cebolla, nada de rosados opacos u otras subidas de tono que de poco sirven y con una flagrante nariz donde la variedad de uva se deja reconocer sin tapujos (fresillas con un punto lácteo). Una boca predecible, algo ancha, con una sensación grasa que se ve refrescada por sus traviesas burbujas. Una sorpresa este (casi) Blanc de Noirs.

Agradecer a los organizadores la posibilidad de conocer dicha bodega y, a la red de redes (Internet), la posibilidad de recopilar fotos de las botellas (difícil cuestión la de olvidarse la cámara en estos actos…mea culpa).