jueves, 28 de mayo de 2009

Doble Barzen


Por lo que parece la 2007 va a ser una cosecha para recordar en Alemania si nos centramos en vinos secos de calidad. No está bien generalizar, ya lo sé, pero por lo que hemos podido ir catando por ahí, diferentes productores y zonas, nos acercamos a lo que podría ser resumido en una palabra: espectacular.


Dejando de lado los secos básicos de cada casa, quisiera centrarme en los blancos de altura, los equivalentes a los Grand Cru en Alemania: los conocidos GG. Nahe y Pfalz parece que se llevan la palma, con permiso de otros productores como Breuer de Rheingau como recientemente pudimos comprobar y en breve tendréis reseña.


Pero la Mosela es zona de dulces y en cuestión de secos parece que está un escalón por debajo respecto a los top alemanes. Tal vez el de Fritz Haag sea un buen exponente de lo que se puede llegar a ver en las orillas del Mosel, con permiso del controvertido Heymann-Löwenstein, pero yo me quedo con el seco estrella de Alex Barzen: Barzen Alte Reben trocken 2007. No os voy a descubrir nada nuevo si sois asiduos de esta web, pero parece que en Vadebacus tuvimos buena vista y solicitamos a nuestro amigo Alex que embotellara unos cuantos magnums (1’5l.) de los cuales solo quedan unas pocas unidades.

En mi caso hace casi un año que lo disfruté por primera vez, resultó curioso el vino en formato doble: muy frutal, un vino aún con pañales pero con esa impresión que te dejan aquellos vinos que pueden llegar a ser realmente buenos en el futuro.


Este fin de semana decidí poner a enfriar uno de mis magnums y realizar un experimento: comprobar cómo se comporta este vino en este formato durante varios días y saber de su evolución en estos pocos meses transcurridos.




Lógicamente apenas han transcurrido cuatro días de experimento pero ya puedo ir apuntando mis primeras impresiones.


El color sigue siendo pajizo claro, con cierto burbujeo al servir en la copa que se desvanece a los pocos segundos. No me gusta servir determinados blancos muy fríos aunque este magnum había pasado casi un día en la nevera y estaba bien fresco. A pesar de ello, mientras ganaba temperatura en copa, se perciben claros aromas de fruta amarilla, con hueso, en buen estado de maduración. Se percibe claramente la seña de identidad de este Alte Reben de Barzen: el mineral fósil. Con un par de grados añadidos comienzan a asomar aromas florales, de flor blanca y un rastro a colonia.


En boca es enorme con una acidez perfecta, in crescendo desde el primer trago sin llegar a ser molesta. Es elegante y controlado y me parece recordar nuestra estancia en octubre en las viñas donde nace este vino, con la neblina y el repicar de las campanas. La boca queda impregnada de aromas, toda ella, y parece que un leve rastro de botrytis acompaña el conjunto.


Guardo con vacuvin y al día siguiente decido servirme otra copa. Siguen ahí esos aromas que recuerdan a botrytis pero aparecen claros cítricos, en concreto a piel de naranja ligeramente amarga. Escondida esa seña de identidad del vino: fósforo o piere de fusil, como dice mi buen amigo Carles. En boca continua con una acidez equilibrada pero que no sobresale, buena conjunción.


Veremos cómo evoluciona en los días que le quedan a la botella pero es innegable que promete. Beber una copa de este Alte Reben 2007 es todo un pasaporte a la tranquilidad y al disfrute, sentirse como en casa.

lunes, 25 de mayo de 2009

Slow Vitis, slow emotion

Los pasados 10 y 11 de Mayo se celebró en la ciudad Condal la feria Slow Vitis, una muestra de vinos que, en principio, estaba dedicada a los vinos de concepción natural, autóctonos y biodinámicos.
Alojada en el antiguo convento de Sant Agustí era el marco más o menos idóneo para esa exposición, pues no es la primera feria de productos vínicos naturales que pasa por esa estancia.

Como es normal en estos casos, la verdadera intención de la exposición se vio un tanto transformada por la entrada de diversas bodegas que poco tenían de naturales o biodinámicas (más dinámicas que bio…), la temática se tornó mas bien hacia los vinos realizados con variedades autóctonas y, por añadidura, algunos realmente naturales.

Antes de empezar con el resumen de datos y vinos allí probados (como en botica, hay de todo un poco) me gustaría recalcar un par de observaciones no del todo positivas. La primera es la insistencia de muchos elaboradores de estar fumando mientras sirven los vinos. Eso crea una atmósfera de humo saliente que se mezcla con los aromas propios del vino que, en la totalidad de los casos, llegan a molestar de sobremanera.
La segunda es la temperatura un tanto incontrolada de los vinos que aguardaban ser bebidos, al sol, bajo una simple lona o en el mejor de los casos, dentro de una cubitera llena de agua a temperatura ambiente (una lástima beber Mas Doix o Malvasía de Sitges a 24º…).

Volviendo al tema que nos interesa, intentaré hacer un resumen escueto de todo lo que por nuestro paladar pasó, sea decente, original, curioso, o incluso llegando en numerosas ocasiones a la siempre empleada frase “más de lo mismo”:

La jornada empezó con los vinos blancos de Barranco Oscuro, una de las bodegas españolas con viñedos a mayor altura de la península. Destacan en sus composiciones varietales la utilización de la Vigiriega, variedad más relacionada con Tenerife que con las alturas de las Alpujarras granadinas.


Rico su espumoso de esa variedad al igual que su vino Tres Uves, un poco tocado por la madera a estas altura de su vida pero con buena materia y mejor futuro a medio plazo.

Albet i Noya nos dejó un poco fríos, poca autenticidad y mucha fruta tropical en sus blancos, muy homogéneos pese a tratarse de vinos varietalmente diferentes.

Como estaba cerca, pudimos corroborar que Laureano Serres es un tipo sincero, plano y realmente agradable. Sin problema alguno para saber qué tipo de vinos elabora (sus vinos hablan por sí solos), todos sus blancos están tocados por un inconfundible aroma de madroño y boniato asado bien característico. Se me antojan puros, diferentes y con un aporte de levaduras que muchos las quisieran para ellos...
Los tintos más de lo mismo: sanos, curiosos y tocados por la efusión de su hacedor.


De la misma zona que el anterior, Terra Alta, llegó Serra de Cavalls. Dos blancos probamos de la casa: uno joven con bastante proporción de Garnacha blanca que ni fu ni fa (más rastros tropicales invadiendo la nariz) y otro monovarietal de la misma uva esta vez pasado por barrica que, pese a la negación del bodeguero, se nos antojó de sulfuroso subido (a su favor decir que se trataba de un 2008)

Hal de la Enoteca de Italia y sus Ca´Rugate nos permitió la comparación entre una garganega (varietal italiano, fresco y con mineral volcánico en este caso) convencional y otra elaborada como antaño se hacía. Por supuesto nos quedamos con la última, más tocada de complejidad y sabrosura tanto en nariz como en boca.


Su tinto presentado, un Monferrato llamado Pecoranera, muy equilibrado, fresco y de acidez generosamente medida.

A esas alturas de la tarde decidimos dar paso 100% a los vinos tintos y, porque allí se encontraba, empezamos la tánica tanda con los vinos de Carles Andreu. Rico su espumoso Rosat Brut Barrica de Trepat, amplio, sabroso y con perfectas notas de frutillos silvestres muy tenues y comedidas.
Mismo varietal para su tinto, increíblemente tocado por la sutileza de una uva que parece estar maldita para elaborar monovarietales con ella. Craso error, éste demuestra cualidades de sobra.

Llegó el turno del Celler Mas Doix, con un Salanques 2006 un tanto comedido y claramente el segundón de la bodega, y un arrollante Mas Doix 2006 que mostraba el mineral tan típico del Priorat como sólo él sabe hacerlo. Mucha fruta negra, algo licoroso y con un final muy largo. Espléndido vino que se vio afectado por los 22º de temperatura y por una copa (otro toque de atención a la organización en este sentido) que no ayudaba precisamente a expresarse.

En toda feria existe una o dos estrellas que brillan con luz propia y que, por lo de dejar un buen sabor de boca, mejor dejarlas para el final

Pocas dudas teníamos de que Sara Pérez era una mujer inconformista y lanzada, aquí pudimos confirmarlo. Se presentó felizmente acompañada de su retoña de 5 meses (increíble lo guapa que se presenta la “cantera”) y de sus nuevos vinos de finca.
Els Escurçons 2006 es una mayoría de garnacha plantada en las alturas, increíblemente fino y mineral, como tocado por una áurea de savoir affaire. Un vino para descubrir lo que es la homogeneidad entre mineral y fruta fresca.
Su ya conocido Clos Martinet, también 2006, me pareció más fino que en otras añadas, menos separado del resto de Priorats (así me lo parecía hasta probar esta cosecha). Podría ser el efecto de un uso menor de cabernet y merlot… seguiremos su rastro y volveremos a comparar.
Por último, y como final a una magnífica entrega de vinos personales, Camí Pesseroles 2006: cariñena al poder, barroquismo y una textura que sólo esa uva, cuando está bien tratada, sabe expresar. Mi preferido del día, hasta su botella y etiqueta están al máximo nivel de entrega.


Por último y, como dirían los Estopa, “partiendo la pana” en cuanto a blancos mostrados: Bodega Ampelidae y sus sauvignons blancs de Poitiers (Futuroscope sí, prácticamente pared con pared).
Simplemente geniales, después de la paliza tánica que llevábamos encima descubrimos que nos habíamos dejado dicho productor por probar. Sin problema, la acidez y la estructura de estos sauvignons (blanc y rouge) nos ayudaron a limpiar las papilas y resetear nuestro paladar.
Increíble también un pinot noir de la misma zona que elaboran, tocado por la acidez comentada y muy digno en su paso por boca. ¡Esperamos poder volver a probar estos vinos cuanto antes!


Por supuesto hubo muchos más pero la lista de ejemplares debe acabar aquí. Volveremos a la carga en unos días con un repaso mucho más exhaustivo de las elaboraciones granadinas.
Que disfrutéis, naturalmente, con los vinos más naturales.

jueves, 21 de mayo de 2009

Ausone sin alas


Aunque tiene nombre de producto de higiene íntimo lo único que tiene en común con el título es que un buen vino de Burdeos no se mueve, no traspasa y lo absorbe todo, todas las sensaciones de cómo hay que entender la cultura del vino.
En esta ocasión nos fuimos de Château(s) y dos fueron los elegidos para degustar sin premuras de tiempo y en la intimidad de los Vadebacus . Dos ejemplares de la orilla derecha de la Dordoña en un año, 1993, que no está calificado de los mejores y por lo tanto bastante asequible a nuestros pobres bolsillos en tiempos de crisis.

Nos centraremos en Château Latour a Pomerol y Chateau Ausone 1º Grand Cru Classé « A » Saint-Emilion. Menos catarlo todo el proceso de selección, compra y envío se realizó a través de la Red de Redes, es decir sin red con salto al vacío pues la única variable era su atractivo precio, menos de la mitad de su valor real en el mercado.


Chateau Latour es un nombre mítico dentro de los apelativos de los mejores Burdeos y sólo pronunciarlo levanta pasiones entre los amantes de los mejores y más exclusivos caldos. El que nos ocupa es un Pomerol de la familia de Jean-Pierre Moueix, patriarca de un imperio vinícola que tiene en su haber la distribución de Petrus en su famoso Quai du Priourat –curioso nombre-, almacén del siglo XIX donde envejecen lentamente las estrellas de su colección a orillas de la Dordoña, una arteria que si se mira al ocaso del día parece transportar mosto a la desembocadura atlántica.

Château Latour a Pomerol 1993 recoge la herencia de Madame Loubat, propietaria de Petrus y fallecida en 1961. En la actualidad regenta esta propiedad situada en los alrededores de Pomerol Village una Fundación creada por la nieta Mme. Lacoste.
No es el mejor ejemplo de un clásico de la zona y aunque no defrauda se queda algo corto en sus expectativas. Aquí la añada sí que juega un papel relevante. Con un 90% de merlot y un 10% de cabernet franc el conjunto no es todo lo armónico que se espera. Clásicas notas de establo que se acompañan por suaves melodías florales con un toque amargo final que recuerda pan de higo.

Y finalmente burla burlando –no estaba previsto- destapamos la joya de la Corona. Un Château Ausone, 1º Grand Cru Classé (A) donde los haya, Saint-Emilion y vecino de la anterior parcela. Este es un clásico fuera de serie y laureado por toda guía que se precie como tal. Un lujo a nuestro alcance, cortesía de Carlos González, que destapó la botella sin mediar palabra.

Fundimos en uno todos los títulos del Barça –aún esperando la Champions-. El fútbol mueve pasiones y la nuestra es por partida doble. Señores ¡qué vinazo! Ahí sí que un sudor de caballo pura sangre se fundía con notas de cuero viejo, frutas maduras con recuerdo de sotobosque y una textura de arcilla que ganaba terreno. Saint-Emilion en estado puro y sabores terciarios que lo dan todo; algo salino con una mezcla de sangre y humo rematan la faena.

Todo hay que decirlo. Hubo algún miembro que rebajó su entusiasmo inicial para finalizar en un ligero desencanto. ¡No es todo lo que yo esperaba! Y es que la añada juega un papel decisivo en estas lides que no escapan a las peculiaridades que determinan las oscilaciones climáticas. Como diría nuestro buen amigo Michael : “Un foto capta el instante de un año cuidando el pago pero puede ser estropeado por un millón de cosas”.

« …Tu ne trempes pas d’eau le vin qu’on te verse, tu aimes un breuvage sans mélange, et tu bois pur le vin pur ».
Épigramme XX du poète Ausone, (c.310 – c.395)

Así reza como divisa la presentación de Château Ausone en su página web. Bajo la batuta del enólogo Michel Rolland se auspicia este clásico Burdeos con una mezcla de cabernet franc al 55% y merlot al 45% en una finca de sólo 7 hectáreas y una media de 50 años de edad, muy cerca de la población medieval de Saint-Emilion.
Ni que decir que del Ausone no quedó ni una gota. Bendito período este.

lunes, 18 de mayo de 2009

Acto de fe


En 1955 el maestro del cine danés C.T. Dreyer nos sobresaltaba con una de esas piezas que, con más de medio siglo a sus espaldas, todavía nos atrapa cuando la visionamos.

Ordet cuenta la historia de una familia, granjeros, dominado el clan por el abuelo Morten Borgen en su granja Borgensgaard. Uno de sus hijos, Mikkel, está casado con Inger y tienen una niña y están esperando descendencia. Otro de los hijos, Anders, anda liado con temas de faldas y está enamorado de la hija de otro clan rival (la religión anda por medio). Es el tercero de los hijos, Johannes, el más inquietante: adopta la apariencia de Jesucristo y siempre lleva la palabra de Dios donde quiera que va. Es el loco de la familia y todos sienten la obligación de cuidar de él en la casa familiar.


Dejando de lado los motivos que hacen de esta una obra maestra del celuloide os desvelo el porqué de la alusión en este espacio web. Johannes escapa de la granja familiar y prevee que algo horrible está a punto de suceder: Inger va a fallecer. Todos andan liados con disputas entre familias y se olvidan de lo realmente importante. La cabezonería hace que cometamos ciertos actos que se vuelven en nuestra contra y todo esto se traduce en la muerte de Inger. Ese día todos están destrozados, Mikkel está roto de dolor, el patriarca Morten es incapaz de asumir todas las circunstancias que lo envuelven y Johannes habla de fe y de resurrección entre tanto dolor. Durante el velatorio Johannes irrumpe en el vacío y triste hogar y solo la hija pequeña de Inger, con su inocencia, demuestra tener esa fe en contraposición a la razón. Le pide a Johannes que obre el milagro e Inger resucita en una de las más eróticas escenas jamás filmadas en brazos de su incrédulo marido.

Hace poco recordé esta película y todo ello fue motivado tras catar uno de esos vinos que uno siempre tiene en su retina pendientes de probar y de emocionar: La Faraona de la bodega berciana Descencientes de J. Palacios, avalada por el mismísimo Álvaro Palacios y regentada junto a su sobrino Ricardo.





Doscientos euros tienen la culpa, a precio de chollo porque las últimas añadas de ese vino rondan los trescientos, pero nos juntamos cuatro almas dispuestas a disfrutar del elixir procedente de esa media hectárea a las afueras del municipio de Corullón.



Valía la pena el desembolso para disfrutar de la máxima expresión de la bodega. Habiendo catado sus otros vinos: Corullones, Pétalos, Las Lamas y hasta un Moncerbal de la misma añada que esta Faraona, la 2003, todo esta dispuesto para el disfrute.



Casi cuatro horas de decantación, picota profundo sin ribete, aromas a fruta madura y un cierto halo barroco inunda la sala. Un recuerdo fugaz nos transportó al Priorat, demasiada compota y un fondo mineral, de grafito, y esa profundidad que podemos encontrar en la cariñena. Acompaña al conjunto notas balsámicas y un leve tostado de la barrica. En boca es de buena entrada pero en conjunto no posee la fuerza de su hermano menor, y de la misma añada, el Moncerbal. Se queda muy atrás y está falto de acidez. El recuerdo es mineral.
Es un buen vino, es innegable, pero nos plantea dudas por lo que tendría que haber sido. Buenas referencias de otros compañeros virtuales, buen precio, una buena bodega que respalda todo el proceso…mi mencía del alma.


No sé que habrá ocurrido ya que la botella no estaba mala pero algo ha fallado. ¿La añada? Aquel Moncerbal 2003 estuvo enorme. El Las Lamas del 2005 recién disfrutado glorioso.
Es entonces cuando cierro los ojos y me olvido de la razón. Me gustaría ser la pequeña hija del clan Borgen, tener acceso a mi particular acto de fe, seguir creyendo en la bodega y pensar que en otra ocasión tenga a mi alcance a la verdadera Faraona de los Palacios. No busco razones, no hago caso a mis sentidos, seguiré confiando, ¿eso es la fe, no?

jueves, 14 de mayo de 2009

Chivite "Colección 125" Reserva 2000, clásico foral.

De cómo los vinos clásicos ganan con su guarda ya somos conscientes, pero la grandeza de ese mérito reside en capear modas, “revoluciones” de gustos homogéneos que luchan en la batalla de la poca identidad, de la guerra del anonimato más pueril e insignificante.
Solo las grandes bodegas, esas casas que hace muchos años que practican el noble arte de hacer vino, pueden plantar cara a las más grandes y nuevas elaboraciones con su verdadera arma de batalla: la grandeza de su estilo y la coherencia de sus elaboraciones.

Bodegas Chivite lleva una pila de años (desde 1647) realizando grandes vinos en la D.O. Navarra, siempre desde una óptica de tradicionalismo y un punto de vista clásico, sin grandes modernidades ni posibles cambios a corto plazo. Si han querido realizar un vino de nuevo cuño, se ha esperado a poder realizarlo con cara y ojos, nada de cambiar la filosofía de su bodega de siempre para banalidades… por eso, a día de hoy, puedo dar bombo y platillo a un gran vino de la casa: Chivite Colección 125 Reserva 2000

Es el resultado de una mayoría de tempranillo y un resto de merlot más cabernet sauvignon (66, 20 y 14% respectivamente), un coupage clásico en la zona que personalmente siempre he encontrado muy adecuado.
Los 18 meses que pasó en una barrica nueva francesa lo dotó de cierta potencia inicial un tanto desbocada, demasiado hercúleo para muchos pero para otros como yo, con latentes condiciones de mejora e integración para un futuro a largo plazo.
Así ha sido, toda la arrogancia que poseía hace 5 años ha sucumbido ante la elegancia y la capacidad de mejora que guarda en sus entrañas.

La visual resulta algo desconcertante, esperaba un color rojo rubí y me encontré un rojo picota, de borde más claro pero de buena capa todavía.
La nariz se mueve camaleónicamente pasando del cacao puro del primer momento a unos tenues y sugerentes aromas de cedro, cueros viejos, té seco y fruta roja madura. Con aire (posiblemente le hubiese venido bien una horita de decantador…) aparece un claro olor de curry acompañado de algo parecido a una arcilla roja, de gran profundidad y mejor recreo.
Como no podía ser de otra forma la boca nos regala una entrada directa, fresca por su pico de acidez (que no nos abandona hasta después de un buen rato) y compleja por el recorrido sin ángulos que nos brinda. Franco, es lo que hay, enseña hasta su último recoveco y se marcha dándote una sabrosa palmada en la espalda que sabe a gloria.
Largo recuerdo de frutas rojas no maduras, tierra removida y claras notas de madera ensamblada.
P: 9,1 POG

No me cabe duda de que he precipitado la apertura de esta botella, visto lo visto debería haberla demorado no menos de 7-8 años más… es lo que hay, el miedo que he cogido últimamente tras descorchar algunos de los “grandes” tintos actuales, y encontrarme verdaderas frutas pasificadas al punto de extremaunción, han causado en mi ser un serio conflicto que poco a poco voy superando gracias a las bondades de los grandes (y practicamente siempre fiables) vinos clásicos.

lunes, 11 de mayo de 2009

Gigondas

El Priorato de Francia.


El Gigondas es una de las seis apellations locales (también llamados crus) de Côtes du Rhône meridionales. El territorio se sitúa al norte del departamento de la Vaucluse, en la Provenza, en las laderas de un pequeño macizo montañoso, les Dentelles de Montmirail, muy reputado por ser centro de interés de escaladores amantes de la roca calcárea. En definitiva un lugar recóndito, que disfruta de una cierta altitud, unos 600-700 metros y usufructuario de un clima extremadamente caluroso en verano pero a la vez riguroso en invierno y de marcada influencia mediterránea. ¿A qué suena toda esta palabrería descriptiva? Yo lo llamo simple y llanamente Priorato francés tanto por sus especiales características geológicas y climáticas como por la estructura de sus vinos y la materia prima empleada que no es otra que la Grenache, es decir la Garnacha. También aparecen otras variedades como el Syrah, la Mourvèdre (Monastrell) y el Cinsault, conocida esta última por nuestras tierras catalanas como Samsó.


En Gigondas , al igual que su ilustre vecino y acaparador de toda la fama Châteauneuf-du-Pape, goza de un distintivo grabado en sus botellas. No se trata de la doble mitra papal como en Châteauneuf sino de un blasón más sencillo con un cuerno de caza en rama de olivo. Muy curioso.
El protagonista es pues un Gigondas que se exhibe orgulloso bajo este apelativo. En un plano inferior vemos que es un Domaine de la Rocaille 2007 producido por la famille Bertrand y embotellado por Pierre Valetin. Muy galo el distinguir entre la producción,elévage et le terroir, y la vinificación, mis en bouteille.


Es un vino potente, donde no se percibe sin embargo su elevada graduación alcohólica, 14,5%vol.,y donde destacan particularmente sus intensos aromas a matorral mediterráneo junto a moras y regaliz. Si lo encasillábamos como un priorato francés al catarlo vemos que se aleja de su pariente hispano. Intervienen, me supongo, factores geológicos. El mineral brilla por su ausencia, la pizarra ha sido sustituida por un suelo arcilloso junto a cantos rodados procedentes del macizo calcáreo donde se levanta. Esto confiere matices más salinos y un aporte de tierra húmeda que se conjugan en un todo potente y concentrado.
Atención porque el mago Parker ha puesto su interés -sólo hay que ver sus puntuaciones- en aquella zona como paradigma del vino que ya muestra todas sus cartas nada más ver la luz del día. Pero, a diferencia de otras muchas áreas, Gigondas, Chateneuf-du-Pape, Côtes du Rhône en general son así(ng); nacen o se hacen y con apenas un par de años de vida se consumen. La Garnacha en este caso se combina con Syrah y Cinsault. Este último otorga unos inconfundibles taninos que tiñen paladar y garganta. Hay que ver como le queda a uno la lengua…
En definitiva, una festiva sorpresa en forma de botella que me ha hecho descubrir diferentes formas de trabajar la Garnacha, siempre en un medio más bien pobre -geológicamente hablando- y en lugares distantes no sólo en quilómetros sino en tradiciones y costumbres. Gigondas bien vale una misa.

N.A.Las dos primeras fotos son extraidas del site de la oficina de turismo de Gigondas, el resto son originales.

jueves, 7 de mayo de 2009

Heretat Mont-Rubí



La bodega Heretat Mont-Rubí está situada en el término municipal de Font Rubí, en el Alt Penedés. Desde hace 25 años, en sus orígenes, decidieron apostar por variedades autóctonas como la sumoll o la samsó, así como potenciar algunas propias de la zona como la xarel·lo o la parellada. El impulsor del proyecto es su enólogo, Josep Queralt, profundo conocedor de los terrenos donde se situa la bodega, ya que creció allí. Situada en la Finca L’Avellà está formada por más de 300Ha. con viñas propias.


Actualmente producen tres vinos: Durona, Gaintus y Advent, todos ellos de producción limitada y con personalidad propia, como tuvimos ocasión de comprobar en Vadebacus, gracias a la amabilidad de la bodega al facilitarnos los vinos. Lamentablemente el Durona, coupage de cinco variedades: sumoll, cariñena, garnacha, syrah y merlot y con una producción limitada a unas 18000 botellas salió con TCA y nos quedamos con las ganas de catarlo, más aún cuando probamos los otros dos vinos, de calidad indiscutible.


El Gaintus fue el primer monovarietal de sumoll, variedad autóctona y con menos de 100 Ha. en todo el mundo. Las cepas superan los 50 años de antigüedad. Después de una vendimia manual se procede al encubado y a la posterior crianza en barricas de roble francés de 300 litros durante 14 meses. El resultado no ha sido clarificado ni filtrado. Nuestra botella es de la añada 2004.


Su color es picota de capa medioalta. En nariz notas a menta y a caramelo. Recuedos a bosque de encina, resulta herbáceo y con un fondo a carne cruda y freca. En boca es sedoso y equilibrado, con buena acidez, redondo en boca. Taninos algo dulces y pulidos. Retronasal a grosella confitada.
Un vino que nos encantó, muy personal y con carácter y presencia. Muy rico y recomendable.

El Advent es una rareza. Es un vino blanco dulce con un 77% de xarel·lo y un 23% de parellada. Es un blanco sobremadurado y con una producción de algo más de 1000 medias botellas y con una graduación de unos 15% vol. Los viñedos están situados a unos 500 m. de altitud y superan los 45 años de antigüedad. Sólo se vendimian los racimos con óptima madurez fenólica y son seleccionados antes de su colgado. Los racimos se deshidratan en un viejo pajar de manera natural durante 45 días sufriendo la conocida botrytis. Una vez pasificados se extrae el mosto y se realiza la fermentación en 2 barricas de roble francés durante 11 meses con sus lías en esta añada 2006.



Su color es dorado ambarino. En nariz aparece muy claramente el recuerdo a pegamento, a miel y a flores blancas. También a pepita de girasol y un toque de yema quemada. En boca es glicérico y de buen paso, muy equilibrado, con recuerdos a miel por retronasal y con un amargor final que le da personalidad.
Desconocemos su precio pero nos parece un gran vino, muy recomendable y un gran exponente de los dulces del territorio nacional.

Quisiéramos recomendar la visita virtual por la web de la bodega, donde aparecen algunos videos de introducción a la bodega y a sus vinos. Merece la pena la visita a su renovada web.
Desde aquí dar las gracias a la bodega por descubrirnos unos vinos con alma, con personalidad y con ánimo diferenciador en este mundo tan globalizado.

lunes, 4 de mayo de 2009

Barbadillo, ¡a la saca!

Como cada año por la estación gélida, Barbadillo y sus soleras nos presentan una edición más de su ya corriente Saca de Invierno.

Por lo que puedo leer por ahí, parece ser que la solera no es demasiado antigua, 8 años hace que se elabora con ella en las instalaciones gaditanas, procediendo a diferentes sacas dependiendo de la necesidad y el criterio de la empresa. Eso sí, siempre embotellada en rama, directa de la bota a la botella.
Tan sólo un ligero filtrado con clara de huevo y a esperar que sea consumida en la misma estación en la que se embotelló, para que conserve todas sus peculiaridades y no se vea afectada por una oxidación de la cual ha estado protegida durante tanto tiempo gracias a su velo flor. Este último, condicionado por los aires marinos de Sanlúcar de Barrameda, creado por y para darle un toque organoléptico especial a todo fino que en la localidad se fecunda (y no es baladí, tan fuerte es su aporte y carácter diferenciador que incluso se han librado batallas legales para que se respete su nombre: manzanilla contra fino).


Otra curiosa particularidad de esta manzanilla es la vinculación con su ecosistema, la Reserva de Doñana, a la cual se destinan todos los beneficios de su venta. Incluso, para más inri, en cada nueva etiqueta aparece una de las especies animales que en el parque natural conviven (en esta ocasión le toca al cuervo marino, el cormorán)

Como esta es la primera saca de invierno de Barbadillo a la cual he podido echarle el guante, carece mi comentario de comparición con anteriores extracciones, las cuales se dice varían substancialmente dependiendo de la época del año en que se efectúan (se realizan en primavera, verano, otoño e invierno).
No así, siempre nos quedará el cotejo con las selecciones de nuestro equipo favorito en lo que se refiere a selección y descubrimiento de tesoros dentro del Marco de jerez.

De turbio (pese a su intento de limpieza con la comentada clara de huevo, algo de velo ha pasado la criba…) color amarillo pálido, con buenos rastros de glicerina.
Nariz marina, con severos toques de almendra tostada, cáscara de cítrico y la típica punzada final (e inicial) de algas arrastradas a la playa.
Lógicamente seca en boca, de excitante entrada y buen recorrido, deja una sensación de opulencia en el centro del paladar para abandonarnos con un final algo tajante. Delicada en su etéreo y concluyente despido.
Retro de media intensidad, ligeramente amargo, salino y con buena presencia de cáscara de fruto seco, reproduciendo de nuevo las sensaciones de la nariz.
Puntuación: 8,8POG

Si entramos en el tema de acompañamientos sólidos para la susodicha, yo tengo dos apuestas muy serias: la primera, consensuada por bastantes personas, es con calçots (esa cebolla “catalana” asada que se toma con una salsa llamada romesco…), la segunda, con unas ricas empanadillas realizadas con mimo y arte por la santa esposa e hija del que escribe (adjunto foto por lo de redondear la faena).