jueves, 17 de diciembre de 2009

Odysseus, el Priorat se viste de blanco (y II)

Crece en mi interior, visto lo visto, un ansia de volver a creer en las elaboraciones blancas del país (lo siento, cada vez soy más racista en cuanto a esto del color del vino) y me decido, tras unos pocos y sugerentes comentarios, por otro vino de la bodega anteriormente citada, a dar un paso más allá: maridar un vino original con un plato complicado.

Después de desestimar varias opciones que a la postre hubiesen sido mejor entendidas, me decidí a echar mano de unas conservas que en mi última estancia por tierras manchegas pasaron a engrosar las tablas de mi (cada vez más) maltrecha despensa. Se trataba esta vez de pequeñas codornices en escabeche.


Por suerte o desgracia, el haber tenido un padre cazador me ha permitido disponer de las más tiernas y frescas codornices que pocos pueden imaginar: mi niñez corrió repartida entre codornices y tórtolas rustidas por mi madre (con esos antecedentes mi ojo crítico en el tema es, cuanto menos, “pejiguero”).
Gallináceas éllas, dispuestas por defecto a volar desde la lejana África hasta nuestros dominios las menos veces o, las más, de granjas perfectamente dotadas para su procreación y factura.

Como no quiero desviarme demasiado del tema que nos concierne presento el vino seleccionado para tal elaboración: Odysseus Pedro Ximénez 2008, un vino de una zona (Priorat) y una variedad de uva (Pedro Ximénez, PX para los amigos) que pocos están acostumbrados a relacionar entre sí.
Parece ser que la presencia de la PX en Priorat, cada vez más, roza lo testimonial. Variedad mundialmente conocida por sus vinos extremadamente dulces del sur de España y pocas veces elaborada en seco, como es el caso de la que nos concierne.
Los de Odysseus compran la uva a un viticultor de Poboleda, eso si, siempre bajo la supervisión y consejo de los bodegueros (Joseph Puig y su hija Silvia) para poder hacer con ella este claro ejemplo de vino con sello personal.
La metodología aplicada es sencilla, muy primaria y, para lo hoy en día se contempla por ahí, casi insignificante. Ni por asomo la madera se hace partícipe de la elaboración, únicamente una corta maceración prefermentativa (en acero inoxidable) antes de que el vino pase a fermentar. Punto pelota.

Bien, llegado el momento de poner frente a frente al vino y la comida no fueron pocas las sorpresas que me sucumbieron, nunca me había pasado que un vino fuese mejor justo al momento de empezar a beberlo que cuando estaba finiquitando la botella.

En la primera copa, en el primer acercamiento a mi apéndice nasal, pude apreciar la tenue fragancia de una variedad casi neutra, con un aroma propio, algo apagado pero muy personal: ligeramente cítrico y frutoso en su justa medida. La pizarra se enaltecía por detrás mostrando ese toque picante y casi especiado que recordaba del anterior Garnacha Blanca.
La boca mostró hábilmente lo que me esperaba de él, un vino prácticamente seco y con una acidez constante que desembocaba en una final “al punto” de amargo, de franco recorrido, sin opulencias ni gruesos añadidos. Bastante bien en general.
Sorpresa cuando, conforme avanzaba la oxidación del vino en copa y en botella, la nariz se tornó mucho más frutal, con esa fruta tan común en la mayoría de los vinos que suelo denostar y que, lejos de provocarme curiosidad o atracción, me hacía dudar en cuanto a lo anteriormente asimilado. La boca siguió el mismo camino, incluso llegó a perder ese toque amargo que tan personal e indígena hizo al vino.
Veo por ahí, al respecto de otras añadas, se argumenta un tenue dulzor en boca, algo de azúcar residual que lo hace sugestivo. No así en esta ocasión, parece que lo que para otros es un comedido abocamiento sensorial, para mí ha resultado ser un afrutado monocromático, algo demasiado estándar y poco atractivo.

No cabe pensar que el vinagre de las codornices (muy comedido por cierto, una marca de conserva a tener muy en cuenta…) neutralizó y/o provocó ese cambio en mis percepciones pues, la media botella que sobró del almuerzo pasó por vicaría 6 horas más tarde con un simple pescado a la plancha y, las sensaciones, fueron igual de decepcionantes si las comparamos con las iniciales.
Como siempre digo una única botella no hace muestra, esperemos otras opiniones y concedámosle el beneplácito de la duda… eso sí, los 16€ que pagué por ella siguen pesando en mi conciencia.

4 comentarios:

Adictos a la Lujuria dijo...

Espero que algún día me convenzan de lo contrario pero por lo experimentado hasta ahora tanto con vinos que están en el mercado como en barricas y muestras de pruebas decidí hace unos meses rendirme y no intentar buscar más varietales de Pedro Ximenez en la DOQ, y eso que hay copages más que interesantes.

Saludos

Oscar Gallifa dijo...

Yo he aprendido, David, que la Pedro Ximenez es mejor en su dulce forma que no en otros ejemplos fuera de su consolidada apariencia...

Lo dicho anteriormente, la PX mejor del sur de España y, la garnacha blanca, del sur de mi amada cataluña.

Saludos

OG

Smiorgan dijo...

Has de reconocer que se lo has puesto complicado a ese vino, habérselas con un escabeche.
Por mi parte creo que nunca he probado un PX que no sea dulce.
Sabiendo lo de tus blancas tendencias vinícolas, te comento que pasarán por mi mesa en estas fiestas un chablis, un albariño (o más de uno, teniendo en cuenta que fin de año lo pasaré en Arousa) y un chardonnay fermentado en barrica navarro.
Ya contaré que tal.
Saludos.

Oscar Gallifa dijo...

Smiorgan,

Algo de razón llevas... un escabeche es complicado de tramitar. Por eso dejé una porción para más tarde, para cuando la boca ya había aceptado los niveles de acético: entonces tampoco me dijo nada especial.

Ya darás informes claros y concisos de esos vinos que citas, espero que el Chablis te de "faena" :-))


Un cordial saludo

OG