lunes, 31 de agosto de 2009

Muerte a destiempo


La vida es dura, de eso no cabe duda, y si a eso añadimos la (peligrosa) combinación de prisa y ganas de saber, es como si nos transformásemos en devoradores de grado superior.
En el mundo del vino está demostrado que el placer inmediato es complicado de obtener: pocas veces se consigue encontrar un vino que esté en su cenit, en la cúspide de su evolución positiva. No obstante, no creáis que pienso únicamente en echar la culpa a las bodegas por su actual forma de trabajar (ellas, normalmente, se deben a la ganancia económica, no a la satisfacción del paladar del que escribe…), más bien me gustaría dar un toque de atención a los que bebemos los vinos en un momento inapropiado de su vida.

La lógica y nuestro gusto particular manda en la mayoría de ocasiones. Por ejemplo, ¿quién tiene la osadía de beber un Oporto Vintage en su primer año de comercialización...? El que lo haga se pierde demasiadas cosas buenas a cambio de una frutalidad abrumadora, que no equivale al disfrute que nos proporcionará el mismo vino con 20 años encima. O qué decir de los aromas de anchoa o salinos que nos brindan los Ribera del Duero cuando alcanzan su madurez, muy lejos de poseerlos cuando salen al mercado y se emancipan de los brazos del tendero.

Desde la óptica que me confiere el saber que cuanto más vino bebo menos sé al respecto, me gusta confrontar opiniones y comparar las diferentes elaboraciones -que a ello se prestan- para saber cómo y cuando una botella determinada puede llegar a darnos lo mejor de sí. Ardua tarea que lejos de ser agradecida resulta, la mayoría de las ocasiones, un tanto frustrante por la cantidad de veces que la mente de uno piensa “este vino con 5 años más hubiese sido la bomba”, cuando resulta que tenemos delante la última botella de nuestra bodega de una determinada marca, zona, añada… ¡tierra trágame!.

Con motivo de una celebración (se celebraba el no cumpleaños de alguien, no preguntéis más…) se pusieron encima de la mesa multitud de botellas, de muchas zonas, de diversas añadas y diferentes franjas de precio: la comparación y la alegría estaban servidas.
De todas ellas me quedé con dos en mi mente y aquí las presento en sociedad. Una de ellas, Château Olivier 2002, un Grand Cru Classé de Graves (Pessac-Léognan-Burdeos) que nos hizo descubrir lo que los desconocidos blancos del atlántico francés son capaces de proporcionar. La otra botella en cuestión fue bien diferente, tanto por concepto como por zona, Château de la Tour Clos Vougeot 2005 Grand Cru, borgoñón de pura cepa pinot noir ¡toma ya!



A los hechos me remito para mostrar las dos caras de una misma moneda, dos vinos que sirvieron para poder evaluar las virtudes y carencias de los dos extremos de la guarda de un vino, la redondez y afinamiento del blanco frente a la excelsa juventud y brío del tinto.

Château Olivier 2002 es un vino favorecido por los 7 años de vida que cuenta. Con una elaboración clásica en la zona, posee ciertas cualidades que vienen reconocidas por su componente varietal más que por su realización. Tres son las uvas que forman su esqueleto, sauvignon blanc para darle frutosidad y nerviosismo, sémillon para realzar sus cualidades de guarda con un plus de elegancia y un pequeño porcentaje de moscatel para afinar el perfume de su nariz. Los 12 meses de crianza en roble no hacen más que redondear la faena y proporcionar al vino resultante un poder lógico de prosperidad positiva con el tiempo en vidrio.
Los cánones marcados hacia los vinos de la zona dicen, generalizando quizá más de la cuenta, que en las añadas normales su ventana de consumo anda entre los 2 y los 6 años a partir de su cosecha y, en las buenas añadas (como esta 2002 que nos incumbe), no menos de dos décadas.

De color amarillo dorado ya marca su edad desde el principio aunque la verdadera profundidad del vino está por llegar. La nariz tiene tanta evolución que es una pena tener prisa y no disfrutarla. Mucha fruta blanca al punto de madurez acompañada de registros tropicales de piña madura muy comedidos, mineral y algo de botica cerrada (¿o era pipí de gato?) se hacen eco rápidamente. La boca es seca con un recorrido algo estridente al principio, reconfortablemente calmado llegando a ser de gran complejidad cuando las papilas empiezan a trabajar. Mucha acidez al final del trago, dotado éste de majestuosa elegancia y una fresca sensación que, junto a un retro especiado y mineral (piedras de río, bolos), dan una imagen bellísima del conjunto.
Un vino en su punto, para beber o guardar unos años todavía, que el gusto personal de cada uno decida que hacer pues ambas opciones son buenas.

La otra cara de la moneda fue el Château de la Tour Clos Vougeot 2005, ejemplo de poderío y raza. Muchos ya sabéis de qué pie calza el citado pago, para los que no lo tengáis registrado decir que son 51 hectáreas calificadas como Gran Cru que pertenecen a 70 propietarios, repartido en parcelas de mayor y menor tamaño donde el productor que nos interesa es, con sus 5 hectáreas, el que más tierras posee dentro de él (lo que no quiere decir que sean las mejores…).
Como antes comentábamos prácticamente todo el vino del país vecino se mide por la calidad de su cosecha -esta 2005 en Borgoña está siendo de lo mejor de la década- siendo el dato de suma importancia para saber, nunca a ciencia cierta, si mejorará con el tiempo o no.
En esta ocasión se cometió el mayor infanticidio que recuerdo de toda mi vida enófila pues, sólo con acercar la copa a la nariz, se transparentaba la necesidad de integración. La madera tostadita, nueva por defecto y en una dosis cercana a los 20 meses estaba demasiado presente, nunca sobresaliendo pero sí de vital acompañante, como una espada de Damocles que pende encima de su mollera.


El color es profundo, un rojo subido de tono que esconde el ribete por su juventud palpable. Nariz donde predomina la madera -vital para un vino así- marcando un territorio que pronto no tendrá más remedio que ceder a la complejidad aromática frutal y abrumadora que viene en el plano siguiente: las frutas rojas maduras, la mora y un susurro de trufa mezclado con menta.
La parte que más seduce de este vino es su boca, es la pieza del puzzle que finiquita nuestra intriga con él. En los labios se adivina muy fino, redondo y con un tacto que hechiza, pura seda que no hace más que crecer y crecer con la temperatura en la cavidad… sabroso, denso y tan afinado como su aporte tánico le permite. Largo, muy largo, deja su impronta apoyada en una acidez que desvela toda duda sobre su materia prima.
Retro especiado con marcada influencia de su tierra (la arcilla se mastica) y un poder estructural que da miedo. A recatar en no menos de 10 años.

Todos los allí presentes coincidimos en dos aspectos. El primero es que el blanco, pese a tener cuerda todavía, se presentó muy tomable y capaz de demostrar todo su temple. El segundo, la atrocidad cometida con el tinto. Pudiendo ser un vino de los que marcan un antes y un después en la vida del que los toma, pasó levitando por delante de nuestros órganos sensoriales, susurrándonos al oído todo lo que nos podría haber ofrecido en el futuro si nos hubiésemos armado de paciencia con él.

Si bien, amigos míos, una cosa es muy cierta… ¡que nos quiten lo bailado!

4 comentarios:

Olaf dijo...

Es que somos unos impacientes!! De todas formas no por ser Borgoña y GC tiene que ser un gran vino y ser garantía que va a integrar la madera. También en Borgoña hay tablones y también hay GC olvidables. Especialmente en un GC tan grande como Clos de Vougeot, salen todo tipo de vinos, no todos necesariamente buenos. No he probado ese vino en concreto, pero leyendo lo que dices, no casi no dejas lugar a la duda ¿Realmente crees que es solo cosa de falta de botella?
Saludos

Olaf

Oscar Gallifa dijo...

Cierto es, Olaf, que en muchos sitios cuecen habas... no por ser un borgoña o un Vougeot debe ser buen vino.
Pasa que, como bien habrás leido, existen una buena pila de propietarios (muchos de ellos posiblemente ni trabajan la viña, más bien son poseedores de un territorio "seleccionado" del cual sacan buena tajada) de los cuales me faltan muchos por probar para empezar a diferenciarlos y poder, unicamente así, catalogarlos por nivel de calidad dentro del pago.
Este en particular era bien bonito, un vino que muestra su territorio y que se deja querer y que, por lo que a mi opinión merece, sí, algún día estará mucho más integrado y la madera no será tan evidente, entre otras cosas por la fuerza frutal que se atisba en la actualidad detrás de élla .

Saludos.

OG

SIBARITASTUR dijo...

tema peliguado el de la guarda. No solo por como trabajan las bodegas, cosa que se podría hablar mucho sino tambien, como narices vamos a querer tener una bodega como nos gustaría con tan poco espacio (a tenor de lo que nos gustaria guardar) que un simple armario de 200 botellas(quien pueda permitírselo), es imposible, guardar, conservar y el consumo inmediato en tan poco espacio.
Y otra cosa es como saber sin abrir, que botellas son de guarda y cuales no.
Buff, todo sería un largo debate

Oscar Gallifa dijo...

Ahí está el gran problema Sibaritas, ¿como diantre hacemos para saber cuando un vino está para darle sacacorchos? Yo lo que hago en esos casos es intentar ver reseñas de otras personas que lo han tomado, cotejarlas con mis impresiones y, sobretodo, con mis gustos (que tienden hacia vinos entrados en años, sin opulencias y con más acidez que grosores).

En todo caso y si es posible, tanto por espacio como por economía, es comprar un mínimo de 3 botellas e ir abriéndolas según la impresión de la última catada. Quien pudiera!

Saludos

OG