lunes, 29 de junio de 2009

Cinco más cinco


El resultado de la operación que da título a esta entrada no es diez. Sirva este ejemplo para demostrar que en el mundo tan denostado de las matemáticas todo tiene cabida, que el mundo no es cuadriculado y cartesiano, que el resultado de una simple operación puede ir más allá y que, a veces, son necesarias muchas palabras y no tantas imágenes para encontrar la respuesta.

Cinco de los que formamos Vadebacus, los cinco que quedamos con mayor asiduidad, nos encontramos por enésima vez para tomar unos vinos, disfrutar de una velada y regocijarnos en nuestra enorme suerte, la de formar parte de los privilegiados. Porque si algo resume nuestra posición es eso: el privilegio que nos otorga el poder disfrutar en buena sintonía, unas veces en casa de uno y otras en la de otro cualquiera, de unos cuantos vinos de categoría, evocadores, perfectos para el momento.

Es tan cierto que hay vinos de mayor prestigio como que los que elegimos para el momento fueron los idóneos. La excusa es encontrarnos y abrir casi por inercia y sin premeditación unas cuantas botellas, en esta ocasión fueron cinco.

Uno: Krug Grande Cuvée Brut. Un champagne de la zona de Reïms, una bodega de gran prestigio, una de las grandes. Krug fue fundada en 1843 y este champagne básico no es de añada, es decir que no se compone de uvas de un mismo año. En su composición varietal se adivinan las tres uvas que son: pinot noir, pinot menieur y chardonnay y son mezclados alrededor de 50 vinos con sus tres variedades hasta llegar al coupage deseado. Se utilizan mostos de entre seis y diez años diferentes.

Tiene color dorado algo subido. Afloran aromas de levaduras, como a la malta que compone la cerveza y resulta salino, cítrico y con mayor temperatura aparecen flores blancas, manzana y palodul, así como humo y anisados. En boca resulta cítrico y el carbónico está muy bien integrado. La acidez está presente desde el principio aunque asciende a medida que va recorriendo hacia el final de boca. Aparecen aromas a frutos secos y una amargor final que suavemente te invita a un nuevo disfrute. Maravilloso.


Dos: Viña Tondonia Reserva Blanco 1989. Este vino blanco de viura y malvasía, que pasó por barrica durante la friolera de 6 años, es un ejemplo de buena elaboración de la riojana López de Heredia. Lo mejor de todo es que podemos disfrutar de él sin tener que pedir un préstamo en estos tiempos de crisis.

Color de miel, untuoso en su aspecto. Aromas a cera de abeja, mantequilla rancia y a orejones. Aparecen toques que vienen dados por la madera, una madera muy diferente a la que se suele utilizar hoy en día en casi todas las bodegas. Barnices, te verde, tabaco, mandarina china. Boca a melocotón en almíbar, untuosa y glicérica. El final es herbáceo y extremadamente seco. Quién pillara unas cuantas botellas...


Tres: Airola 2001, de Bodegas y Viñedos Castro Ventosa. Es un vino que se nos presentó a ciegas y fue una auténtica sorpresa, nos recordó a un buen alsaciano de los probados hace unos meses, uno de los ricos también hecho con la variedad gewürztraminer. Pertenece a la denominación Vinos de la Tierra de Castilla y León aún siendo de Valtuille de Abajo, ya que el Bierzo no aceptaba a la gewürz dentro de sus variedades permitidas.

Su color es dorado subido. Aparecen notas de piedra mojada, mandarina y rosas por encima de todo. Resulta herbáceo y aparecen recuerdos de maría luisa. En boca surgen flores blancas, de buen recorrido y presencia mineral. Un final herbáceo y algo amargo nos sugiere de forma incontestable la variedad que lo compone. Sorpresa muy agradable después de sus ocho años de vida.



Cuatro: el único tinto, Alión 2005, un Ribera del Duero con tipicidad, se presenta y hace acto de presencia de manera incontestable. Las hechuras de la bodega madre presentan sus credenciales, es innegable su procedencia, una botella abierta hace pocos meses y de la cosecha 2003 nos dejó algo intranquilos. Una vez catado este 2005 nos inclinamos a pensar que aquel 2003 resultó una botella rara, para nada representativa de lo que es el vino.

En esta ocasión el vino tiene una capa alta, picota subido, casi negro. En nariz aromas lácteos, como a queso manchego, lata de anchoas y una madera bien integrada. Florales de violetas, arcilla y un recuerdo balsámico y de cacao que se acentúa en boca, donde resulta potente y la fruta hace acto de presencia poniendo de manifiesto su excelente materia prima. Final largo donde el mineral (tinta china) y el caramelo de café con leche nos dejan buenas y bonitas sensaciones.

Cinco: Barzen Eiswein 2004. El colofón perfecto para una gran noche, nuestra querida uva alemana, la riesling, de nuestro querido amigo Alex Barzen. Nos gusta repetirnos, en este caso, porque el vino es fabuloso, nos parece increíble que semejante perla haya caído en nuestras manos. Como siempre destaca su brutal acidez compensada con la fruta y el azúcar residual existente. Parece que no pase el tiempo para él, es adictivo, resulta milagroso. Qué satisfacción el disponer de unas pocas botellas en nuestras bodegas! ¿Qué haremos cuando se acabe?

Así acabó la noche, entre risas también, como es normal. Y el calor del verano…

Cinco más cinco


El resultado de la operación que da título a esta entrada no es diez. Sirva este ejemplo para demostrar que en el mundo tan denostado de las matemáticas todo tiene cabida, que el mundo no es cuadriculado y cartesiano, que el resultado de una simple operación puede ir más allá y que, a veces, son necesarias muchas palabras y no tantas imágenes para encontrar la respuesta.

Cinco de los que formamos Vadebacus, los cinco que quedamos con mayor asiduidad, nos encontramos por enésima vez para tomar unos vinos, disfrutar de una velada y regocijarnos en nuestra enorme suerte, la de formar parte de los privilegiados. Porque si algo resume nuestra posición es eso: el privilegio que nos otorga el poder disfrutar en buena sintonía, unas veces en casa de uno y otras en la de otro cualquiera, de unos cuantos vinos de categoría, evocadores, perfectos para el momento.

Es tan cierto que hay vinos de mayor prestigio como que los que elegimos para el momento fueron los idóneos. La excusa es encontrarnos y abrir casi por inercia y sin premeditación unas cuantas botellas, en esta ocasión fueron cinco.

Uno: Krug Grande Cuvée Brut. Un champagne de la zona de Reïms, una bodega de gran prestigio, una de las grandes. Krug fue fundada en 1843 y este champagne básico no es de añada, es decir que no se compone de uvas de un mismo año. En su composición varietal se adivinan las tres uvas que son: pinot noir, pinot menieur y chardonnay y son mezclados alrededor de 50 vinos con sus tres variedades hasta llegar al coupage deseado. Se utilizan mostos de entre seis y diez años diferentes.

Tiene color dorado algo subido. Afloran aromas de levaduras, como a la malta que compone la cerveza y resulta salino, cítrico y con mayor temperatura aparecen flores blancas, manzana y palodul, así como humo y anisados. En boca resulta cítrico y el carbónico está muy bien integrado. La acidez está presente desde el principio aunque asciende a medida que va recorriendo hacia el final de boca. Aparecen aromas a frutos secos y una amargor final que suavemente te invita a un nuevo disfrute. Maravilloso.


Dos: Viña Tondonia Reserva Blanco 1989. Este vino blanco de viura y malvasía, que pasó por barrica durante la friolera de 6 años, es un ejemplo de buena elaboración de la riojana López de Heredia. Lo mejor de todo es que podemos disfrutar de él sin tener que pedir un préstamo en estos tiempos de crisis.

Color de miel, untuoso en su aspecto. Aromas a cera de abeja, mantequilla rancia y a orejones. Aparecen toques que vienen dados por la madera, una madera muy diferente a la que se suele utilizar hoy en día en casi todas las bodegas. Barnices, te verde, tabaco, mandarina china. Boca a melocotón en almíbar, untuosa y glicérica. El final es herbáceo y extremadamente seco. Quién pillara unas cuantas botellas...


Tres: Airola 2001, de Bodegas y Viñedos Castro Ventosa. Es un vino que se nos presentó a ciegas y fue una auténtica sorpresa, nos recordó a un buen alsaciano de los probados hace unos meses, uno de los ricos también hecho con la variedad gewürztraminer. Pertenece a la denominación Vinos de la Tierra de Castilla y León aún siendo de Valtuille de Abajo, ya que el Bierzo no aceptaba a la gewürz dentro de sus variedades permitidas.

Su color es dorado subido. Aparecen notas de piedra mojada, mandarina y rosas por encima de todo. Resulta herbáceo y aparecen recuerdos de maría luisa. En boca surgen flores blancas, de buen recorrido y presencia mineral. Un final herbáceo y algo amargo nos sugiere de forma incontestable la variedad que lo compone. Sorpresa muy agradable después de sus ocho años de vida.



Cuatro: el único tinto, Alión 2005, un Ribera del Duero con tipicidad, se presenta y hace acto de presencia de manera incontestable. Las hechuras de la bodega madre presentan sus credenciales, es innegable su procedencia, una botella abierta hace pocos meses y de la cosecha 2003 nos dejó algo intranquilos. Una vez catado este 2005 nos inclinamos a pensar que aquel 2003 resultó una botella rara, para nada representativa de lo que es el vino.

En esta ocasión el vino tiene una capa alta, picota subido, casi negro. En nariz aromas lácteos, como a queso manchego, lata de anchoas y una madera bien integrada. Florales de violetas, arcilla y un recuerdo balsámico y de cacao que se acentúa en boca, donde resulta potente y la fruta hace acto de presencia poniendo de manifiesto su excelente materia prima. Final largo donde el mineral (tinta china) y el caramelo de café con leche nos dejan buenas y bonitas sensaciones.

Cinco: Barzen Eiswein 2004. El colofón perfecto para una gran noche, nuestra querida uva alemana, la riesling, de nuestro querido amigo Alex Barzen. Nos gusta repetirnos, en este caso, porque el vino es fabuloso, nos parece increíble que semejante perla haya caído en nuestras manos. Como siempre destaca su brutal acidez compensada con la fruta y el azúcar residual existente. Parece que no pase el tiempo para él, es adictivo, resulta milagroso. Qué satisfacción el disponer de unas pocas botellas en nuestras bodegas! ¿Qué haremos cuando se acabe?

Así acabó la noche, entre risas también, como es normal. Y el calor del verano…

jueves, 25 de junio de 2009

Don Mauro ¿más madera...?


No sin razón se oyen voces en el mundillo que critican el uso (y abuso) de la madera en los vinos actuales. Parece ser que Mr. Parker con su poder mediático dicta cómo debe ser un vino para alcanzar las cotas más altas de puntuación: la utilización de la madera se ha disparado con su opinión a favor del añadido de aromas y estructura a cualquier materia prima líquida que se tercie.

Si añadimos que cada madera puede ser de un lugar u otro de procedencia, que su nivel de tostado puede pasar del más ligero al más amargo y quemado o que, según la capacidad de la propia barrica el aporte de esta variará, tenemos una ecuación que difícilmente seremos capaces de resolver salvo si somos enólogos o estamos muy dados en la materia. Yo no soy una cosa ni otra, pero si sé qué tipo de sensaciones ambiciono en un vino y no son, casualmente, las que me ofrece un vino colmado de taninos procedentes de la madera o unos aromas avainillados que restan cualquier gracia frutal (tampoco me valen sobre maduraciones exageradas para intentar mitigar esa carga de madera o de su carbonizado interior).

Los que me conocen ya saben que no comulgo con esos gustos, pero entiendo que la madera es positiva para muchos vinos, eso sí, en su justa medida.
¿Necesita entonces la misma cantidad de madera un vino que otro...? Lógicamente no.
Cuantas veces vemos blancos que han pasado por la barrica meses y meses, dejando así sus virtudes (si es que las tenían…) a la altura del betún ya que, por desgracia, sólo es evidente el tortazo de madera que se le ha añadido. Un tinto procedente de unas viejas viñas de Toro no puede requerir la misma cantidad de madera que uno elaborado para su venta a granel en La Mancha.
Otra cosa es que algún avispado productor de vinos insulsos aproveche el tirón y la “gracia” de la madera nueva (llámese madera en la mayoría de estos casos a las virutas, chips o cualquier otra forma de presentación) para dotar a su líquido de una pronta opulencia y una falsa sensación de calidad. Como siempre, pagan justos por pecadores pues restan credibilidad a los que realmente están necesitados de ese aporte para calmar el fulgor de su vino.


Todo este rollo viene a cuento de uno de los vinos tintos que más me ha llamado la atención últimamente: Mauro Vendimia Seleccionada 2002
Curiosamente tengo una mínima experiencia con la marca y me parece digno de reseñar la diferencia de trabajo con la madera que aporta la bodega de Tudela de Duero a los tres vinos de la casa. Tanto el primer vino como el tope de gama (Mauro y Terreus respectivamente) me parecen muy pasados de madera, faltos de identidad por la opacidad que deja ese aporte en ellos. En cambio, el susodicho VS me parece mucho más acorde con su filosofía y necesidades en ese aspecto.

Mauro VS está realizado por Mariano García (ex de Vega Sicilia, con 30 años acumulados en la gran casa) que, desde sus inicios en 1994, ha seguido el concepto vino de guarda con él.
Su elaboración es muy cuidada: tempranillo de viñas de 25-30 años de edad, levaduras naturales que se consiguen con un pie de cuba elaborado anteriormente, una primera crianza de 12 a 18 meses en roble nuevo francés y el resto, dependiendo según las necesidades de cada añada, en madera americana usada.
Es innegable que la dosis aplicada de madera en este 2002 es alta, 32 meses no dejan indiferente a nadie y menos a un vino pero, asombrosamente, la fruta guarda una capacidad de mimetización en sus primeros años que no hace más que explotar abundantemente cuando pasa su primer lustro de vida. Pocos vinos pueden jactarse de esa particularidad, el poder de la fruta y el suelo por encima de los añadidos.
Particularmente la añada 2002 se vio beneficiada por el aporte de uvas de Terreus que en ese año se desestimo su elaboración, con lo que la base para una buena cata estaba más que presentada.

Impacta su color oscuro, casi negro opaco y con un fino ribete que apenas se hace perceptible. La nariz se muestra intensa, con aromas definidos y reciamente elegantes. Fruta negra madura, especias, tierra con arcilla y una madera en pleno proceso de recesión, temblando ante tanta contundencia vínica.
El primer sorbo impacta por sus tremendos y sabrosos taninos, se estancan en las paredes bucales hasta que se les obliga a pasar… posee una densidad ajustada a su acidez creando un conjunto sobrado de elegancia y estructura.
Extraordinario final achocolatado y claras tendencias de su suelo. Vino multidimensional, tocado por la gracia del elaborador.

Puntuación: 9,3 POG

Dejadme añadir que el destino y la casualidad han decidido que esta entrada sea la número 250 en la vida de este humilde blog de vinos. Si los lectores disfrutáis con nuestros escritos una décima parte de lo que lo hacemos nosotros escribiéndolos ¡nos damos por pagados con creces!

Salud y vinos para disfrutarla.

Don Mauro ¿más madera...?


No sin razón se oyen voces en el mundillo que critican el uso (y abuso) de la madera en los vinos actuales. Parece ser que Mr. Parker con su poder mediático dicta cómo debe ser un vino para alcanzar las cotas más altas de puntuación: la utilización de la madera se ha disparado con su opinión a favor del añadido de aromas y estructura a cualquier materia prima líquida que se tercie.

Si añadimos que cada madera puede ser de un lugar u otro de procedencia, que su nivel de tostado puede pasar del más ligero al más amargo y quemado o que, según la capacidad de la propia barrica el aporte de esta variará, tenemos una ecuación que difícilmente seremos capaces de resolver salvo si somos enólogos o estamos muy dados en la materia. Yo no soy una cosa ni otra, pero si sé qué tipo de sensaciones ambiciono en un vino y no son, casualmente, las que me ofrece un vino colmado de taninos procedentes de la madera o unos aromas avainillados que restan cualquier gracia frutal (tampoco me valen sobre maduraciones exageradas para intentar mitigar esa carga de madera o de su carbonizado interior).

Los que me conocen ya saben que no comulgo con esos gustos, pero entiendo que la madera es positiva para muchos vinos, eso sí, en su justa medida.
¿Necesita entonces la misma cantidad de madera un vino que otro...? Lógicamente no.
Cuantas veces vemos blancos que han pasado por la barrica meses y meses, dejando así sus virtudes (si es que las tenían…) a la altura del betún ya que, por desgracia, sólo es evidente el tortazo de madera que se le ha añadido. Un tinto procedente de unas viejas viñas de Toro no puede requerir la misma cantidad de madera que uno elaborado para su venta a granel en La Mancha.
Otra cosa es que algún avispado productor de vinos insulsos aproveche el tirón y la “gracia” de la madera nueva (llámese madera en la mayoría de estos casos a las virutas, chips o cualquier otra forma de presentación) para dotar a su líquido de una pronta opulencia y una falsa sensación de calidad. Como siempre, pagan justos por pecadores pues restan credibilidad a los que realmente están necesitados de ese aporte para calmar el fulgor de su vino.


Todo este rollo viene a cuento de uno de los vinos tintos que más me ha llamado la atención últimamente: Mauro Vendimia Seleccionada 2002
Curiosamente tengo una mínima experiencia con la marca y me parece digno de reseñar la diferencia de trabajo con la madera que aporta la bodega de Tudela de Duero a los tres vinos de la casa. Tanto el primer vino como el tope de gama (Mauro y Terreus respectivamente) me parecen muy pasados de madera, faltos de identidad por la opacidad que deja ese aporte en ellos. En cambio, el susodicho VS me parece mucho más acorde con su filosofía y necesidades en ese aspecto.

Mauro VS está realizado por Mariano García (ex de Vega Sicilia, con 30 años acumulados en la gran casa) que, desde sus inicios en 1994, ha seguido el concepto vino de guarda con él.
Su elaboración es muy cuidada: tempranillo de viñas de 25-30 años de edad, levaduras naturales que se consiguen con un pie de cuba elaborado anteriormente, una primera crianza de 12 a 18 meses en roble nuevo francés y el resto, dependiendo según las necesidades de cada añada, en madera americana usada.
Es innegable que la dosis aplicada de madera en este 2002 es alta, 32 meses no dejan indiferente a nadie y menos a un vino pero, asombrosamente, la fruta guarda una capacidad de mimetización en sus primeros años que no hace más que explotar abundantemente cuando pasa su primer lustro de vida. Pocos vinos pueden jactarse de esa particularidad, el poder de la fruta y el suelo por encima de los añadidos.
Particularmente la añada 2002 se vio beneficiada por el aporte de uvas de Terreus que en ese año se desestimo su elaboración, con lo que la base para una buena cata estaba más que presentada.

Impacta su color oscuro, casi negro opaco y con un fino ribete que apenas se hace perceptible. La nariz se muestra intensa, con aromas definidos y reciamente elegantes. Fruta negra madura, especias, tierra con arcilla y una madera en pleno proceso de recesión, temblando ante tanta contundencia vínica.
El primer sorbo impacta por sus tremendos y sabrosos taninos, se estancan en las paredes bucales hasta que se les obliga a pasar… posee una densidad ajustada a su acidez creando un conjunto sobrado de elegancia y estructura.
Extraordinario final achocolatado y claras tendencias de su suelo. Vino multidimensional, tocado por la gracia del elaborador.

Puntuación: 9,3 POG

Dejadme añadir que el destino y la casualidad han decidido que esta entrada sea la número 250 en la vida de este humilde blog de vinos. Si los lectores disfrutáis con nuestros escritos una décima parte de lo que lo hacemos nosotros escribiéndolos ¡nos damos por pagados con creces!

Salud y vinos para disfrutarla.

lunes, 22 de junio de 2009

Al filo de lo posible


Con los calores del incipiente verano cada vez es más frecuente refrescar el ambiente con una fría burbuja que pongan a tono paladar y garganta antes de acometer otros caldos de temperatura más cálida.
No me declaro un amante de los espumosos de mi tierra con lo que siempre me cobijo a la sombra de mi vecina frontera gala a la hora de escoger un producto de estas características que satisfaga mi exigente sensibilidad, que no así mi bolsillo.

Los motivos cuando no son legítimos se inventan por si solos y son la excusa perfecta para reunir a unos cuantos amigos alrededor de una buena tertulia. En este caso se trataba de poner puntos y comas a la aventura que cada verano unos pocos entusiastas de los deportes de alta montaña emprendemos agarrados a la fiebre de los tres miles de nuestro Pirineo. De esta segunda parte ya daremos buena cuenta en estas mismas páginas pero ahora de lo que se trata es de planificar rutas y escaladas entre guías y mapas a la vez que satisfacer nuestros sentidos con un par de aportaciones vínicas de diferente factura.

Para empezar un Pierre Peters Cuvée Spéciale 2000. De este pequeño productor de Le Mesnil-sur-Oger ya hemos hablado en nuestro Blog Vadebacus y hemos catado además las ediciones 1998,99 y 2000. Por cierto creo que esta última se encuentra ahora a la altura de otras con muchísimo más nombre y prestigio. El abismo entre la versión básica y el Cuvée Spéciale adquiere toda su dimensión con la selección de añada 2000 camaleónica, pletórica y cargada de sensaciones. Es un Blanc de Blancs elaborado donde mejor se entiende el Chardonnay dentro de la extensa zona champañera.


La burbuja es fina, delicada, sostenida. Un suave pan tostado que se diluye dando paso a un sabor más metálico cargado de mineral calcáreo. Al cabo de un cierto rato la mantequilla se transforma en notas florales, con un ligero toque amargo y una acidez cítrica persistente que alarga su recorrido. Genial.

Con las copas todavía llenas de Pierre Peters pasamos a degustar un tinto bandera de la Costa Brava Norte, todo un clásico, un Gran Claustro 1999 Castillo de Perelada, todavía con la denominación de origen Empordà-Costa Brava –desde 2006 se ha eliminado la indicación Costa Brava-.


Este es un vino que hay que darle de comer aparte. Procede de plantaciones de los términos de Pont de Molins y Perelada. Se ha realizado a base de una selección de Cabernet Sauvignon (40%), Merlot (30%), Garnacha (15%) y Cariñena (15%).
Lo primero que nos ofrece es su opulencia con taninos muy marcados y unos barnices muy presentes. El balsámico evoluciona al evaporarse el alcohol. La fruta madura es ahora un placer y se atisba un pimiento verde junto a un suave timbre de chocolate y perfume de violetas.

El vidrio se tiñe de un rojo cargado de negro intenso que contrasta con el amarillo pálido del Pierre Peters que sigue burbujeando en la copa de al lado. Extraña pero entrañable pareja…al filo de lo posible.

N.A.La primera foto corresponde al lago del Portillon d'Ôo,cerca de Bagneres de Luchon,en el Pirineo Central.

Al filo de lo posible


Con los calores del incipiente verano cada vez es más frecuente refrescar el ambiente con una fría burbuja que pongan a tono paladar y garganta antes de acometer otros caldos de temperatura más cálida.
No me declaro un amante de los espumosos de mi tierra con lo que siempre me cobijo a la sombra de mi vecina frontera gala a la hora de escoger un producto de estas características que satisfaga mi exigente sensibilidad, que no así mi bolsillo.

Los motivos cuando no son legítimos se inventan por si solos y son la excusa perfecta para reunir a unos cuantos amigos alrededor de una buena tertulia. En este caso se trataba de poner puntos y comas a la aventura que cada verano unos pocos entusiastas de los deportes de alta montaña emprendemos agarrados a la fiebre de los tres miles de nuestro Pirineo. De esta segunda parte ya daremos buena cuenta en estas mismas páginas pero ahora de lo que se trata es de planificar rutas y escaladas entre guías y mapas a la vez que satisfacer nuestros sentidos con un par de aportaciones vínicas de diferente factura.

Para empezar un Pierre Peters Cuvée Spéciale 2000. De este pequeño productor de Le Mesnil-sur-Oger ya hemos hablado en nuestro Blog Vadebacus y hemos catado además las ediciones 1998,99 y 2000. Por cierto creo que esta última se encuentra ahora a la altura de otras con muchísimo más nombre y prestigio. El abismo entre la versión básica y el Cuvée Spéciale adquiere toda su dimensión con la selección de añada 2000 camaleónica, pletórica y cargada de sensaciones. Es un Blanc de Blancs elaborado donde mejor se entiende el Chardonnay dentro de la extensa zona champañera.


La burbuja es fina, delicada, sostenida. Un suave pan tostado que se diluye dando paso a un sabor más metálico cargado de mineral calcáreo. Al cabo de un cierto rato la mantequilla se transforma en notas florales, con un ligero toque amargo y una acidez cítrica persistente que alarga su recorrido. Genial.

Con las copas todavía llenas de Pierre Peters pasamos a degustar un tinto bandera de la Costa Brava Norte, todo un clásico, un Gran Claustro 1999 Castillo de Perelada, todavía con la denominación de origen Empordà-Costa Brava –desde 2006 se ha eliminado la indicación Costa Brava-.


Este es un vino que hay que darle de comer aparte. Procede de plantaciones de los términos de Pont de Molins y Perelada. Se ha realizado a base de una selección de Cabernet Sauvignon (40%), Merlot (30%), Garnacha (15%) y Cariñena (15%).
Lo primero que nos ofrece es su opulencia con taninos muy marcados y unos barnices muy presentes. El balsámico evoluciona al evaporarse el alcohol. La fruta madura es ahora un placer y se atisba un pimiento verde junto a un suave timbre de chocolate y perfume de violetas.

El vidrio se tiñe de un rojo cargado de negro intenso que contrasta con el amarillo pálido del Pierre Peters que sigue burbujeando en la copa de al lado. Extraña pero entrañable pareja…al filo de lo posible.

N.A.La primera foto corresponde al lago del Portillon d'Ôo,cerca de Bagneres de Luchon,en el Pirineo Central.

jueves, 18 de junio de 2009

Mas La Plana 2002

El gigante Torres, del cual hemos dedicado varios artículos en nuestra web, es un referente de expansión comercial, dedicación y tradición en todo lo que rodea al mundo de la uva. Pronto se cumplirán 140 años desde que Jaime y Miguel Torres dedicaron sus esfuerzos a construir la primera bodega de Vilafranca del Penedés. Su estrecha relación con la América Latina hace que el apellido Torres sea tan conocido por aquellos lares como por sus tierras catalanas.
La familia Torres está desperdigada por varios continentes y centros neurálgicos en lo que se refiere al vino como Chile y California.

Realizar un resumen de la historia, premios, capacidad empresarial y visión de futuro es tarea imposible, como intentar cuadrar el círculo, y es por ello que me limitaré a comentar el último de los vinos que he podido disfrutar: Torres Mas La Plana 2002.

Este Mas La Plana, conocido por aquel entonces como Gran Coronas Cabernet, desbancó a los mejores cabernets mundiales en la olimpiada del vino de Gault-Millau, en 1979, y se hizo con la medalla de oro del certamen, pasando por encima del mismísimo Chateau Latour y de cualquier otro. Fue la añada 1970 y supuso un fuerte impulso para el Penedés y para la bodega.

El viñedo que da luz a este Mas La Plana se situa en Pacs del Penedés y tiene una superficie aproximada de 29 hectáreas, todas de cabernet sauvignon. Allí se obra el milagro. Amén de premios y demás consideraciones soy de la opinión de que lo mejor para descubrir un vino es probarlo y disfrutarlo, como ha sido el caso. El precio aproximado en tienda es de 40 euros y tengo que decir que vale la pena pagarlo. Tal vez sea la mejor cabernet nacional que haya tenido ocasión de beber.


Su color es color cereza intenso de capa alta, como el de la sangre fresca. Desde su descorche el corcho estuvo impregnado de un aroma a fruta roja de muy buena calidad, excelente la materia prima con la que se hace este vino. En la primera impresión se advierte que necesita oxigenarse, no en vano es un vino con unos 18 meses en roble francés. Aromas reducidos vegetales que en cuestión de minutos desaparecen y es entonces cuando aparecen maderas de gran calidad y para nada molestas. Permanecen junto a la fruta de principio a fin pero también laurel y notas minerales similares al grafito. Arcilla y regaliz, caramelo toffee y caja de puros y un leve recuerdo sanguino.
En boca es delicioso y me sorprende porque gana con una mayor temperatura de degustación. Es más, cuánto más fresco más vegetal es. Como los grandes se despliega al despegar en temperatura y la fruta se va abriendo paso seduciéndote sin darse uno cuenta. Tiene muy buena acidez desde su entrada en boca y mantiene unos taninos todavía presentes pero que dan sensación de redondez. El final maravilla y deja un recuerdo imborrable a matorral mediterráneo con extrema delicadeza.
Delicioso.

Puntuación: 9,3 PCG

Mas La Plana 2002

El gigante Torres, del cual hemos dedicado varios artículos en nuestra web, es un referente de expansión comercial, dedicación y tradición en todo lo que rodea al mundo de la uva. Pronto se cumplirán 140 años desde que Jaime y Miguel Torres dedicaron sus esfuerzos a construir la primera bodega de Vilafranca del Penedés. Su estrecha relación con la América Latina hace que el apellido Torres sea tan conocido por aquellos lares como por sus tierras catalanas.
La familia Torres está desperdigada por varios continentes y centros neurálgicos en lo que se refiere al vino como Chile y California.

Realizar un resumen de la historia, premios, capacidad empresarial y visión de futuro es tarea imposible, como intentar cuadrar el círculo, y es por ello que me limitaré a comentar el último de los vinos que he podido disfrutar: Torres Mas La Plana 2002.

Este Mas La Plana, conocido por aquel entonces como Gran Coronas Cabernet, desbancó a los mejores cabernets mundiales en la olimpiada del vino de Gault-Millau, en 1979, y se hizo con la medalla de oro del certamen, pasando por encima del mismísimo Chateau Latour y de cualquier otro. Fue la añada 1970 y supuso un fuerte impulso para el Penedés y para la bodega.

El viñedo que da luz a este Mas La Plana se situa en Pacs del Penedés y tiene una superficie aproximada de 29 hectáreas, todas de cabernet sauvignon. Allí se obra el milagro. Amén de premios y demás consideraciones soy de la opinión de que lo mejor para descubrir un vino es probarlo y disfrutarlo, como ha sido el caso. El precio aproximado en tienda es de 40 euros y tengo que decir que vale la pena pagarlo. Tal vez sea la mejor cabernet nacional que haya tenido ocasión de beber.


Su color es color cereza intenso de capa alta, como el de la sangre fresca. Desde su descorche el corcho estuvo impregnado de un aroma a fruta roja de muy buena calidad, excelente la materia prima con la que se hace este vino. En la primera impresión se advierte que necesita oxigenarse, no en vano es un vino con unos 18 meses en roble francés. Aromas reducidos vegetales que en cuestión de minutos desaparecen y es entonces cuando aparecen maderas de gran calidad y para nada molestas. Permanecen junto a la fruta de principio a fin pero también laurel y notas minerales similares al grafito. Arcilla y regaliz, caramelo toffee y caja de puros y un leve recuerdo sanguino.
En boca es delicioso y me sorprende porque gana con una mayor temperatura de degustación. Es más, cuánto más fresco más vegetal es. Como los grandes se despliega al despegar en temperatura y la fruta se va abriendo paso seduciéndote sin darse uno cuenta. Tiene muy buena acidez desde su entrada en boca y mantiene unos taninos todavía presentes pero que dan sensación de redondez. El final maravilla y deja un recuerdo imborrable a matorral mediterráneo con extrema delicadeza.
Delicioso.

Puntuación: 9,3 PCG

lunes, 15 de junio de 2009

Un pedacito del Bages


Masies d´Avinyó, más conocida como Abadal, es de esas bodegas que abanderan una denominación de origen al completo. A la pregunta ¿qué bodega es la más importante de la pequeña D.O. Pla del Bages? La respuesta está más que clara: Abadal.
Como anteriormente ya hicimos una aproximación a la pequeña denominación de origen Pla de Bages, nos centraremos en esta ocasión en la propia bodega, en esa punta de lanza que dirige los pasos de una zona volcada desde hace siglos en la elaboración de vino.

Al asentarse en el centro de Cataluña rodeada de bosques llenos de encinas, robles, romero, tomillo y orégano, se puede decir que la bodega puede consumar sus vinos con el beneplácito de un clima continental-mediterráneo, tomando a su medida las características más apropiadas para sus elaboraciones.
Ese clima (decir microclima sería más acertado) favorece la vida y virtudes de diversas variedades -sean autóctonas o no- por lo que desde los inicios de la bodega se apuesta por un abanico varietal bastante amplio: cabernet sauvignon y franc, merlot, chardonnay como variedades foráneas, y picapoll (original del Bages) y sumoll como principales autóctonas.

Si nos centramos exclusivamente en sus dos vinos con aportación indígena nos encontramos dos ejemplos diferenciados. Por un lado un monovarietal blanco de picapoll y, por otro, un rosado donde la sumoll hace, junto con la cabernet sauvignon y estrenando coupage en esta cosecha 2008, acto de aparición para consolidar el compromiso de la bodega con las variedades autóctonas.


El primero es un vino escaso, normalmente se agota en las tiendas después de unos días de su salida al mercado. No es que sea el único monovarietal de la uva que se elabora en la Denominación, pero sí es de los que mejor se comporta con nuestro paladar.
Destaca una nariz muy potente con aromas de piña, albaricoque maduro y rastros de hinojo muy marcados. Este 2008 se nota algo cargado de lías, se aprecia que hay insistencia en su trabajo aunque no resulta preocupante por la necesidad de botella que tiene en este momento. Sabroso y algo opulento con una acidez moderada que ensancha las sensaciones en boca.
Nos deja aromas en retronasal de plátano maduro y un toque amargo (pomelo) muy característico, completamente varietal.

Si pasamos al rosado nos topamos con un vino donde el cabernet sauvignon se lleva el protagonismo del coupage (80%), eso sí, compartiendo la presentación final con la comentada sumoll.
Parece que en la primera fase de cata, la visual, gana la partida la variedad gala pues aporta un pomposo color rosa frambuesa muy sugerente, brillante y limpio.
La nariz representa a las dos variedades con rasgos diferenciados de cada una. Cereza muy madura, fresas al punto de recolección y una piruleta de fresa muy evidente. Se nota un punto de alcohol si se deja subir de temperatura (entono el mea culpa en ese aspecto… perfecto a 10-11º).
En boca es sabroso, un punto dulzón y con buena acidez. Deja sensaciones de fresa ácida y un toque de caramelo quemado muy tenue en su final.

Animamos a la bodega a seguir trabajando con las variedades autóctonas, a querer conocerlas para poder sacar de ellas el máximo rendimiento organoléptico y unos vinos, a ser posible, característicos del Bages.

[Salvo la foto de las botellas, el resto pertenecen a la web de la bodega]

Un pedacito del Bages


Masies d´Avinyó, más conocida como Abadal, es de esas bodegas que abanderan una denominación de origen al completo. A la pregunta ¿qué bodega es la más importante de la pequeña D.O. Pla del Bages? La respuesta está más que clara: Abadal.
Como anteriormente ya hicimos una aproximación a la pequeña denominación de origen Pla de Bages, nos centraremos en esta ocasión en la propia bodega, en esa punta de lanza que dirige los pasos de una zona volcada desde hace siglos en la elaboración de vino.

Al asentarse en el centro de Cataluña rodeada de bosques llenos de encinas, robles, romero, tomillo y orégano, se puede decir que la bodega puede consumar sus vinos con el beneplácito de un clima continental-mediterráneo, tomando a su medida las características más apropiadas para sus elaboraciones.
Ese clima (decir microclima sería más acertado) favorece la vida y virtudes de diversas variedades -sean autóctonas o no- por lo que desde los inicios de la bodega se apuesta por un abanico varietal bastante amplio: cabernet sauvignon y franc, merlot, chardonnay como variedades foráneas, y picapoll (original del Bages) y sumoll como principales autóctonas.

Si nos centramos exclusivamente en sus dos vinos con aportación indígena nos encontramos dos ejemplos diferenciados. Por un lado un monovarietal blanco de picapoll y, por otro, un rosado donde la sumoll hace, junto con la cabernet sauvignon y estrenando coupage en esta cosecha 2008, acto de aparición para consolidar el compromiso de la bodega con las variedades autóctonas.


El primero es un vino escaso, normalmente se agota en las tiendas después de unos días de su salida al mercado. No es que sea el único monovarietal de la uva que se elabora en la Denominación, pero sí es de los que mejor se comporta con nuestro paladar.
Destaca una nariz muy potente con aromas de piña, albaricoque maduro y rastros de hinojo muy marcados. Este 2008 se nota algo cargado de lías, se aprecia que hay insistencia en su trabajo aunque no resulta preocupante por la necesidad de botella que tiene en este momento. Sabroso y algo opulento con una acidez moderada que ensancha las sensaciones en boca.
Nos deja aromas en retronasal de plátano maduro y un toque amargo (pomelo) muy característico, completamente varietal.

Si pasamos al rosado nos topamos con un vino donde el cabernet sauvignon se lleva el protagonismo del coupage (80%), eso sí, compartiendo la presentación final con la comentada sumoll.
Parece que en la primera fase de cata, la visual, gana la partida la variedad gala pues aporta un pomposo color rosa frambuesa muy sugerente, brillante y limpio.
La nariz representa a las dos variedades con rasgos diferenciados de cada una. Cereza muy madura, fresas al punto de recolección y una piruleta de fresa muy evidente. Se nota un punto de alcohol si se deja subir de temperatura (entono el mea culpa en ese aspecto… perfecto a 10-11º).
En boca es sabroso, un punto dulzón y con buena acidez. Deja sensaciones de fresa ácida y un toque de caramelo quemado muy tenue en su final.

Animamos a la bodega a seguir trabajando con las variedades autóctonas, a querer conocerlas para poder sacar de ellas el máximo rendimiento organoléptico y unos vinos, a ser posible, característicos del Bages.

[Salvo la foto de las botellas, el resto pertenecen a la web de la bodega]

jueves, 11 de junio de 2009

El Velo en Flor


El velo, esa prenda tan denostada y que si para unos muchos significa un símbolo de opresión femenina para otros tantos adquiere un tino de pertenencia a una comunidad religiosa.

Como de lo que se trata es de ser políticamente correctos no voy a aburrirles con un discurso sobre la alianza de civilizaciones ni nada por el estilo. De lo que se trata es de publicitar una técnica conocida como el velo en flor. Velo por la capa de fermentación que se establece ininterrumpidamente durante los seis años que la Manzanilla de Sanlúcar de Barrameda va criándose en el silencio de la solera de los toneles de la Bodega Sánchez Ayala.

La paternidad corresponde al Equipo Navazos que atesora su arte sacando a la luz en esta ocasión la Bota nº 16 de Manzanilla. De hecho esta saca sigue las pautas de sus predecesoras la nº 4 y la nº 8. Esta última sí tuvimos ocasión de probarla en si día y ahora, fieles admiradores, tenemos en nuestras manos –por poco tiempo- la saca de Enero de 2009 que corresponde a la Bota 16 de Manzanilla proveniente de los Pagos que la Bodega sanluqueña Sánchez Ayala regenta en el Pago Bilbaína: Viña Soledad y Las Cañas.

El Equipo Navazos ha realizado una selección de quince toneles de la Bodega Sánchez Ayala situada en el Barrio de la Balsa al amparo de nombres en el callejero ahora míticos como Banda Playa y Divina Pastora. Antaño eran terrenos ganados al mar, en el estuario del Guadalquivir, donde crecían los ahora casi desaparecidos navazos.
La Bodega goza de un ambiente salino y fresco debido a la cercanía del Océano y de la capa freática del subsuelo que los hace únicos para la elaboración de esta Manzanilla. El velo en flor habrá acompañado a lo largo de seis años ininterrumpidamente la crianza de este mosto en las soleras de la Bodega siguiendo la tradición sanluqueña y bajo una pautas biodinámicas.

Salvando las diferencias en el tiempo esta Manzanilla nº 16 me parece más cocinada que la nº 8, más fresca y jovial. La presente es mucho más compleja, donde lo salino se confunde con la hierba de monte, donde la gamba se funde con la almendra, donde el olor a puerto deja abierta la puerta a una brisa dulce en una mañana de rocío…

Un amigo mío, entendido en las artes andaluzas y bastante saleroso, me explicaba que el velo de flor o nata de levaduras es condición indispensable tanto en Fino como en la Manzanilla –hasta los 15º vol.-. Pero la diferencia estriba en que mientras desparece en los llamados Olorosos –por encima de los 17º vol.- en los primeros se mantiene durante todo el año. En ocasiones la complejidad alcohólica hace que en los meses de verano e invierno –el apogeo es en Primavera y Otoño- la flor disminuya hasta su extinción con lo que abrimos el grifo para la aparición de los llamados Amontillados que dejan la crianza biológica para dar paso a la crianza oxidativa, es decir en contacto con el aire.

La botella de Manzanilla es una de las cuatro mil del Equipo Navazos que me ha acompañado durante toda la semana. Ideal servida entre los 8/10º de temperatura. Ella sola es suficiente compañía; si cabe se puede servir con una tapita de aceitunas o unas almendras saladas. Los dedos que sujetan la copa se quedan impregnados de su perfume hasta el punto de que todo el aire respira entre salino y hierba buena.

La Bota nº 16 de Manzanilla
Equipo Navazos, saca de Enero 2009
Bodega Miguel Sánchez Ayala
D.O. Manzanilla Sanlúcar de Barrameda
15º vol.
Edición limitada a 4000 botellas
P.C.P. 9.4

El Velo en Flor


El velo, esa prenda tan denostada y que si para unos muchos significa un símbolo de opresión femenina para otros tantos adquiere un tino de pertenencia a una comunidad religiosa.

Como de lo que se trata es de ser políticamente correctos no voy a aburrirles con un discurso sobre la alianza de civilizaciones ni nada por el estilo. De lo que se trata es de publicitar una técnica conocida como el velo en flor. Velo por la capa de fermentación que se establece ininterrumpidamente durante los seis años que la Manzanilla de Sanlúcar de Barrameda va criándose en el silencio de la solera de los toneles de la Bodega Sánchez Ayala.

La paternidad corresponde al Equipo Navazos que atesora su arte sacando a la luz en esta ocasión la Bota nº 16 de Manzanilla. De hecho esta saca sigue las pautas de sus predecesoras la nº 4 y la nº 8. Esta última sí tuvimos ocasión de probarla en si día y ahora, fieles admiradores, tenemos en nuestras manos –por poco tiempo- la saca de Enero de 2009 que corresponde a la Bota 16 de Manzanilla proveniente de los Pagos que la Bodega sanluqueña Sánchez Ayala regenta en el Pago Bilbaína: Viña Soledad y Las Cañas.

El Equipo Navazos ha realizado una selección de quince toneles de la Bodega Sánchez Ayala situada en el Barrio de la Balsa al amparo de nombres en el callejero ahora míticos como Banda Playa y Divina Pastora. Antaño eran terrenos ganados al mar, en el estuario del Guadalquivir, donde crecían los ahora casi desaparecidos navazos.
La Bodega goza de un ambiente salino y fresco debido a la cercanía del Océano y de la capa freática del subsuelo que los hace únicos para la elaboración de esta Manzanilla. El velo en flor habrá acompañado a lo largo de seis años ininterrumpidamente la crianza de este mosto en las soleras de la Bodega siguiendo la tradición sanluqueña y bajo una pautas biodinámicas.

Salvando las diferencias en el tiempo esta Manzanilla nº 16 me parece más cocinada que la nº 8, más fresca y jovial. La presente es mucho más compleja, donde lo salino se confunde con la hierba de monte, donde la gamba se funde con la almendra, donde el olor a puerto deja abierta la puerta a una brisa dulce en una mañana de rocío…

Un amigo mío, entendido en las artes andaluzas y bastante saleroso, me explicaba que el velo de flor o nata de levaduras es condición indispensable tanto en Fino como en la Manzanilla –hasta los 15º vol.-. Pero la diferencia estriba en que mientras desparece en los llamados Olorosos –por encima de los 17º vol.- en los primeros se mantiene durante todo el año. En ocasiones la complejidad alcohólica hace que en los meses de verano e invierno –el apogeo es en Primavera y Otoño- la flor disminuya hasta su extinción con lo que abrimos el grifo para la aparición de los llamados Amontillados que dejan la crianza biológica para dar paso a la crianza oxidativa, es decir en contacto con el aire.

La botella de Manzanilla es una de las cuatro mil del Equipo Navazos que me ha acompañado durante toda la semana. Ideal servida entre los 8/10º de temperatura. Ella sola es suficiente compañía; si cabe se puede servir con una tapita de aceitunas o unas almendras saladas. Los dedos que sujetan la copa se quedan impregnados de su perfume hasta el punto de que todo el aire respira entre salino y hierba buena.

La Bota nº 16 de Manzanilla
Equipo Navazos, saca de Enero 2009
Bodega Miguel Sánchez Ayala
D.O. Manzanilla Sanlúcar de Barrameda
15º vol.
Edición limitada a 4000 botellas
P.C.P. 9.4

lunes, 8 de junio de 2009

Almuerzo en La Tena


Llevaba varios meses maquinando la jugada nuestro compañero Oscar. No le gusta soltar prenda, ¿le gusta hacerse de rogar?, el caso es que finalmente llegada la semana antes del 31 de mayo me lo soltó: voy a llamar a Domi para proponerle algo. Ante el abanico de posibilidades me decanté por lo relacionado con sus vinos, claro, y me dijo que quería montar una vertical de los tres vinos Selecció que la bodega Clos Dominic ha sacado al mercado. Por orden: Clos Dominic Vinyes Altes Selecció Andreu 2004, CD Vinyes Altes Selecció Ingrid 2005 y CD Vinyes Altes Selecció Miriam 2006.

Nuestro grupo Vadebacus disponía de los tres vinos, muy oportunamente comprados en su momento en tienda demostrando visión de futuro, y Dominic dijo que sí. La idea era degustar esos tres vinos en la finca La Tena, por la mañana y a modo de almuerzo: embutidos varios, pan de primera, tomate y aceite…coca de poble. Nadie se resiste ante semejante idea, probar las tres joyas de la bodega entre amigos.

Soltamos el anzuelo al resto de compañeros de nuestro grupo y casi hicimos pleno, se apuntaron siete de nueve, y la mañana del 31 a eso de las 8 a.m. nos embarcábamos desde Barcelona con las respectivas maletas de copas, las bolsas de comida y los vinos.




Hora y media más tarde allí estábamos, llegamos antes que Dominic y Paco y pudimos sacar algunas fotos como recuerdo, al más estilo “guiri”, pero también para este reportaje. Finalmente apareció la furgo de la pareja y hubo algunas presentaciones.

Sol y calor aunque a la sombra del cerezo se está muy bien; la mesa aguardaba junto a las nueve sillas y mientras los más atrevidos se disponían a llegar a la punta de la pirámide que es la finca, yo me quedé con Domi discutiendo y preparando la mesa.




Parece que la cosecha 2007 en La Tena va a ser buena y es que esa finca parece que se salva mágicamente de añadas regulares y siempre da vinos ricos y muy personales. ¿Cuestión de brujería?

Al rato y jadeantes el grupo descendió a la base piramidal buscando la sombra y haciéndose hueco alrededor de la mesa, lista y dispuesta, acogedora, en un ambiente idóneo para nuestro almuerzo.



Catar antes que comer (una primera ronda antes de abalanzarnos sobre la teca): en primer lugar el CDVA Sel. Andreu 2004. Ya conocíamos el vino al haberlo catado hace un par de años en Barcelona. Decir que el vino estuvo estupendo, el ribete prácticamente inalterable, si acaso con ribete algo más difuminado, pero en nariz sigue siendo enorme. Fruta madura y ese halo barroco que lo rodea, incienso y cacao puro, boca potente pero sedosa, taninos presentes pero redondos y final muy largo.



Tras el Andreu le tocó el turno al CDVA Sel. Ingrid 2005: un vino que gana enteros a medida que transcurren los años. Después de haberlo catado en varias ocasiones desde que salió de la bodega se encuentra en un buen momento de consumo, la garnacha está a la altura y evoluciona lentamente y a mejor. El color es más claro que el de sus hermanos, cercano al rubí, y la presencia de la fruta roja es abrumadora, granada y regaliz rojo y un toque especiado como a nuez moscada. Ácido y con cuerda para rato.

En tercer lugar el CDVA Sel. Miriam 2006: cariñena power, cremoso en boca, chocolate y fruta negra, recuerdos de hierba de monte y una acidez que denota su juventud. Evolucionará a mejor en los próximos años y recomiendo guardar mínimo un par de años antes de abrir otra botella.


Llegó el momento de la sorpresa, Dominic nos trajo una muestra a punto de ver la luz de su último Selecció: el Clos Dominic Vinyes Altes Selecció Andreu II 2007. A pesar de su juventud se intuye lo que puede llegar a ser. Mucha fruta a borbotones y con muy buenas maneras, al estilo de su antecesor el 2004. Tener una botella de este 2007 va a ser muy difícil pero desde aquí nos arriesgamos a decir que la cariñena de este 2007 va a arrasar, tiempo al tiempo.

Como dijo nuestro compañero Carles, visitar la Tena es entender sus vinos, ese plus que proporciona el conocer el terreno es fundamental para comprender todo aquello que nos planteamos al abrir una botella.



Gracias a Paco y a Dominic por su hospitalidad, como siempre, y ojalá que en algunos años podamos volver a repetir la experiencia. Después de los vinos llegó la comida y la tertulia distendida, en pleno campo, con los vinos como protagonistas, la Tena es así.

Almuerzo en La Tena


Llevaba varios meses maquinando la jugada nuestro compañero Oscar. No le gusta soltar prenda, ¿le gusta hacerse de rogar?, el caso es que finalmente llegada la semana antes del 31 de mayo me lo soltó: voy a llamar a Domi para proponerle algo. Ante el abanico de posibilidades me decanté por lo relacionado con sus vinos, claro, y me dijo que quería montar una vertical de los tres vinos Selecció que la bodega Clos Dominic ha sacado al mercado. Por orden: Clos Dominic Vinyes Altes Selecció Andreu 2004, CD Vinyes Altes Selecció Ingrid 2005 y CD Vinyes Altes Selecció Miriam 2006.

Nuestro grupo Vadebacus disponía de los tres vinos, muy oportunamente comprados en su momento en tienda demostrando visión de futuro, y Dominic dijo que sí. La idea era degustar esos tres vinos en la finca La Tena, por la mañana y a modo de almuerzo: embutidos varios, pan de primera, tomate y aceite…coca de poble. Nadie se resiste ante semejante idea, probar las tres joyas de la bodega entre amigos.

Soltamos el anzuelo al resto de compañeros de nuestro grupo y casi hicimos pleno, se apuntaron siete de nueve, y la mañana del 31 a eso de las 8 a.m. nos embarcábamos desde Barcelona con las respectivas maletas de copas, las bolsas de comida y los vinos.




Hora y media más tarde allí estábamos, llegamos antes que Dominic y Paco y pudimos sacar algunas fotos como recuerdo, al más estilo “guiri”, pero también para este reportaje. Finalmente apareció la furgo de la pareja y hubo algunas presentaciones.

Sol y calor aunque a la sombra del cerezo se está muy bien; la mesa aguardaba junto a las nueve sillas y mientras los más atrevidos se disponían a llegar a la punta de la pirámide que es la finca, yo me quedé con Domi discutiendo y preparando la mesa.




Parece que la cosecha 2007 en La Tena va a ser buena y es que esa finca parece que se salva mágicamente de añadas regulares y siempre da vinos ricos y muy personales. ¿Cuestión de brujería?

Al rato y jadeantes el grupo descendió a la base piramidal buscando la sombra y haciéndose hueco alrededor de la mesa, lista y dispuesta, acogedora, en un ambiente idóneo para nuestro almuerzo.



Catar antes que comer (una primera ronda antes de abalanzarnos sobre la teca): en primer lugar el CDVA Sel. Andreu 2004. Ya conocíamos el vino al haberlo catado hace un par de años en Barcelona. Decir que el vino estuvo estupendo, el ribete prácticamente inalterable, si acaso con ribete algo más difuminado, pero en nariz sigue siendo enorme. Fruta madura y ese halo barroco que lo rodea, incienso y cacao puro, boca potente pero sedosa, taninos presentes pero redondos y final muy largo.



Tras el Andreu le tocó el turno al CDVA Sel. Ingrid 2005: un vino que gana enteros a medida que transcurren los años. Después de haberlo catado en varias ocasiones desde que salió de la bodega se encuentra en un buen momento de consumo, la garnacha está a la altura y evoluciona lentamente y a mejor. El color es más claro que el de sus hermanos, cercano al rubí, y la presencia de la fruta roja es abrumadora, granada y regaliz rojo y un toque especiado como a nuez moscada. Ácido y con cuerda para rato.

En tercer lugar el CDVA Sel. Miriam 2006: cariñena power, cremoso en boca, chocolate y fruta negra, recuerdos de hierba de monte y una acidez que denota su juventud. Evolucionará a mejor en los próximos años y recomiendo guardar mínimo un par de años antes de abrir otra botella.


Llegó el momento de la sorpresa, Dominic nos trajo una muestra a punto de ver la luz de su último Selecció: el Clos Dominic Vinyes Altes Selecció Andreu II 2007. A pesar de su juventud se intuye lo que puede llegar a ser. Mucha fruta a borbotones y con muy buenas maneras, al estilo de su antecesor el 2004. Tener una botella de este 2007 va a ser muy difícil pero desde aquí nos arriesgamos a decir que la cariñena de este 2007 va a arrasar, tiempo al tiempo.

Como dijo nuestro compañero Carles, visitar la Tena es entender sus vinos, ese plus que proporciona el conocer el terreno es fundamental para comprender todo aquello que nos planteamos al abrir una botella.



Gracias a Paco y a Dominic por su hospitalidad, como siempre, y ojalá que en algunos años podamos volver a repetir la experiencia. Después de los vinos llegó la comida y la tertulia distendida, en pleno campo, con los vinos como protagonistas, la Tena es así.