jueves, 15 de enero de 2009

Dorada y dorado

1740 gr. de pura dorada salvaje tienen la culpa de la expiración de mi última botella de Bürklin-Wolf Gaisböhl 2001.
El típico paseo por delante del mostrador de mi pescadería me llevó a clavar los ojos en el dichoso pescado, rumiando de inmediato en cual sería la mejor forma de acabar con su presencia en éste mundo: a la plancha, a la sal, horneada…. Al final, la opción del horno fue quien se llevó el gato al agua.

Tema comida: sencillo en todo caso. Una base de patatas y cebolla (fritas anteriormente), el jugo y unas rodajas de limón por encima, un vaso de vino blanco, un “rajolí” de AOVE y, como no, salpimentada a gusto personal. Después de una dosis de aproximadamente media hora de horno -a unos 200º- lista para ser saboreada.

Tema vino: con antelación, unas tres horas en éste caso, descorchar y decantar el susodicho vino de Pflaz para intentar sacarle el mayor partido al líquido divino. Después, con servir en una copa apropiada a una temperatura decente… ¡a disfrutar que son dos días!

Con un magnífico amarillo dorado, se muestra de aspecto denso y llorón por naturaleza (son 12,5º que se han de notar, ¿no?). La nariz es cambiante, incluso muy parca pese a las tres horas de oxigenación. Cítricos y flores blancas se van afianzando cada vez más de una fase olfativa un tanto tímida.
La boca muy suya, con un equilibrio que se basa en lo moderado del residual combinado con un nivel de acidez punzante que no hace más que ganar y ganar con el tiempo.
Su final es muy largo, con mucha sensación cítrica (piel de naranja o pomelo maduro), hierbas aromáticas (manzanilla y espliego) y un deje casi eterno de gas de mechero y pólvora quemada.

Puntuación: 8.85 POG


Conclusiones finales: La unión entre dorada y Gaisböhl GG 2001 resulta tan interesante como satisfactoria. La gruesa y compacta carne del pescado se alía con la acidez insultante y la frescura que emana cada trago del vino. Queda claro que la media hora de horno es suficiente para el pescado, no así para el vino, las tres horas de aire no hicieron más que acariciarlo sutilmente La gran diferencia entre la primera y la última copa pone de manifiesto una necesidad de oxígeno (un hermoso y lozano queso Parmesano junto a una aromática María Luisa florecían en copa, en la última copa...).

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