lunes, 28 de diciembre de 2009

Mont-Ferrant para despedir el año


Estamos inmersos en época de celebraciones y momentos de disfrute. Navidad y Fin de Año, Año Nuevo y Reyes. Nuestro entorno siempre se ha caracterizado por el uso de la espuma, descorchar unas cuantas botellas de cava y tenerlas bien cerca en la mesa. Son sinónimo de alegría, todos brindamos con una sonrisa dibujada en el rostro y chocamos nuestras copas con el preciado líquido burbujeante en su interior.


Aprovechamos estos momentos de recogimiento familiar y un desborde continuo de la tarjeta de crédito para haceros llegar los cinco vinos que pudimos catar en nuestra última reunión grupal. Se trata de cinco cavas de la empresa Mont-Ferrant que muy amablemente nos hicieron llegar hace unas semanas. Todos ellos están disponibles en la mayoría de comercios del ramo y a unos precios bastante contenidos.

Antes de proceder a plasmar nuestras sensaciones durante la cata queremos aportar cuatro pinceladas sobre la bodega. Mont-Ferrant fue fundada en el segundo tercio del siglo XIX por Agustí Vilaret, hijo del pueblo costero de Blanes, en Girona. El nombre de la bodega procede de la unión de Mont San Joan y de Mas Ferran, que es lugar donde se encontraba la masía que Agustí Vilaret compró para iniciar el negocio. En aquella época el paraje estaba rodeado de viñedos y hoy en día únicamente encontramos la sede de la bodega, con sus espacios destinados a la crianza de sus cavas pero no así los viñedos, que se encuentran en pleno Penedés.
Para la elaboración de los cavas se utilizan macabeo, xarelo y parellada además de chardonnay. Podemos extraer de la cata la existencia de un rasgo común en todos sus cavas, determinados descriptores que se repiten en todos sus vinos y que hacen de la marca un distintivo.

Los vinos catados, por orden de cata fueron los siguientes:


Roger Goulart Extra Brut Grand Cuvee 2004:

Color dorado intenso y de burbuja fina, rápida y abundante. Aromas a pastelería, regaliz y ligeros verdores que resultan algo punzantes. En boca es ácido y deja un posgusto amargo en boca de tipo herbáceo.




Berta Bouzy Reserva Extra Brut:

Dorado con burbuja mediana. En nariz nos da aromas a paja y algunas humedades asociadas a maderas algo curtidas. En boca es ácido y con algunos verdores. Se repiten las maderas viejas por retronasal.


L’Americano Brut Reserva:


Dorado pajizo, burbuja media. Aromas a anís y a raspón de uva, regaliz y a un herbáceo de tipo hinojo. En boca resulta agradable con una burbuja no agresiva.



Mont-Ferrant Blanes Nature Brut Reserva:

Color pajizo con burbuja pequeña. En nariz herbáceo con toques de crianza, levaduras, fruta blanca, pera madura. La boca es de muy buen recorrido y de buena acidez que le aporta estructura. Con personalidad.


Rouger Goulart Brut Rosé 2006:

Color salmón intenso. Nos pareció una botella rara, con aromas muy reductivos tipo sulfuroso, aunque se apreciaba claramente dejes de regaliz negro en boca, alguien comentó que le recordaba la levadura de cerveza negra. En boca el ataque es intenso, vinoso, con cuerpo y deja un recuerdo a frutillos rojos además del comentado regaliz. Curioso.




Queremos agradecer a la bodega Mont-Ferrant y aplaudir su iniciativa al contactarnos. Desde este espacio desearos a todos un buen final de año. ¡Que corra el buen cava!

lunes, 21 de diciembre de 2009

Priorato, sinfonía de paisaje y vino



Un petó de Porrera.

Este es una parte del relato que mi padre glosa de sus tres días vividos en su peregrinar por los caminos del priorato junto a mi madre y un amigo de la familia. Huelga decir que el vino es el cuarto acompañante de esta historia que tiene su punto álgido en la población de Porrera y alrededores por méritos propios y los proporcionados por la gente de Clos Dominic, anfitriones de excepción de lo aquí se cuenta y se transcribe. Es la experiencia vivida al calor de una tierra que cada año obra el milagro de extraer el mejor jugo de un pedregal aparentemente yermo, que convierte en vino la poca agua que por esas latitudes allí se vierte. Pasen y vean.

" Tres días caminando por los viejos senderos de esta comarca no son muchos, pero suficientes para darse cuenta de la singularidad de esta tierra pedregosa y seca, rodeada por la alta sierra del Montsant con sus imponentes farallones pétreos que cierran el horizonte azul y parecen aguardar y proteger esta joya de la naturaleza tan humanizada por las gentes que lo habitan que, con su tenacidad han continuado y mejorado el trabajo de sus antepasados en el cultivo de las vides y producción de vinos cuya fama ha traspasado las fronteras, siendo conocidos hoy en día por todo el mundo por su calidad.

Despertamos suavemente en la calma de esta población de Porrera, sin ruidos que turben la serenidad otoñal de esta mañana soleada y nítida. Habíamos quedado a las diez de la mañana con la Bodega Clos Dominic y allí acudimos en la calle Prat de la Riba. Nos recibe el propietario Don Francisco Castillo con la cordialidad y sencillez que le distingue.

Vamos con la furgoneta hasta llegar a su magnífica propiedad, que ofrece en sus partes altas un plano inclinado increíble donde las viejas cepas centenarias hunden sus raíces en el suelo pizarroso y reseco, mientras aquí abajo, donde hemos llegado, la viña en espaldera presenta un aspecto ubérrimo con sus hojas doradas por el otoño.


Sin bajar del coche vamos subiendo en zigzag por el interior de la finca; se para un momento para coger un racimo que aún quedaba de la reciente vendimia y nos lo ofrece en un gesto que le honra como persona de refinada sensibilidad. Las uvas un poco sobremaduradas saben a gloria. Llegamos al final del camino donde se puede ver una gran panorámica de sus viñas y otras heredades colindantes foráneas. Nos dice que de la parte de arriba de donde estamos, es preciso bajar hasta aquí las uvas en portadoras de espalda dada la pendiente del terreno.Es digno de anotar que para llegar aquí arriba con el vehículo hace falta una práctica notable que sin duda únicamente es atribuible a Don Paco.

Le preguntamos entre otras cosas, por qué en la etiqueta de las botellas de su marca figura una concha de Santiago y su respuesta es que la propiedad tiene esta curiosa forma y no porque aquí hubiera pasado supuestamente ningún camino hacia la lejana Compostela. Después de hacer unas fotografías damos la última mirada a esta hermosa propiedad cuyos singulares contornos geográficos blasonan la marca de estos prestigiosos vinos Clos Dominic.

Volvemos a Porrera para visitar la bodega familiar, donde reposan los excelentes caldos que harán en su momento las delicias de muchas mesas de diferente mantel. Vemos el proceso de elaboración con el vino nuevo aún en sus tinajas mezclado con los hollejos y en el sótano las barricas de roble donde se cría, todo pulcro y ordenado con los últimos adelantos de la enología pero con métodos propios y exclusivos de esta comarca, que dan como resultado, así lo creemos, esta joya gastronómica que son los vinos del Priorato.

Don Paco descorcha una botella de Clos Petó para nosotros y mientras degustamos su excelente contenido nos cuenta muchas cosas relacionadas con su profesión hasta que nos despedimos de él, dándole gracias por sus atenciones y habernos dedicado una parte de su tiempo en mostrarnos los que es Clos Dominic. El camino sigue hasta Falset. Pero eso es otra historia. "


Nada que añadir a este magnífico relato de la particular jornada que vivieron mis progenitores junto a un buen amigo de la familia en tierras del Priorato. Solo confirmar que los tres son confirmados entusiastas de la cultura enológica y así, no podía ser de otra manera, este quien les habla les ha salido.Clos Petó es la nueva apuesta de Clos Dominic que ve la luz con la cosecha de 2007. Es varietal con un 50% de cabernet sauvignon, un 20% de garnacha y el resto se reparte entre merlot y cariñena, de los que se nutre su hermano un poco mayor, el Vinyes Baixes. Este último quiero recordar que su composición es merlot con garnacha, cariñena y una pequeña proporción de picapoll como nota curiosa. Particularmente me encanta su sabor a terroir, es Priorato en estado puro. Mejor juzguen ustedes.

Un petó-un beso.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Odysseus, el Priorat se viste de blanco (y II)

Crece en mi interior, visto lo visto, un ansia de volver a creer en las elaboraciones blancas del país (lo siento, cada vez soy más racista en cuanto a esto del color del vino) y me decido, tras unos pocos y sugerentes comentarios, por otro vino de la bodega anteriormente citada, a dar un paso más allá: maridar un vino original con un plato complicado.

Después de desestimar varias opciones que a la postre hubiesen sido mejor entendidas, me decidí a echar mano de unas conservas que en mi última estancia por tierras manchegas pasaron a engrosar las tablas de mi (cada vez más) maltrecha despensa. Se trataba esta vez de pequeñas codornices en escabeche.


Por suerte o desgracia, el haber tenido un padre cazador me ha permitido disponer de las más tiernas y frescas codornices que pocos pueden imaginar: mi niñez corrió repartida entre codornices y tórtolas rustidas por mi madre (con esos antecedentes mi ojo crítico en el tema es, cuanto menos, “pejiguero”).
Gallináceas éllas, dispuestas por defecto a volar desde la lejana África hasta nuestros dominios las menos veces o, las más, de granjas perfectamente dotadas para su procreación y factura.

Como no quiero desviarme demasiado del tema que nos concierne presento el vino seleccionado para tal elaboración: Odysseus Pedro Ximénez 2008, un vino de una zona (Priorat) y una variedad de uva (Pedro Ximénez, PX para los amigos) que pocos están acostumbrados a relacionar entre sí.
Parece ser que la presencia de la PX en Priorat, cada vez más, roza lo testimonial. Variedad mundialmente conocida por sus vinos extremadamente dulces del sur de España y pocas veces elaborada en seco, como es el caso de la que nos concierne.
Los de Odysseus compran la uva a un viticultor de Poboleda, eso si, siempre bajo la supervisión y consejo de los bodegueros (Joseph Puig y su hija Silvia) para poder hacer con ella este claro ejemplo de vino con sello personal.
La metodología aplicada es sencilla, muy primaria y, para lo hoy en día se contempla por ahí, casi insignificante. Ni por asomo la madera se hace partícipe de la elaboración, únicamente una corta maceración prefermentativa (en acero inoxidable) antes de que el vino pase a fermentar. Punto pelota.

Bien, llegado el momento de poner frente a frente al vino y la comida no fueron pocas las sorpresas que me sucumbieron, nunca me había pasado que un vino fuese mejor justo al momento de empezar a beberlo que cuando estaba finiquitando la botella.

En la primera copa, en el primer acercamiento a mi apéndice nasal, pude apreciar la tenue fragancia de una variedad casi neutra, con un aroma propio, algo apagado pero muy personal: ligeramente cítrico y frutoso en su justa medida. La pizarra se enaltecía por detrás mostrando ese toque picante y casi especiado que recordaba del anterior Garnacha Blanca.
La boca mostró hábilmente lo que me esperaba de él, un vino prácticamente seco y con una acidez constante que desembocaba en una final “al punto” de amargo, de franco recorrido, sin opulencias ni gruesos añadidos. Bastante bien en general.
Sorpresa cuando, conforme avanzaba la oxidación del vino en copa y en botella, la nariz se tornó mucho más frutal, con esa fruta tan común en la mayoría de los vinos que suelo denostar y que, lejos de provocarme curiosidad o atracción, me hacía dudar en cuanto a lo anteriormente asimilado. La boca siguió el mismo camino, incluso llegó a perder ese toque amargo que tan personal e indígena hizo al vino.
Veo por ahí, al respecto de otras añadas, se argumenta un tenue dulzor en boca, algo de azúcar residual que lo hace sugestivo. No así en esta ocasión, parece que lo que para otros es un comedido abocamiento sensorial, para mí ha resultado ser un afrutado monocromático, algo demasiado estándar y poco atractivo.

No cabe pensar que el vinagre de las codornices (muy comedido por cierto, una marca de conserva a tener muy en cuenta…) neutralizó y/o provocó ese cambio en mis percepciones pues, la media botella que sobró del almuerzo pasó por vicaría 6 horas más tarde con un simple pescado a la plancha y, las sensaciones, fueron igual de decepcionantes si las comparamos con las iniciales.
Como siempre digo una única botella no hace muestra, esperemos otras opiniones y concedámosle el beneplácito de la duda… eso sí, los 16€ que pagué por ella siguen pesando en mi conciencia.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Odysseus, el Priorat se viste de blanco (I)


Una de las cualidades que creo tener es escuchar cuando me hablan, atender a los que quieren ampliar mi sapiencia y mostrarme lo que por mi mismo no llego a divisar.
Un adicto a los vinos blancos, como yo, puede llegar a pensar que todo está conocido, que no hay demasiado por descubrir en este mundo cada vez más globalizado de sabores y texturas. La ceguera alemana me tenía cautivo dentro de la gran variedad diva (bien es cierto que cuando se compara con otras, tiene las de ganar), pero bien se merecen las demás zonas y variedades una oportunidad de revancha…

Así es como plasmando un ejercicio de humildad, y confianza ajena, me dejé aconsejar por Carlos, (dueño, dependiente y procurador del Celler de Coll Favà), que me dijo: “prueba Odysseus Garnatxa blanca 2007, una garnacha blanca que hará florecer el Priorat en tu copa”.
Vanidoso y reacio como soy pensé: “otro vino de esos que vende autenticidad y resulta ser un cóctel de tropicalismos y maduraciones alcohólicas…”
Ahora, después de haberle metido mano a la susodicha elaboración, no tengo más que palabras de agradecimiento hacia esa persona que me hizo recobrar la confianza en lo mío.

Tras indagar un poco y pedir algo de información a la bodega (Viñedos de Ithaca), me doy cuenta que detrás de este vino y su elaboración se esconden ciertas pautas un tanto especiales.
Llama la atención que se utilice, por primera vez en esta cosecha y aparte de sus posesiones, un viñedo ajeno a la bodega (pero controlado por esta) que lleva la friolera de 80 años enraizado en la zona de Gratallops. La maceración del mosto se realiza durante 18 horas en barricas de roble -las cuales después servirán para la crianza de sus vinos tintos- y, para su fermentación, se traslada a depósitos de acero inoxidable donde permanece hasta su embotellado, donde no se estabilizó para respetar su originalidad.
La bodega recomienda decantarlo con antelación y estoy totalmente de acuerdo con ellos en ese aspecto, el vino gana en matices y se torna más amplio y satisfactorio tras una hora de aeróbica libertad.

Su color es un amarillo potente, dorado, de un aspecto algo denso y con unas marcadas gotas de alcohol que, esparcidas ellas por la copa, hacen intuir un nivel alcohólico generoso.
Los aromas vienen marcados por la fruta (pera limonera, albaricoque) y un punto cítrico muy conseguido que recuerda mucho al pomelo y a la cáscara de naranja. Un fino toque especiado se va haciendo cada vez más presente con la oxidación, jengibre raspado que, poco a poco, se va “comiendo” a los toques de humo que acompañan al conjunto en nariz.
La boca marca una gran diferencia, no tanto con su entrada como en la salida. Graso, con algo de opulencia (ahí la madera tiene algo que decir) pero muy bien mitigada por la acidez y personalidad de la materia prima. El recorrido es elegante, con suma proyección de sensaciones envolventes y un final marcado por una leve amargosidad que muestra las credenciales de una tierra y una variedad adaptada a élla.


Creo que, sino el mejor, uno de los mejores Priorats blancos que he bebido hasta la fecha. Es auténtico, varietal, satisfactorio y un lindo portador de la fragancia del sur de Cataluña.
Posiblemente gane algo de complejidad con uno o dos años de guarda, aunque está tan rico a día de hoy qué difícilmente podré comprobarlo. Además, con el añadido de su moderado precio (12€), sirve para hacer un vuelo serpenteante sensorial entre viñas de garnacha blanca y ese suelo tan particular que las ve crecer.

[Nota: Este post fue escrito a finales de la pasada primavera y, por cuestiones logísticas, no ha visto la luz hasta ahora. En este periodo de tiempo he tenido la oportunidad de probar otro vino de la bodega que me ha dejado un tanto “a cuadros”. Considero apropiado publicar inmediatamente, a continuación, mis apreciaciones para que entre todos las usemos y opinemos (si gustáis) al respecto.]

lunes, 7 de diciembre de 2009

López de Heredia: Genio y figura


Cuando el grupo Vadebacus contactó con María José López de Heredia para concertar una visita a la bodega pocos éramos los que imaginábamos que el resultado de ésta colmara nuestras expectativas hasta límites insospechados. María José lleva las riendas y es la cabeza visible de las Bodegas López de Heredia que, año tras año, se erige en la Rioja como una de las pocas fieles a un clasicismo en vías de extinción.


Son varios los vinos que salen de la bodega, pero sin duda el más conocido por todos es Viña Tondonia, que procede de la parcela del mismo nombre con una extensión aproximada de 100 Ha del total de 170 que posee la bodega.



Los cinco miembros de Vadebacus que acudimos a Haro, Rioja Alta en Logroño, pudimos disfrutar durante una jornada tan larga como enriquecedora de la pasión y el buen oficio de María José. Una visita privilegiada, en petit comité, la fortuna de tenerla para nosotros cinco y que consiguiera transmitirnos lo que significa el pasado, más de 130 años de bodega, para ella y para el gran equipo que forma la bodega. Más de sesenta trabajadores fijos más los eventuales todos al mando del trío de hermanos, descendientes de Rafael López de Heredia, que allá por el año 1875 se instaló en Haro y aprendió el oficio.


Cuenta María José que la tempranillo con la que se elaboran sus vinos tintos tiene carácter borgoñón, que las cepas tienen características muy similares con la Pinot Noir, y que esa bondad que se aprecia en sus vinos proviene de la frescura heredada de los Alsacianos que se instalaron en Burdeos y que más tarde dieron rienda suelta en la Rioja Alta.

Rafael López de Heredia, bisabuelo de María José, nació en Chile y estudió en Europa, se hizo un hueco como economista en el norte de España y tuvo la fortuna de ser asesorado en el arte de hacer vino. Siguió el consejo de los franceses y se hizo con un buen número de hectáreas y con tesón y esfuerzo consiguió construir el imperio que representa actualmente la bodega.

Su bisabuelo fue un emprendedor, construyó la bodega de forma casi visionaria, al más puro estilo Chateau. Las enormes tinas proceden de madera de diversos lugares. Todo se hace a mano por los maestros toneleros, el trabajo en la finca también es manual. Por poner un ejemplo las malas hierbas se quitan a mano.

Cuando María José nos va explicando la historia de su familia nos damos cuenta que su manera de trabajar no puede ser otra. La tradición vale más que cualquier otra cosa y ella está convencida de cada uno de sus pasos en la toma de decisiones, aún yendo a contracorriente, más allá de modas pasajeras. La fidelidad a sus orígenes se nota en la forma de explicarlos y nosotros escuchamos casi mudos porque cada minuto es como una clase magistral.


A medida que transcurren las explicaciones vamos pasando de una a otra estancia. Recorremos las enormes tinas donde llega el mosto una vez prensado para pasar a los largos túneles recubiertos de la bacteria penicillium que ayuda a preservar el ambiente y acompañar en las mejores condiciones a las barricas de roble donde pasan los vinos alrededor de 8 años aguardando los cuidados y mimos de la bodega. También llegamos a la estancia donde los maestros toneleros recuperan viejas barricas que con el paso de los años se resienten del uso prolongado y preparan alguna que otro tonel nuevo cuando es necesario. Antes salimos a ver el meandro del Ebro a su paso por Haro y la vista resulta espectacular con la finca Cubillo en la riba opuesta.



Ese vigor que transmite María José a lo largo de las horas se funde con sus explicaciones a medida que nos adentramos en lo más secreto de la bodega: la sala de las reliquias, con muchas de las botellas recubiertas de hongo y polvo, mimando el vidrio que contiene el preciado vino durante decenios. La vista es espectacular pero nada comparado con nuestro último destino: el cementerio privado. Pero esto requiere de un escrito a parte y será en la próxima entrada de nuestro compañero Carles Palahí. Magia y sorpresas en forma de cata es un breve adelanto.


Gracias María José por tu tiempo y por tu ilusión. Sabemos que el éxito está asegurado en un futuro por vuestra dedicación y esfuerzo, todos a una.



Nota: Todas las fotos son originales de Vadebacus.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Corcho& Cork& Suro


El artículo que hoy les propongo no pretende ser un extracto erudito de la historia de una pequeña población del bajo Ampurdán, en pleno corazón de la Costa Brava, cuna de mis ancestros y forjadora de mi infancia.

Palafrugell . Sólo la pronunciación de la palabra me transporta a una perdida juventud llena de sensaciones y recuerdos. Cuando de muy niño nos apeábamos de la Sarfa, esa compañía de autocares de línea que algunos denominaban la ‘Farsa’, la primera impresión recibida era, ya una vez traspuesta la estación de autobuses de Palafrugell, un fuerte olor que nunca ya se olvida a matriz de corcho recién cortado y toda una gama de barnices que se utilizan para su posterior tratamiento.

Era una experiencia que siempre se repetía cuando una vez al mes nos trasladábamos con mi familia a Palafrugell para visitar a mis abuelos paternos. Un no sé qué de euforia se apoderaba de mi cada vez que olía este ‘perfume’ a corcho que flotaba como una niebla invisible por toda la población. En invierno con el frío se acentuaba esa exaltación de la pituitaria que se transformaba en aguijones imperceptibles cuando soplaba la tramontana.

Cuando en el recorrido hacia la casa familiar situada en un extremo de la ‘Plaça de can Prats’, en una esquina entre el ‘carrer de la Taronjeta’ y el ‘carrer de la Lluna’,cruzábamos las instalaciones, hoy vacías, de la fábrica Armstrong era una placer infinito el sentir esa ‘fragancia’ ahora pletórica y cargada de matices que proporcionaba un éxtasis parecido a la cola inhalada en cada bocanada de aire.


Y es que la historia de Palafrugell es pareja al auge, esplendor y posterior caída de este noble material, el corcho, indispensable todavía, hoy por hoy, en el cerramiento de vinos, cavas y champagnes, amén de otros muchos usos.

Ya mucho antes de la llamada ‘guerra del francés’, en el siglo XVIII, la industria del corcho había ido aumentando progresivamente en toda la comarca y más en concreto en Palafrugell. El corcho, denominado ‘suro’ en catalán era extraido de la corteza de los alcornoques, ‘alzines sureres’ o ‘Quercus suber’, que crecen en las vecinas 'Gavarres', la pequeña sierra litoral que delimita las comarcas del Gironés y del Ampurdán, de Girona hasta Palamós pasando por la Bisbal. Mención aparte sería contarles las excursiones y paseos a través de árboles con la corteza arrancada desde su base y que necesitan de 7 a 9 años para su posterior desarrollo y plena recuperación.

De una fabricación artesanal se había ido transformando esta actividad en una verdadera industria dedicada a la fabricación de tapones de corcho, ‘taps de suro’ con acento especial para los indicados en la industria del champagne y los espumosos.

Paralela a la actividad industrial se desarrollaron todo tipo de sociedades, unas de inspiración cooperativista, sindical y política y otras de corte lúdico o cultural. Así nacieron las primeras sociedades gastronómicas que hoy todavía perduran con arraigo en la población ampurdanesa.


Una de las fábricas más importantes fue la Armstrong formada en 1.900 por Joan Miquel y los alemanes Enrique Vinke y Paul Meyer. En su apogeo compraron también la fábrica Trefinos que la convirtieron en filial de la Compañía. A la crisis de las Dos Guerras Mundiales se suman etapas de expansión, primero en Extremadura y Portugal, luego en la vecina Marruecos y finalmente en estados Unidos. La búsqueda de materia prima fue lo que dio lugar a la dispersión de la Industria del corcho en los nuevos mercados emergentes que a la postre, como ha sucedido con el Textil, se ha comido casi todo el pastel.

Historias contadas por mi abuelo y mi padre a la luz de una chimenea con olor a madera de alcornoque explican situaciones impensables en una época de hambre y miseria en el resto de nuestra ajada 'piel de toro'. Relatos de cómo corrian los mejores caldos y las mejores añadas de míticos champagnes en manos de obreros y patrones en fiestas que se celebraban a la luz de la luna en barracas a pie de acantilado con las olas del mar como sinfonía de fondo o a pie de viña, porque también se cultivaba vino para consumo propio en la comarca.

En la época dorada la figura de representante comercial circunvalaba el globo llevando consigo una cartera llena de tapones de corcho para un sinfín de aplicaciones que hoy en día han quedado reducidas, por suerte y todavía, a la cultura del vino.

La globalización también se ha cebado en la Industria del Corcho. Palafrugell, reconvertida en capital de turismo de clase, también dedica un apartado productivo a lo que le dio la fama. Unas veinte empresas continúan con la herencia tradicional de la fabricación de manufacturados derivados del corcho y una tercera parte a su gran estrella, los tapones técnicos para el mercado del vino: Trefinos (vinculada a Augusta Cork), Bon Tap, Imperial Cork (a Vulpellac), Francisco Sagrera, Tapones y especialidades, Pedro Ferrer, J.Vigas, Industrias Geyru, Joaquim Esteva, y algunas más que me dejo en el tintero.


Vale la pena detenerse en esta Vila de Palafrugell fuera de los agobiantes meses de estío y caminar por lo que eran sus antiguas fábricas de tapones y evocar la nostalgia de un tiempo pasado que sabe a rancia gloria y enmohecido papel ‘couché’ en blanco y negro.No dejen de acudir a su estupendo museo donde aprehender ese capítulo de historia que por supuesto no cabe entero en un Blog. Y por favor cuando se dispongan ante una botella de buen vino, cava o champagne piensen en ese pedazo de mundo que se abre cuando se descorcha. Por mi parte yo los sigo coleccionando.

P.D. Las fotos son originales de Pedro Palahí Bach-Esteve, abuelo de quien escribe. El archivo está depositado en el Ayuntamiento de Palafrugell.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Dr. Bürklin-Wolf y su Kirchenstück: la cata.



Y van tres.
Ya son tres las veces que nos hemos juntado unos cuantos forofos (¿y qué será que siempre nos vemos la cara los mismos?) alrededor de esa divinidad reencarnada en uva.
La primera sirvió para cotejar impresiones con el sumo hacedor, la segunda resultó esclarecedora y lúdica para con su origen y la tercera, la que ahora nos interesa, todo un compendio de añadas y sus resultados en el mejor viñedo del Palatinado (Die Pfalz) alemán y su bodega más loada: Kirchenstück y Dr. Bürklin-Wolf respectivamente

Con Vinialia al frente de la logística, por supuesto afinada en extremo, F. Michael Wöhr ofició de maestro de ceremonias en esta ocasión con trabajo extra como interprete por tener que traducir las estrictas explicaciones que Bettina Bürklin von Guradze (gerente y dueña de la bodega) iba argumentando al unísono que sus vinos aparecían en escena.

Para entender ese vino de pago hay que saber que, a diferencia de otras zonas vinícolas alemanas donde la pizarra es el mineral más común, el protagonista indiscutible en esta localización es el basalto, también de origen volcánico impregna con su inconfundible toque telúrico los vinos que allí germinan. Cierto volcán cercano (PechsteinKopf) se empeñó en escupir toneladas de material fulgente en dirección a la población de Forst, utilizando un angosto valle que hizo a su vez de conducto para la canalización de ésta en dirección a los pagos de Pechstein y Kirchenstück.
Los viñedos en esta zona germana poco tienen que ver con los, por ejemplo, empinados y casi escalables de la zona de Mosel. Más bien son (casi) planos, con muy poca inclinación pero con una extensión considerable dentro de la cual se dan grandes diferencias de composición geológica (no hay volcanes que rieguen a placer todos los pagos, por supuesto).
La “parcela de la iglesia” (Kirchenstück) tiene una extensión de 3,7 ha. y está compartida por 6 propietarios de los cuales Bürklin-Wolf es el que tiene la mejor parcela (sita en el corazón) con 0,55 ha. y una edad de las viñas alrededor de los 25 años.
Otro dato importante de este vino es que a partir de la cosecha 2005 se comienza a trabajar biodinámicamente y es en la cosecha de 2008 cuando ya se certifica como tal. Es el único en la parcela que intenta preservar el trabajo de la naturaleza, lejos de incluir cualquier aporte artificial. Visto lo visto las directrices tomadas por la bodega no son erróneas, los tres vinos catados posteriores a 2005 resultaron grandes ejemplos de conducta e interpretación varietal.



Dispuestos en la blanca mesa, preparados para ser catados (todos los vinos abiertos desde el día anterior y, algunos de ellos, decantados religiosamente esa misma mañana), esperaban los 8 vinos que formaban la primera alegría del día: una cata vertical con las últimas 8 añadas de Kirchenstück GG.

2007 fue el primero de la tanda. Como dijo el gran maestro, es en estos momentos un “embrión”, no se le ve (por lo menos yo) hasta donde puede llegar. La misma bodega dice que posiblemente sea el mejor de la historia, ya veremos.
Particularmente reconozco que todavía es demasiado joven pero presenta unas maneras muy bien definidas, con una fruta tan bien puesta y sostenida por esa mineralidad in crescendo que hace estremecerse. El final de boca tiene ese deje amargo de las pepitas y la piel de la uva al punto de madurez… ¡y qué acidez señores!

Una añada con mucha piedra la 2006 y no de basalto, sino de la que cae del cielo y hace menguar, en esta ocasión, a un 30% la producción… vamos un desastre.
Explotó en la copa comparado con el anterior bebé, ese año extra en botella junto a las diferencias lógicas que cada añada aporta al vino hizo que los toques de pegamento, los registros ahumados del basalto y la piel de cítrico seca se apoderaran rápidamente de todo aquel que osaba olerlo.
Algo más alcohólico en boca, menos seco también pero con una longitud brutal y una acidez muy bien puesta.

Otra añada de las “grandes” en la copa, 2005, efectivamente menos abrupta que la anterior: también con mucho de todo pero mejor puesto, más equilibrado en todos los sentidos.
Los cítricos ganaban la partida junto con un boyante basalto que le daba la mano diciendo “vamos a pasear juntos”. Ganó presencia e incluso un ligero recuerdo mentolado (hierba luisa, verbena).
Vivo en boca, aunque algo descarnado, con no tanto peso como otros. Muy largo y con tostados al retro, dejando una sensación de placidez, equilibrio y homogeneidad atroz en boca.

¡Con 2004 y 2003 hemos topado! Dos añadas complicadas para la viña alemana. La primera por la paliza recibida el año anterior, en 2003, el año de la canícula desproporcionada.
Pese a todo este 2004 no me pareció el peor de los que he probado, bastante cerrado y hermético, nada que una buena dosis de copa no pueda solucionar. La fruta es diferente, más verde, menos madura, con rastros de herbáceos que recuerdan demasiado a la uva verde o a su madera.
La boca en cambio me pareció más correcta, con muy rica acidez y unos amargos casi controlados.
2003 come aparte, la fruta es tremendamente madura con claros aromas de gominolas cítricas (hay quien dijo que olía a Fanta de limón sin gas) y donde mi humilde apéndice nasal detectó hasta algún rastro de tomate Raff. En boca algo alcohólico y mermado de la chispa vibrante que tenían el resto. Al final del trago aparecen ciertas hierbas medicinales que me dejan especular sobre una rápida evolución en vidrio.

Ahora si, con 2002 vimos lo que este pago puede llegar a dar cuando se junta el tiempo justo de botella y una analítica pareja de acidez y residual. No es la primera vez que lo catamos así que ya sabíamos que el listón estaba alto… la fruta “al punto”, el típico aroma del basalto (azúcar moreno quemado) se podía palpar con la punta de la nariz, camaleónico en la copa.
Después de un paso por boca de puro equilibrio deja una sensación ácida y punzante que provoca serias reacciones en el cuerpo, ante todo dependencia, yonkis todos. El mejor.

Normalmente con los 2001 no tengo problemas, al contrario, es una añada que me tira por su mineralidad y fina acidez. No en este caso, se me presentó demasiado raro… rastros de una humedad peligrosa y una maduración escasa. La boca con buena acidez y consistencia pero no acabó de “entrarme”.

Loada por muchos la última añada de la vertical, la 1998, marcaba su edad ante todo. Terciarios en forma de pegamento, algo de fuel y mucha fruta madurita salían por la copa. El cítrico y las flores blancas ganaban en persistencia a cada golpe de Mikasa.
Denso en boca, untuoso y con ese retro de medicina que dejan los evolucionados. Rico.



Acabados de evaluar los 8 primeros vinos pudimos disfrutar de un veterano de guerra, Kirchenstück Auslese 1971, catado recientemente por estos lares. Una mejor botella que la saboreada hace unos días nos mostró la hechura de antaño en los vinos alemanes, todavía con una buena dosis de residual y un profundo toque mineral que surge de sus entrañas. Impresionante principio de edad…sin palabras.
A esas alturas de la tarde y con la ingesta de vino que llevábamos (¿quien osa escupir tan magnos elixires?), nos sirvió de muleta para calzarnos el almuerzo que se nos presentaba.

He de decir que en esta ocasión el material sólido estuvo a la altura del líquido. El restaurante Peixample proporcionó, siempre con el beneplácito y pulcritud de Vinialia sobrevolando la organización, un magnífico menú a medida de los vinos que se iban a tomar:

Gaisböhl GC 2001 con tostadas de tomate y cebolla caramelizada y langostino de la Rápita crudo

Jesuitengarten GC 2003 Tonel #63 (impresionante este vino) acompañando unos pequeños calçots asados con berenjena y queso provolone.

Pechstein GC 1999 Tonel #63, brutal con la presa de cerdo ibérico (al punto, como mandan los cánones de todo ibérico cocinado) y puré de patatas con queso fundido.

Kirchenstück GC 2002 arropado por un rodaballo salvaje acompañado de una montaña de (demasiado oloroso) arroz con eneldo.

La parte final del ágape fue la traca definitiva, dos postres muy dignos.
Primero apareció en escena una copa de helado de frambuesa acompañada de pomelo y fresas con un viejo conocido, Pechstein Auslese “R” 1989 (a mi entender este vino es como es, mejor probarlo y opinar con conocimiento de causa).
Después el último postre, a palo seco, a pelo, Kirchenstück TBA 1994 (decir Trockenbeerenauslese resulta cansino y casi fatigoso…). A los amantes de los datos analíticos decirles que con 15 años en la espalda, 227 gr. de azúcar residual y 15 gr/l de acidez tartárica está en una etapa de su vida pletórica. Al principio me pregunté el porqué de su fuerte color ambarino, si como vino todopoderoso que es ¡debería tener más vida que el propio Matusalén! La solución al enigma estaba en la boca: todavía tengo el pelo erizado de la tremenda sensación táctil de su recorrido y su orgásmico final.



Conclusiones:

Efectivamente, Kirchenstück es para mí el mejor pago de la zona de Palatinado. Es el más elegante, el que mejor reproduce los valores de su particular terroir a través de la variedad riesling, pero… el factor añada es demasiado notable en este vino, demasiadas diferencias entre una y otra, para lo bueno y lo malo.
Por otro lado, el precio tampoco acompaña demasiado pero, ya se sabe: no hay duros a cuatro pesetas

lunes, 16 de noviembre de 2009

El socrático


En los últimos tiempos intento tomarme las cosas no tan a la tremenda. Tal vez el hecho de ir cumpliendo años proporcione cierta tranquilidad en la toma de decisiones, una cierta pasividad instantánea a veces atribuida a la falta de reflejos pero que yo leo de otra manera.

La experiencia es un grado y en plena etapa adulta nos sonrojamos interiormente cuando percibimos ciertos comportamientos en nuestro alrededor. La sabiduría que nos proporciona la experiencia es clave para entender muchas cosas y las vivencias en el mundo del vino tampoco se escapan.

En mi profesión intento usar siempre que me sea posible esa mayéutica socrática que consiste en llegar a una verdad forzando respuestas en mi caso mediante un proceso deductivo. Una variante, más o menos.

Me da la impresión que en el grupo Vadebacus alguien está ejerciendo de socrático. No a nivel del razonamiento inductivo sino siguiendo una de las máximas que la plebe conoce, el Sólo sé que no sé nada.


Tras la cata que propició la última entrada en esta web, releyéndola, me llegó un comentario con cierto negativismo por parte de uno de mis compañeros: “Me siento frustrado, me da la sensación de estar a años luz del resto del grupo…el Montille del 99 no es un vino apto para no iniciados, es lo que hay”.

Hay que aclarar que nuestro compañero durante la cata del susodicho vino no alcanzaba a entender nuestro completo disfrute y achacó esa percepción a la falta de cualidades personales en torno a la cata. Entonó ese Sólo sé que no sé nada aplicado al mundo del vino y de las sensaciones.

Amigo mío, no vacilé en quitarte la razón porque llevamos ya años en común, años repletos de emociones y valoraciones más allá de momentos poco inspirados. El hecho es que su mail me llevó a pensar qué tanto por ciento del pleno disfrute de un vino es atribuible al vino en si, como si de un catado a ciegas se tratara, y cuánto a la historia de ese vino a lo largo del tiempo hasta llegar a la botella.



Entender un vino va más allá del acto de la cata, beber un trago es beber un poco de la historia de ese vino, remontarse a los que lo hacen y a los ancestros de éstos. Cada sorbo puede ser maravilloso si con ello nos imaginamos a Hubert de Montille mandando a los enviados de Parker a tomar viento o negándose a someter a sus vinos rústicos y diferentes de la Borgoña a las nuevas modernidades inducidas por ese efecto globalizador. Sacar adelante los stocks, vinos de consumo inmediato, fáciles, golosos y con extracción, con alcohol.

¿Lo ves ahora mi querido amigo? Tú eres el sabio, el que se descoloca y a veces no entiende y se plantea y formula cuestiones más allá del accidente de lo pasajero.

Y vosotros lectores, ¿pensáis como yo que beber un vino va más allá del conocido acto VISTA-OLFATO-GUSTO y es contemplar un trozo de historia?

lunes, 9 de noviembre de 2009

Feliz Cumpleaños


En eso de cumplir los años no todo el mundo lo soporta de la misma manera. Hasta los veinte parece que te hace ilusión el ir acumulando fiestas de aniversario porque a cada una sucede una nueva experiencia a cuál más excitante, si cabe, que la anterior. Pero a medida que uno se va haciendo maduro y se agranda el grueso de la epidermis amén de la calvicie que pasa de incipiente a reflejar el astro solar en todo su esplendor a las doce del mediodía, sin hablar de otros percances aún más lamentables que nos recuerdan constantemente que muerto tenemos el IPC..., llega el momento de pararse a reflexionar.

Ya tengo unos muchos conocidos, unos cuantos amigos y unos pocos íntimos que van llegando a la cuarentena, más mental que física en algunos casos pero evidente de todas formas. Me refiero a la cuarentena de soplar 40 velas, no a esa cuarentena forzada tras gestar descendencia.
Así, burla burlando el tiempo, se acumula cada vez más trasto inútil en ese contenedor intangible que llevamos dentro cada uno de nosotros en lo más recóndito de nuestra mente, la experiencia. Sabiduría, vivencias, sensaciones vividas, escarceos con el conocimiento en carne propia van escribiendo cada capítulo de nuestro serial y poco a poco vemos que aunque lo que nos queda por recorrer es mucho lo andado es infinito.

Pero no todo van a ser lamentaciones. Si hay algo bueno en celebrar el fin de una etapa y el comienzo de otra es en la reunión que se convoca, propiciada por el protagonista del calendario y patrón de los festejos, paladín de este Blog y fiel escudero en mil y una batallas vividas a la sombra de una cepa.
Que ‘cepan todos’ que la ocasión la pintan calva y el artista que hay escondido bajo la corteza de matemático hizo gala de sus mejores virtudes. Cinco vinos, no los mejores ni los más caros, pero sí los más acertados y conjuntados. Maridaje incluido, este es el relato de una velada con una sinfonía compuesta y dirigida por nuestro buen amigo y tocayo Carlos González.



Pierre Moncuit Cuvée Millesimée 1999

Un buen comienzo de Le Mesnil-Sur-Oger. Mineralidad acusada con muy buena acidez y una mantequilla muy suave envolviendo un conjunto de flores de azahar y jazmines. Perfecto para limpiar el paladar y afinar los sentidos. La Chardonnay es la reina y protagonista de la fiesta.

Pierre Peters Cuvée Spécial Les Chétillons 2000

Otro Blanc de Blancs que ya nos ha cautivado y poco vamos a descubrirle a una de las “joyas de la corona” de la zona champañera que más satisfacciones ha dado a los blogueros de esta casa. Un carbónico de lo más armónico perfuma el paladar con notas de granito tamizadas por una mantequilla muy ligera. Al rato aparecen los orejones y un suave rastro de levadura algo amarga que hace las veces de papel secante. Su efecto persiste aún después de sorber la última gota.

Corullón 2000 Descendientes de J.Palacios

Había expectación por este espécimen del Bierzo. Es el último de su estirpe, pues este año aglutinaba un poco de aquí y otro poco de allá los frutos de pagos tan conocidos como Las Lamas, Moncerbal y La Faraona que tuvieron vida propia años después.
La primera impresión es que nos encontramos con un vino atlántico y la segunda es un destilar balsámico muy característico de la Mencía. Una pastilla juanola con licor de frambuesa sería una afirmación en la que todos estaríamos de acuerdo. Un ligero perfume de colonia se confunde con un final amargo y herbaceo. Sensación de plenitud y recorrido muy carnoso con final explosivo.

Pommard Les Pézerolles 1º Cru Contrôlée 1999 de la factoría de los irreductibles Montille.

Sin duda Monsieur Hubert enarbola el estandarte de la tradición en el señorío de Volnay. El “savoir faire” de muchas generaciones y una añada estupenda contribuyen a valorar positivamente este producto de la Borgoña. No apto para no iniciados es un vino que se bebe solo y con austeridad absoluta para mejor entendimiento de la Pinot Noir en su contexto. Tampoco es la Tâche -que algún día probaremos si nos toca la lotería- pero algo me dice que vamos por buen camino.

¡Ojo! Digo eso para disfrutarlo en su plenitud… Es lo más parecido a una esponja que recoge el filtrado de la arcilla y el manto vegetal que la envuelve. Un olor a húmedo y reducido transmite una primera impresión herbácea que poco a poco se va atemperando. Notas más maduras hacen su entrada como clarines lejanos que van dando cuerpo a la orquesta. Una sensación salina ya es perceptible en boca y los chocolates palpitan su lado amargo. Como buen Borgoña no tiene traca final sino que su recuerdo marchita poco a poco dejando un poso de suave tabaco y deliciosa compota.

¡Qué lástima! Se acabó.

Fritz Haag Juffer Sonnenuhr Auslese GK 1995

La bomba. Azucar residual: 81gr./l. Acidez: 9gr./l. Alcohol: 7% vol. Decantación: 8 horas.

No se entiende la excepcionalidad de la cosecha de 1995 en Mittel Mosel hasta que no se cata este riesling del pago de Sonnenuhr. Una ligera brisa a hidrocarburo “del bueno” emana de la botella y de la copa. Sensación de beber jalea real y un limón exprimido, todo, al mismo tiempo. Una mineralidad no exenta de matices florales armoniza el conjunto. La lengua va captando simultáneamente de un lado a otro diferentes registros, pasando de sensaciones dulces a una acidez extrema al unísono, casi sin ningún control. El “placer” es inmenso y la virtud muy poca y casi sin darnos cuenta llegamos al final del camino.

Con la copa vacía alzo la voz y digo: ¡Por muchos años amigo y que cumplas muchos más!


lunes, 2 de noviembre de 2009

Gramona, bastante más que burbujas


Quien me iba a decir que yo, pantagruélico bebedor de toda materia fermentada pero reacio consumidor de Cava, acabaría hablando, comparando y, ante todo, disfrutando de una precisa visita a una de las bodegas más tradicionales de Sant Sadurní d´Anoia: Gramona abrió sus puertas a un buen grupo de amigos dispuestos al disfrute, todos organizados tal que pelotón de ataque por Vinialia.

Como no deja de ser una bodega normal y corriente, evitaremos profundizar en los detalles comunes que se pueden encontrar en todas las bodegas (supongo estamos hartos de escuchar una y otra vez el proceso de la uva, la higiene, las capacidades, etc...) para centrarnos en algunos aspectos y elaboraciones que difieren de lo que se estila en la zona.

Considerada una bodega de tamaño medio (una producción de 1.000.000 de botellas así lo representa) no deja de sorprender que sean poseedores del 50% de la materia prima que allí se elabora, el resto, como viene siendo normal, es el resultado de una escrupuloso, tramitado y disciplinado asesoramiento a terceros. A diferencia de lo que se da normalmente en los alrededores, Gramona no tiene una dedicación absoluta al vino espumoso, todo lo contrario, se vanaglorian de llenar su catálogo con vinos tranquilos, blanco, tinto e incluso algún dulce congelado (un ciclópeo congelador asegura su producción incluso en las añadas más tórridas) y otro botritizado de contrastada calidad.
Esa producción de vinos hace necesario el reparto de espacios y el pertinente aprovechamiento de recursos. En la parte alta de la población se encuentra la zona de recepción de la uva, así como todo lo referente al procesamiento de la materia prima hasta que ésta sale camino de la distribución. Por otro lado, en el centro del pueblo, se conserva una pequeña y, esta vez sí, típica y subterránea cava donde se elaboran (muy manualmente por cierto) las joyas de la casa: Celler Batlle y los Argent blanco y rosado.
Llama poderosamente la atención la especial dedicación a la presentación final del producto, pese a lo costoso que resultan ciertos procesos manuales Gramona no deja de añadirlos a sus productos. El plástico que recubre algunas de sus botellas cuando las vemos en la tienda se tiene que instalar a mano, así como los lacres o cintas varias que llevan sus Cavas más prestigiosos.


Particularmente me quedo con la parte de la visita donde mostraron su rincón más longevo, allí donde, todavía a día de hoy, se sigue elaborando esa pócima secreta que resulta ser el hilo conductor de todos los espumosos de la casa, el licor de expedición. Es una sala llena viejos de toneles, garrafas y un buen puñado de telarañas, donde un único conocedor de los ingredientes -guardados con celo- es capaz de mezclarlos y combinarlos para que, con una simple y diminuta adicción de éste, sus vinos resulten lo más familiares y reconocibles posible. Como bien sabréis los por aquí leyentes se dosifica después de degollar cada una de las botellas de espumoso, personalizando el vino según necesidades o argumentos.


Una vez remontada la sinuosa escalera de caracol que se escondía detrás de las viejas botas, aparecimos en una espaciosa sala de catas donde una mesa, perfectamente dispuesta y atestada de copas, esperaba paciente nuestra llegada.
Como es lógico no se cataron todas las referencias de la casa pero si un grueso de lo más representativo. En total fueron 3 vinos blancos (Mas Escorpí, Sauvignon Blanc y Xarel-lo Font Jui) y 4 Cavas (Imperial G.R, III Lustros, Argent y Argent Rosé), de los cuales me centraré en los que más me gustaron para no sobrecargar estas líneas.

En primer lugar, y casi dejándome con la boca abierta por lo que en la copa hallé, Gramona Imperial Gran Reserva 2005, el Cava más popular de la casa por su gran tirada (en cualquier lineal de muchos supermercados es fácil cruzarse con él).
Su composición ya rompe un tanto con los esquemas de la zona pues prescinde de una de las tres variedades clásicas del Cava, la Parellada, en beneficio de la omnipresente Chardonnay. El particular licor de expedición y la crianza en cava -de 3 a 4 años- acaba de darle su carácter particular.
Como supongo comprenderéis no es la primera vez que me enfrento a este vino pero sí la primera donde le he visto ciertas facultades. La botella en cuestión llevaba apenas un mes degollada y eso creo que la ayudó en cantidad. Tanto la integración en boca de sus burbujas, relativamente gruesas pero amables, hasta la bonita nariz de fruta fresca que ostentaba eran factores a favor que nadie tardó en detectar, todos estábamos de acuerdo sobre la agraciada botella que teníamos delante.

Desde las 5 hectáreas de Can Aguilera viene el Sauvignon Blanc 2007, a 500m. sobre el nivel del mar y con un suelo compuesto casi en su totalidad por la famosa licorella (pizarra). Mucha selección de la uva y una crianza de tres a cuatro meses en roble nuevo francés nos dejan una bonita paleta varietal. Cristalino en vista, poco subido de color, da una nariz marcada por el mineral sin nada de pastosidades ni tropicalismos evidentes. Buena acidez y genial paso por boca, para recatar en 2 o 3 años tranquilamente. Ojalá exista la versión mágnum, sería una bonita opción de cara a experimentar con el tiempo en vidrio.

Por último, y cambiando el color del vino que hasta entonces manchaba las copas, se sirvió el Cava Argent Rosé. 100% Pinot Noir de ajustada maduración donde, prensando los racimos enteros, pasa a fermentar en barricas de roble francés. Una vez en botella pasara 30 meses con sus lías para convertirse en un gran Brut Nature de escasa tirada (4000 botellas).
De color cebolla, nada de rosados opacos u otras subidas de tono que de poco sirven y con una flagrante nariz donde la variedad de uva se deja reconocer sin tapujos (fresillas con un punto lácteo). Una boca predecible, algo ancha, con una sensación grasa que se ve refrescada por sus traviesas burbujas. Una sorpresa este (casi) Blanc de Noirs.

Agradecer a los organizadores la posibilidad de conocer dicha bodega y, a la red de redes (Internet), la posibilidad de recopilar fotos de las botellas (difícil cuestión la de olvidarse la cámara en estos actos…mea culpa).

lunes, 26 de octubre de 2009

CORCHO - CORK

Grandes amantes y devotos de la riesling alemana, piensen en una posible lista:

Dönnhoff Brücke Eiswein Tonel 19 GK 2002…800 euros.
Egon Müller Scharzhofberger Auslese 1994… 650 euros.
Fritz Haag Juffer Sonnenuhr BA 2000…350 euros..
Georg Breuer Schlossberg TBA 2005… 550 euros.
Heymann Löweinstein Rottgen TBA 2005 (3/8)…300 euros.

Imaginen el desembolso, el amor que pueda sentir aquel que decide pagar lo que le piden para conseguir cualquiera de los vinos anteriores o cualquier otro que aparezca en otra lista. Se aconseja no abrir cualquiera de los anteriores antes de 20 o 30 años, algunos se anuncian eternos en evolución, acidez y carga de azúcar residual, que si BLA, BLA o REBLÁ.

Llegado el momento se piensa en el tiempo de decantación, combinación de la acidez procedente de los datos técnicos, azúcar estimado existente, productor, pago, experiencias anteriores…etc…pero en lo que no se suele pensar es en el CORCHO.

El corcho natural hasta ahora ha sido el perfecto aliado del vino y del comprador que deposita sus esperanzas en ver que el paso del tiempo y la calidad del corcho juegan a nuestro favor. La porosidad, la elasticidad, la procedencia y el tamaño del corcho son factores a tener en cuenta en según qué vinos. Cuando compro un vino del año o un crianza a consumir en menos de 5 años no pienso en él, de hecho casi nunca pienso en el corcho hasta que me encuentro con uno de calidad y en los euros que se ha gastado el productor pensando en su producto final.

Dicen por ahí que la edad estimada del producto en cuestión raramente supera los 25 años en perfecto estado dentro de la botella. También se dice que es normal que haya pérdidas en los dulces alemanes y que no hay razón para preocuparse cuando atesoramos una de esas botellas con el cuello florecido por la pérdida o similar.



La diva lo puede todo o casi. Deben saber que los que escribimos en este espacio llevamos descorchadas una gran cantidad de botellas rhin. Qué potencial que tiene el auslese de Egon, abrirlo antes de 20 años sería un crimen, INFANTICIDIO se suele llamar. Y nosotros abrimos los ojos pensando en lo que nos encontraremos dentro de esos años, imaginando el despliegue de aromas terciarios según el productor, con ilusión.

¿Y el corcho?.¿Qué hay del penoso corcho que se usa en Alemania?. Corchos de mala calidad, de diferentes procedencias, tamaños rácanos y tacaños, provocando la salida del elixir o la contaminación por deterioro del líquido en su interior.

¿Se imaginan un vino de la lista inicial con un corcho natural más corto que el cipote de un canario (del pájaro amarillo quiero decir) y de peor calidad que la de un vino que cueste 100 veces menos?. Si no ocurren más desastres con las botellas con años es porque la diva es grande, a pesar de la tozudez y cabezonería de los productores. ¿ O es que en Alemania desconfían de la evolución en positivo de su uva magna?. No me lo explico pero ahí está y recientemente en Vadebacus nos lo encontramos.

Reliquias a catar:

Dr.Bürklin Wolf Kirchenstück Auslese 1971
Egon Müller Scharzhofberger Spätlese 1979
Maximin Grünhaus Spätlese Abtsberg 1989
Fritz Haag Juffer Sonnenuhr Auslese 1990

Todo preparado y dispuesto, decantación o aireación al milímetro, asesorados de primera mano, conocedores y amigos no nos faltan por suerte. Y la pasta para pagarlos tampoco. ¡Qué experiencia para nosotros catar y disfrutar semejantes vinos!.


Dr.Bürklin Wolf Kirchenstück Auslese 1971, el corcho se desintegró al intentar sacarlo, 38 años son más de los que algún miembro de nuestro grupo ha llegado a coleccionar a lo largo del tiempo. Loteria. El vino no llegó a contaminarse en la operación descorche y nosotros lo disfrutamos enormemente, casi el que más:
Color caramelo anaranjado. Aromas medicinales y herbáceos, cera de abeja. Pegamento que proviene del mineral basáltico, barnices rancios y café con leche o caramelo quemado y pasas. Boca oleosa con un brutal final acidoamargo que te transporta al séptimo cielo. Maravilloso.

Egon Müller Scharzhofberger Spätlese 1979

El corcho negruzco y medio podrido por su parte central y externa. Tufos desagradables que contaminan el líquido interior. Además el corcho es enano, eso sí, todo llenito de los iconos marca de la casa. Color dorado poco brillante, aromas tostados y sucios, es obvio que se ha visto perjudicado por el calamitoso tapón. Los más osados lo llegan a probar pero es mejor no reproducir los gestos por imposibilidad descriptora del que aquí escribe. A los leones.

Maximin Grunhäuser Spätlese Abstberg 1989:

Este solo tenía 20 añitos. Corcho a priori en buenas condiciones dentro de la racanería habitual (square head* made in Deutschland).
Corchazo, CORCHAZO. Humedades y desesperación general tras el fiasco del más grande, a pesar del del Palatinado. Alguno se quiere engañar diciendo que son aromas que desaparecen pero nanai, eso no se va, presente en nariz y en boca. Dos de tres.

Fritz Haag Juffer Sonnenuhr Auslese 1990:


Mi querido sr. Haag, le escribo estas palabras para decirle que su vino nos encantó, tal vez fruto de una añada brutalmente buena en la Mosela, o bien por la enorme calidad que año tras año atesoran sus caldos. Dorado brillante con aromas cítricos, mineral marca de la casa, fino fino. Caramelo de limón y un ligero tostado. Vino diseñado por un tornero de la Mosela, sin extravagancias ni aristas, un vino con patrón y una mineralidad trazada con laser. La acidez desde que entra en boca hasta que se va desvaneciendo en el recuerdo del retro es de libro, se funde con recuerdos a mantequilla fresca. Todos queremos más. La sonrisa vuelve a la mesa. Dos de cuatro.

El corcho permanece en nuestros pensamientos y las comparaciones con otros productores que SÍ apuestan por la calidad de sus corchos es inevitable. Que alguien me lo explique sin decir: es que son alemanes. Estos hechos no son aislados y la calidad de la uva no justifica la dejadez de los que venden sus productos a precio de oro.

lunes, 19 de octubre de 2009

El caballo de Burdeos



Hablar de Burdeos en un Blog sin focalizar el tema es como querer vendimiar una temporada en un solo día. Es decir, imposible. Tampoco es cuestión de explicar aquí las infinitas clasificaciones y subdenominaciones reconocidas según se encuentre cada parcela a uno u otro lado de los ríos Dordoña y Garona que atraviesan esta vasta región del Sudoeste de Francia; ni las divisiones y discusiones centenarias acerca de los mejores pagos ni la lista de los considerados Premier Grand Cru Classé A, B o C…

El tema es mucho más sencillo aunque no menos pretencioso. De lo que se trata es sentar las bases de un vino reconocible entre las más por una de sus características que a mi modo de ver enmarcan ese “Serengueti” francés, cuna de los mejores vinos del mundo, no sólo del país vecino.

La pregunta es: ¿a qué sabe un vino básico de Burdeos? Para ello echo el guante a dos vinos de base, de elaboración tradicional, de producción artesanal y de cosechas anteriores al milenio. No vale en este caso presentar un vino joven porque una de las calidades reconocibles en la vasta región de Burdeos es que el vino necesita madurar una larga temporada en botella. La longevidad dependerá también de otros muchos factores pero es una razón innegable –a pesar de la corriente Parker- al mismo tiempo que la añada, otra de las variables que también alteran el producto final.

Así nos encontramos con un Chateau Haut-Sorillon ,apellation Bordeaux Superior, de 1999 de Vignobles Rousseau, establecido a Abzac, municipio de la región de Aquitaine en el departamento de Gironde.


Laurent Rousseau y un servidor se conocieron de la manera más casual, como siempre suele suceder. Su familia detenta una propiedad en Egat, municipio cercano a Font Romeu, en el Pirineo de la Cerdanya francesa, única población con una infraestructura digna de venta vinícola. Imagínense ustedes: yo botella en mano delante del propietario en el mismo establecimiento de venta. Fue un flash con intercambio propio de ideas entre dos amantes a uno y otro lado de la frontera natural que separa a un consumidor con ganas de aprender y un productor con aspiraciones de vender. Fue un chispazo natural, como un relámpago en una tormenta. En pocos minutos me relató su vida, sus cuitas y sus desvelos y noches de insomnio por la reciente cosecha que maduraba en su Gironda natal. Algo propio de todos los viticultores que día a día cuidan la cepa que les alimenta.

La primera impresión es cien por cien cárnica, sudor de caballo desbocado; para nada pura sangre, más bien percherón y con los aperos propios de labranza. Pero al fin y al cabo es opulento, cárnico y con ese retrogusto a cuero viejo muy propio de los mejores caldos de la zona aunque con un cierto toque desafinado propio de la rusticidad del producto. Que más se puede pedir por menos de diez euros…

Segunda aproximación. Château du Berneuilh 1995, apellation Bordeaux contrôlée, "mis en bouteille a la propietée". En este caso E. Noriega regenta su château en la población de Arbis, también en la región de Aquitaine, en el departamento de la Gironde.


Curioso también como comercializa exclusivamente su producto a través de mercados ambulantes; uno de ellos en la alejada Bretaña, patria de los irreductibles Astérix y Obélix. Su razón de ser porque de vez en cuando decide ampliar mercado aventurándose casi como titiritero por los caminos de la Francia profunda.

Resulta casi una experiencia religiosa. Mucho más redondo que el anterior, con rastro de frutas maduras envueltas en hinojo y lavanda, y los rasgos típicos de sudor de caballo, esta vez mucho más sutiles pero a la vez presentes, y un cuero viejo y madera mejor tratada. Un rasgo aún más a valorar: persiste en el tiempo sin desfallecer. Y todo ello por poco más de diez euros.

Conclusiones. En los dos el terroir está muy presente. La longevidad en botella es casi imprescindible. Y el aroma cárnico y a cuero usado combina en mayor o menor medida con una tenue sensación a frutillos rojos de bosque húmedo y atlántico que sellan el conjunto.

Da la impresión que el tiempo se detiene y late con un ritmo más lento en las Bodegas de de los chateaux de Burdeos, muy lejos de la aceleración que imprime nuestra ajetreada vida diaria. Vale la pena parar nuestro reloj y detenernos sin prisa en ese elixir muy propio de la tierra de Burdeos. Y es que para beber agua hay que bajar al río. ¿Gustan ustedes?

lunes, 12 de octubre de 2009

A lomos de Rocinante...

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero olvidarme, no ha mucho tiempo dejé a un hidalgo de los de espumadera reluciente, delantal de recambio, asno tranquilo y perdiguero cazador. Muchas ollas de algo más cordero que ternera, gachas las más noches, pisto y salmorejo los sábados, alubias con perdiz los viernes, alguna liebre de añadidura los domingos consumían las tres partes de su restaurante”.


Imposible será para mi pituitaria olvidar el día que pasé en la Mancha, a caballo entre Toledo y Cuenca, entre El Toboso y Mota del Cuervo.
Benito es una persona que vive por y para su restaurante. Y mucho ojo, no quiere decir eso que descuide otros aspectos de su vida pues demostrado quedó que su otro “vicio” lo controla muy bien: las paredes de su santuario gastronómico lucen los trofeos de multitud de fructíferas cacerías.
Regenta junto a su familia un discreto pero fascinante restaurante en la localidad de El Toboso, último bastión de la provincia de Toledo, patria de Doña Dulcinea (seguro que si está pudiera no dejaría de ir a probar el pisto de Benito). Allí se encuentra uno como en su casa, rodeado, eso sí, de platillos y manjares que acaban por abrumar al comensal más recatado. La materia prima que allí se sirve brilla con luz propia, todo fresco, con esa garantía que sólo los productos de casa, recolectados, seleccionados y tratados por el dueño saben dar al que tiene el placer de probarlos.
Impresionante el pisto manchego (perdón por repetirme tanto pero ¡eso ha de quedar claro!), el salmorejo, el arroz con gallo de corral, las anaranjadas gachas, el atascaburras todoseño, la sopa de puchero y tantas otras cosas que mi desmemoriada cabeza es incapaz de recordar… cuidado con los postres, más de lo mismo.

Supongo os preguntareis cómo diantre encontré yo un sitio así en El Toboso… pues resulta fácil si se tiene de guía y procurador a Samuel Cano. Gracias a él, y a sus magníficos acompañantes, pude disfrutar como pocos de un almuerzo maravilloso en perfecta compañía, inmejorable se podría decir.
Un último apunte al tema, imaginaos por la cantidad de platos servidos la cantidad de botellas que circularon… daría para otro post mucho más extenso.

Como quedaba mucha tarde por delante y se terció un pequeño descanso antes de visitar la bodega donde se elabora nuestro ya conocido El Patio, se aprovechó para poder disfrutar de uno de los iconos más singulares de Mota del Cuervo. Se trata de sus siete molinos de viento, todos ellos en perfecto estado, incluso uno de ellos rehabilitado para crear un museo en su interior y poder así ser visitado a cambio de un voluntario donativo.


Una vez en la bodega el tiempo pasó rápido, tanto por las dimensiones de esta como por el enfrascamiento al que nos sumimos tanto Samuel como un servidor. Una buena ristra de barricas esperaban deseosas de ser catadas, todas ellas con diferente varietal en su interior, casi al punto de pasar a la siguiente fase de su vida: la botella (por cierto, a mi parecer muy bonita y original).
Me voy a callar los detalles de lo allí probado por si Samuel se quiere guardar algún as en la manga, pero a grandes rasgos decir que la calidad de las variedades que allí probé distaban muuuucho del resto de ejemplos que se dan por la zona. Eso sí, a la contra de lo que el bodeguero piensa del tempranillo allí recolectado -y criado- a mí me pareció una uva muy a tener en cuenta, sin grandes opulencias ni falsas apariencias, se muestra tal y como es, con una boca muy comedida (tímido, poco amplio si se compara con las castas foráneas tan resultonas) haciendo el mejor uso de su autóctona creación.

Allí, en la base de uno de esos gigantes que algún día el viento hizo trabajar, no dejaba de pensar en que si algún hidalgo fuese capaz de hincar estoque a esas grandes aspas no sólo perdería la batalla, sino que además se las tendría que ver con Benito y Samuel, acérrimos defensores de su tierra natal.