Cuan diferente resulta un vino con esa diferencia de edad. Recién salido al mercado casi es pecado hincar el diente a tan lozano producto (la madera arde todavía en el interior y, su equilibrio, aguarda plácido) bajo riesgo de hacerse una idea equivocada de lo que tenemos entre manos. En cambio, después de un tiempo, a veces prudencial y a veces peligroso, si atinamos el descorche, podemos disfrutar de lo que el elaborador quiso mostrar cuando decidió dotarlo de características personales.
Sabiendo que no todos los vinos blancos pueden presumir de esa vida extra en botella, entran en juego diversos factores pero, el que resulta totalmente incuestionable, es la variedad de la uva. No somos los peninsulares grandes afortunados en cuanto a vinos blancos de élite, pero poseemos varias variedades que si se manipulan bien, pueden llegar a dar sus frutos. Dos de ellas son para mí las más importantes, la albariño en Rias Baixas y la verdejo en Rueda.
Esta última, tiene dos caras muy diferenciadas respecto a su edad en botella. Su estado más primario nos conduce a una macedonia de frutas casi tropicales (y más últimamente, campando levaduras extras por doquier) con una boca bastante global y un final algo herbáceo en el mejor de los casos. Cuando pasa un tiempo (este supuesto es sólo para aquellos que sean dignos de tal ostentación…vamos, la inmensa minoría), se tornan más varietales, desplazando el tratamiento maderil –en caso de tenerlo- a segundo o tercer plano y mostrando la cara más franca y sincera que pueda dar.
En éste caso particular, recatándolo 3 años después, me encuentro un vino que ha hecho unos trueques: maracuyá por narcisos, madera nueva por una fina crema catalana, tacto untuoso y sabrosura por acidez latente. Parece otro vino, un mineral que antes no aparecía ni en lo más recóndito de su ser, sale ahora a borbotones en su retro. Veamos textualmente las sensaciones de la cata:
Nota de cata:
Primera impresión en nariz a hierba cortada, flores blancas casi marchitas, pomelo, hinojo verde y un fondo de crema pastelera muy fino y sutil. Con aire en copa aparece una pincelada de ambiente salino.
La boca está marcada por una acidez creciente, con un tacto bien compensado y un recorrido más que digno y profundo. Tal y como se traga, crece un punto amargo desde el fondo del paladar que no hace más que dar fuerza a su carácter varietal.
Retro acusado de hierba y almendra amarga, mineral troceado (canto rodado caliente) y piel de uva verde. Largo en boca y con mucho carácter.
Puntuación: 8,5 POG
Fuera de clasificaciones de cosecha, éste 2003 tiene un futuro tan plácido como longevo. Cuando lo compré -hace ya 3 años-, leí que su ventana de consumo sería de 2005 a 2012, ahora, que veo lo bien que le han sentado los años me doy cuenta de que soy un desconfiado.














El Balaitous es el pico culminante a 3.144 metros. Hay quien lo ha llamado el Cervino de los Pirineos aunque su dificultad es nimia comparada con el gigante suizo.
En la cima Oscar desenfundaba una botella de Auslese Barrique 2003 de
Han sido estos días de verano, al calor de la amistad verdadera que cada día se pone a prueba intentando tomar el pulso a esos gigantes dormidos a más de 3 mil metros, indiferentes a nuestras mundanas batallas. Así coleccionamos otros picos como el Gran Facha o los tres Infiernos, amén de otras cotas que guardamos celosamente en nuestro zurrón de aventureros.


