lunes, 10 de noviembre de 2008

la Luna de Valencia




Mientras que la mayoría de los Vadebacus se adentraban en tierras bávaras un servidor se acercaba con su familia a parajes mucho más cercanos y no por ello más conocidos. La Albufera de Valencia ha cumplido a lo largo de los años un doble objetivo : como granero de la capital en su variante más labriega, como retratara Blasco Ibáñez, y como solaz y esparcimiento de los más urbanitas al abrigo de una laguna hoy en día muy degradada y quiero creer en vías de recuperación.
Cañas y Barro que subsisten hoy en día para placer de los visitantes del Parque Natural. Allí conviven las últimas reservas de ánades y demás especies voladoras en su largo peregrinar migratorio entre Africa y el Norte de Europa. Pero al girar el pescuezo, cual ave zancuda en busca de sustento, uno se topa con la mirada altiva de los complejos turísticos de El Saler y alguna pelota de golf que perdida en la maleza ha sido adoptada por alguna especie de pato en su afán de reunir a toda su futura prole bajo el espeso plumaje.
Que los ecologistas se lo han tomado muy a pecho lo de revivir la Albufera. Hoy se intenta que salga de la UVI en la cual cayó inmersa hace algunos años víctima de la especulación y el ladrillo. Y aún así la Albufera siempre devuelve con creces sus bondades al visitante que se acerca con intención de conocer sus gentes y sus costumbres, sus raíces y esperanzas de futuro.



El Palmar, que no de Troya, es una de las poblaciones que mejor han sabido adaptarse a los nuevos tiempos. En un esfuerzo por aunar intereses más comerciales con los estrictamente derivados de una nueva observanza de la naturaleza, la Albufera ofrece al viajero su lado más amable.

Tras una dura jornada observamos que nada mejor que unas viandas a base de arroz de la laguna para recuperar fuerzas. Decidimos recogernos en el restaurante El Sequer de Tonica donde incluso, me dijeron, Lluis Llach se escapa de vez en cuando de su Porrera adoptiva.
Nos acompañó en el homenaje un Marina Alta, el Bocopa 2006, a base de moscatel de Alejandría, que fue testigo y parte en el lento desgranar de una paella, del mejor arròs a banda, con la que tocamos, esta vez sí, la Luna de Valencia.





Nota: todas las fotos son originales del autor.

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