domingo, 24 de agosto de 2008

Alemán y chileno "al dentes"

Pocas cosas agradecemos más los enochalados que tomar un vino cuando está en su cenit, en la punta más alta de su evolución (entiéndase positiva).
Como es lógico, muchos factores -y quizá un poco de suerte- influyen en la búsqueda de ese momento en un vino. Acidez, azúcar, alcohol, estructura, perfecta guarda… Todo son características que harán que un vino sea capaz de vivir durante más o menos años en su última morada de vidrio.

He aquí dos grandes vinos y ejemplos del tema. Se podría decir que son un poco radicales en sus segmentos, excepciones que confirman la regla en todo caso. Un blanco que puede vivir una eternidad y, un tinto, que debe (y que para ello está preparado) beberse prudentemente rápido.

Muchas veces hemos hablado ya por estos lares de riesling, así pues, poco o nada vamos a tener que explicar sobre un vino que con 6 años a cuestas, no sólo está en su punto óptimo, sino que le aguarda un largo periodo de bonanza.
Gessinger Zeltinger Scholssberg Kabinett 2002 está producido en las laderas alemanas del río Mosel, donde el mineral autóctono (pizarra, de varios colores) pone el sello personal con un fino y exuberante aroma.
Si algún vino vale la pena de guardar, ese es el riesling. Nos ofrece una sinfonía de olores terciarios dignos de las narices más exigentes a cambio de unos años de paciencia.
Este en cuestión, empieza a tomar ese color amarillo subido de tono, marcando el inicio de su edad madura. Tanto su brillo como sus partículas flotantes son normales, signos de buena evolución.
La nariz necesita del aire para expresarse netamente y dar todo lo que tiene acumulado por los años de encarcelamiento reductivo. Primero aromas terciarios: plástico nuevo, gas y algo de parafina. Luego el resto por detrás, pasando por encima de los hidrocarburos anteriores a codazos: Jazmín, cítricos (limón, pomelo rosa), níspero maduro y algo de menta.
La boca es realmente la que indica la eterna juventud, ácida y vertebrada, con una sensación de consistencia enorme. Fresco por defecto, no hace más que crecer en la boca con una acidez tensada a medida para acompañar al residual que mantiene.
Sumamente largo y profundo, con dosis de fuel por retro y marcada longitud cítrica y herbácea.

Sobre el tinto de hoy, decir que es una marca que llevo siguiéndolo unas cuantas cosechas por su buena RCP.
Del proyecto de Guelbenzu en Chile (ojo, la bodega es original de Navarra) nace Jardín 2005 (D.O. Valle de Colchagua). Elaborado con un 90% cabernet sauvignon y el resto con la uva autóctona del lugar, carmenere, pasa 3 meses de crianza en madera francesa.
Resulta un vino muy completo, por lo menos para mí, que gusto de elaboraciones con cierta rusticidad y con una aparente muestra de lo que su etiqueta reza.
A bote pronto, su color cereza picota, tremendamente madura y oscura ya nos dice que será un tinto con garra. Lágrima abundante y teñida.
La nariz se basa en una fruta muy madura, arropada íntegramente con las especias, el pimiento morrón y la cantidad justa de tostados cafetosos de la madera.
No se le puede pedir de momento a este vino una boca suave y tersa, es duro y rústico, pero con un apego a su nuevo mundo que le vale de salvoconducto en cualquier país (sinceridad al poder, también en temas varietales oiga).
Algo musculado en boca, con garra y taninos muy marcados bastante astringentes, pero sabrosos. Golosón.
Leve amargo al final, con mucha presencia de especiados, fruta negra muy madura y toques de hierbas balsámicas. Realmente largo y con cierta profundidad.

En resumidas cuentas, no hay que gastarse cantidades desorbitadas (12€ el riesling y 4€ el chileno) para encontrar y beber buenos vinos.

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