lunes, 18 de febrero de 2008

OBRIGADO


Portugueses y españoles hemos vivido tradicionalmente de espaldas los unos de los otros, fruto de rivalidades históricas que se remontan desde épocas muy pretéritas.

Dos dictaduras, a cuál más patética y feroz, dividieron y diluyeron el sueño, si es que alguna vez lo hubo, de una Península Ibérica unida. Si a esto le añadimos que nuestro país vecino suma un territorio más pequeño que Andalucía, nos devuelve que Portugal es una singularidad muy particular.

Emparentada con nuestros hermanos gallegos, de influencia anglosajona, por aquello de buscar aliados que la defendieran de su poderoso vecino de la piel de toro, con costumbres muy hispanas como los astados o el aceite de oliva y una mirada soñadora al mar, hacia sus antiguas posesiones africanas, como Angola y Mozambique, y más allá de ultramar como Brasil…, así es Portugal.

Todo ello es para entender un poco el carácter de nuestros hermanos lusos que he tenido ocasión de conocer un poco más a fondo en ocasión de un reciente viaje a Lisboa.

Ciudad cosmopolita, de corte anglosajona, de página incluso de novela negra, con sabor a mar y con marcado acento triste y melancólico, como si de un fado se tratase, Lisboa es una capital luminosa, sosegada y a la vez trabajadora, furgón de cola de una nueva Europa que se construye a si misma.

Vale la pena dejarse llevar por los numerosos Carris, tranvías que moldean esta ciudad cosmopolita y orientada al mar a través de la desembocadura del Tajo.

Es un placer pasearse sin prisa por sus barrios más afamados: la Alfama, aún bastante intacta y con una inmigración escasa e integrada, el barrio Alto que se llena cada noche de fado y la Baixa Chiado con sus comercios, plazas majestuosas y su estética cambiante…

La gastronomía por el menor nivel de vida nos es favorable económicamente. Así podemos degustar a un precio de risa una mariscada, arroz caldoso, el eterno bacalao y sus postres más dulces sin dejar la visa más vacía que la promesa de un político en época de elecciones, ustedes me perdonen.

Atención especial a sus vinos que intentan romper viejos prejuicios de poca calidad o demasiada graduación alcohólica. Vale la pena saborear desde un vinho verde de Ponte De Lima hasta un branco madouro del Alenteixo; y un tinto pallete de Setúbal o un madouro del Douro.
Cuidado, eso sí, con los Oporto. Vale la pena dejarse aconsejar en Casa Macário y adquirir algún vintage al mejor precio.




Les contaré mi secreto. El mejor Oporto lo saboreé con las luces de la ciudad a mis pies ante un fado improvisado en la terraza del elevador de Santa Justa. Ni que decir tiene que mi mujer me dedicó una caida de párpados, cosecha reservada para las grandes ocasiones y sin niños por delante…

Durante el día ver la bahía desde el Castillo de San Jorge, desayunar en la fábrica de Pasteis de Belem, comer el mejor marisco en la Playa del Guinxo en Cascais y ver morir la tarde en la pequeña población de Sintra son placeres que aún reserva un Portugal “menos lejano” al turista que quiera conocerlo.

Obrigado. Moito obrigado.


2 comentarios:

Vicente Sierra dijo...

Amigo Carles, es un placer leerte palabra tras palabra, todo bien ensamblado, como un buen vino. Con esa descripción tan maravillosa dan ganas de conocer el lugar y tener las mismas sensaciones que viviste acompañado de la pareja.
Mis felicitaciones por el artículo.

Obrigado.

Vicente.

Carlos Palahí dijo...

Amigo Vicente.
De hecho siempre podríamos escaparnos juntos aunque luego eso nos crearía algún que otro problema :)))
Saludos!!