lunes 8 de febrero de 2010

Deconstructing Carles


Carles acaba de cumplir cincuenta tacos. Eso ya lo sabíamos, y que llevaba preparando su cata de aniversario durante meses también. Nada más. Ni los grandes vinos que intuíamos ni cómo acabaría la noche, solo que sería una gran velada llena de sorpresas.

En pocos meses hemos celebrado mis cuarenta, ahora los diez lustros de Carles y en breve la media de las dos edades vía Vicente. Todo se junta y lástima que sólo se viva una vez.

Carles es un tío peculiar, muy cerrado y que se desvive por su familia, és clar! No acabo de pillarle el truco, aunque me esfuerzo, y tal vez debería ser su alter ego quien debería escribir estas palabras. El caso es que esta vez el siguiente en publicar soy yo y nadie quería mojarse escribiendo improperios durante la resaca del día después y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (parafraseando al homenajeado...).


Esa mezcla catalana-francesa resulta peculiar: el seny catalán y el saber hacer francés, ¡vaya dúo!. Me da la sensación que no acaba de abrirse a la gente, o quizá es que se fía de muy pocos, no te ofendas, te lo digo desde el corazón.

En nuestro blog aporta razón, temple y calma. Es el vértice que completa el triángulo, no hay dos sin tres, todos diferentes y todos necesarios. Me emociono al escribir estas palabras porque en el fondo soy un sentimental y de lágrima fácil. Sí que puedo decir que pocas veces te he visto cabreado pero he tenido la fortuna de sufrirlo. No se conoce a alguien si no lo sufres y quiero pensar que he iniciado el camino.

El caso es que se hace mayor, al menos en la foto del DNI, y últimamente nos recuerda sus batallitas una y otra vez: que si fulanito sólo bebía Coca-Cola, que si menganito cerveza, que si…

Este sábado ha querido reunir a varios de sus amigos y compañeros de cata entre los que me encuentro. El resultado ha sido espectacular, más allá de los grandes nombres que hemos podido disfrutar, lo mejor ha resultado el compartir todos ellos en buena compañía. No hay palabras que describan el festival vínico ocurrido en La Orquídea de Sant Cugat pero intentaré hacer una breve descripción.


Esta experiencia ha resultado enriquecedora a nivel personal pero también a nivel vínico, el centro de la cata era la Borgoña. Hemos podido hacernos una idea de lo que es un borgoña con años, tres borgoñas tintos con años,¡ qué digo!.

#1 Delamotte Blanc de Blancs 1999. Champagne de Le Mesnil, codo con codo con Salon, el máximo exponente del calcáreo de la Champagne.
Dorado viejo, burbuja fina, aromas francos a pastelería, fruta amarilla madura, mineral calcáreo, levaduras. Boca cremosa con la burbuja muy integrada, final ácido. Recuerdos a manzana caramelizada. Muy rico este primer vino de la noche. En palabras del anfitrión: “Hubiera querido traer un Salon, pero hay que conformarse con su hermano pequeño”. Conformarse dice, me rio yo.

#2 Chateau Fuissé Vieilles Vignes 2007. Primer Borgoña de la noche, blanco, de Pouilly Fuissé. Dorado intenso. Mantequilla, eneldo, cremosidad y acidez en boca, jovencísimo. Cítricos en boca. Infanticidio “porque me sale de XXX” según Carles.
Qué rico, para hacernos una idea de lo que es un buen chardonnay de la Borgoña.

#3 HL Uhlen “R” 2007. Este riesling de la Mosela resulta la primera oportunidad de catarlo para muchos de los que estaban en la cata. Sorpresón. Riquísimo el cambio que ha hecho la bodega rebelde alemana hacia un equilibrio entre mineral y azúcar, buscando quizá agradar a paladares ajenos a la filosofía de la bodega. Cada día me gusta más. Fruta, flores, mineral…En la boca algo de carbónico residual, acidez perfecta y un final larguísimo y cítrico.



#4 Chassagne-Montrachet 1976, de Joseph Pichat en Macon. Borgoña tinto, pinot noir, 34 años lo contemplan. Abierto la noche antes, parecía avinagrado recién abierto pero hay que tener paciencia con los vinos viejos.
Color de la arcilla. Barro en la copa, óxido y metálico recién servido. Anchoa, arenque seco, terroso, cacao y cueros viejos. Tabaco y un fondo de frutillos rojos silvestres. En boca se le notan los años pero la copa borgoña de riedel le va muy bien. Gana enteros a medida que pasan los minutos. Profundo, enamora, un tinto de la borgoña que te hace pensar en la correcta evolución de los vinos actuales. Imposible que un vino de hoy sea así dentro de 34.



#5 Leroy Monthelie 1985. Otro Borgoña de una casa mítica. Para mí el mejor de la noche en tintos. Veinticinco años sin despeinarse. Dejo de tomar notas, el vino me puede, cruzamos miradas mientras lo probamos, el cosquilleo que sube por la nuca aparece solo en los grandes vinos y por más que abrimos los ojos no damos crédito. Me niego a escribir una nota de cata. Qué armazón, qué estructura, qué acidez!. And it shall reign for ever and ever!.



#6 Leroy Beaune Perrieres 1986. De la misma casa que el anterior pero de otro pago. Siendo un vinazo se nota algo inferior al Monthelie. ¿La añada?. Quién sabe, se nota la línea de la bodega pero es diferente siendo prácticamente coetáneos. Menuda lección de lo que debe ser un vino con 25 años, luego decimos que un 2001 está caído. ¿ Queréis saber lo que es el terroir?. Probad un vino así por favor, luego hablamos.

#7 Grans-Fassian Apotheke Auslese-GK 1998. Pocos vinos pueden seguir a los tres tintos anteriores y permanecer en lo alto, con los pies bien plantados y con la cabeza bien alta. Hacía un año que no lo probaba y es la primera vez que lo hago en botella de ¾. Cada vez se parece más al monstruo del mismo nombre pero del 90. Evolucionará positivamente en los próximos años. Tiempo al tiempo. Quien no lo haya probado aún que busque una botella.

#8 Eugen Müller TBA 1992. Un TBA de riesling de Pfalz, del pago de Forster. Color café, como su aroma. Aromas con recuerdos a PX, hierbas aromáticas, pegamento Ymedio y licor café. Buena estructura en boca. La botella de 3/8 se acaba en un santiamén, es que somos nueve.

Y se acabó el festival. Lección de vinos de nuestro amigo Carles, que cumplas muchos más. Je t'aime, mon ami. Nous avons été très difficile maintenant.

lunes 1 de febrero de 2010

Pingus


Una fría tarde del mes de Enero de los corrientes recibo una llamada en el móvil. Con la vibración activada la sacudida del pantalón es de las que a más de uno le provocaría una reacción más propia del mundo de los conejos que de los humanos. Consigo extraer del fondo del bolsillo el susodicho artefacto y me dispongo a responder a tan pertinaz llamada.

Chico ….-silencio- ¡Ha llegado por fin!”.
Cagüendiosss!” –única respuesta.

Sobran los comentarios. Era la confirmación que estaba esperando. Se disipan las dudas. Esta noche mojaremos como Dios manda…las copas de vino –se entiende-. No hay duda que el material ha llegado sano y salvo y se encuentra a buen recaudo.

Va a ser mi segunda botella tras cinco años lamentando su ausencia. Se ha hecho eterna la espera pero ha valido la pena tanta paciencia. Por fin la marca que me recuerda a la serie animada del pingüino, de la que no se perdía ningún capítulo mi hijo pequeño, volverá a estar delante de mí para animar la fiesta.

Pingus es la máxima expresión embotellada que se puede encontrar made in Spain. Cinco hectáreas de viñedo y una producción muy limitada bastan para que Dominio de Pingus, del afamado Peter Sisseck, el rey midas de la enología en nuestro país, se haya abierto un hueco como uno de los imprescindibles en la selecta guía de los mejores vinos de fama mundial.

Sólo son cinco hectáreas con cuatro parcelas, 150 barricas y una nave en la localidad vallisoletana de Quintanilla de Onésimo. Pero el trabajo del enólogo danés Peter Sisseck junto a unos pagos en el que la edad de las viñas no bajan de los cincuenta años han catapultado a la fama mundial su producto estrella, Pingus, nacido en 1995 y con su primera cosecha en el fondo del mar, pues se hundió en el Atlántico, camino de Estados Unidos.

La nuestra es la añada de 2003, potente, equilibrada y sorprendentemente elegante. Un vino de autor, nacido Ribera pero apellidado Sisseck y apadrinado por Parker. Pero tremendamente sabroso y a la vez complejo.


Han pasado cinco años desde que lo probamos por primera vez y mis impresiones han cambiado en conceptos pero no en sensaciones. Recuerdo que en aquel entonces se hizo un silencio sepulcral en el reducido grupo que tuvimos la increíble suerte de ser los llamados al banquete. Lo encontramos con una potencia mayúscula, se preciaba la fruta madura y nos sublimaba ese fino terciario con sabor a cuero y a yogur de moras. Estas fueron mis notas de cata:

“Fue como llamar al cielo y abrirse las puertas de par en par. Todavía conservo en boca esos AROMAS, esa finura, esa redondez aterciopelada, esa pastilla con sabor a cuero, a werters original, a flores secas...
de capa muy alta, vistoso, con lágrima aunque sin pasarse. Excelente filtrado.
Abierto 7 horas antes todavía seguía evolucionando. Olores muy variados con predominancia de cueros, madera noble, caramelo, flores secas.
En boca que más se puede pedir. LARGO, MUY LARGO, más que una ristra de longanizas. Acidez, frescura, taninos, EQUILIBRADO, quizás sería la palabra. Redondo, de trago muy, muy largo.
Desde el primer contacto se hizo un silencio sepulcral. EMOCION, se erizó el pelo. Nunca había notado esa sensación. Mis años de experiencia se vinieron abajo.
Sólo agradecer a esa alma caritativa que me ofreció su amistad al invitarme a esta maravillosa cata.”

Un lustro después verbos y adjetivos apenas cambiarían. Se nota eso sí más afinamiento y quizás algo menos de potencia, pero ha ganado en untuosidad y elegancia. Una acidez muy fresca envuelve ese tanino de terciopelo que se enrosca en el paladar suavemente sin dejarlo, echando raíces, como un inquilino discreto pero con un sello muy personal e inconfundible. Es Pingus.


Quiero añadir que el descorche de este Pingus no estuvo solo. Lo acompañaron un Champagne Pierre Gimonnet Cuvée Special Club 1999, un Las Lamas 2002, Descendientes de J.Palacios, y un Grans-Fassian Apotheke Auslese-GK 1998 que no se replegaron ante tal magnitud. El representante de las burbujas abrió el ruedo y también cerró la Plaza. Mientras que Las Lamas elevó dignamente el pabellón del Bierzo dejando tras de sí un sabor balsámico y a botica ejerciendo para la ocasión de telonero ilustre del afamado vallisoletano. Por último la dulzura de la diva fue la guinda del pastel.

Quiero poner el acento en el Pierre Gimonnet que ganó muchísimos enteros al final de la cata a pesar de un comienzo discreto al inicio de la misma. Cosas de la Chardonnay y la Côte des Blancs.

No puedo por último dejar de agradecer los esfuerzos y desvelos de mi amigo Xavito -bendita sea su estampa- que por partida doble me ha permitido estar presente en esta experiencia casi religiosa. ¿Habrá una tercera? De aquí a cinco años hablamos….o no.

Nota del autor: Pingus es también –según la Wikipedia- el nombre de un videojuego de puzle abierto inspirado en el conocido juego de los Lemmings y creado por Ingo Runke. Estas bípedas aves se parecen a la mascota Tux del núcleo Linux de software libre y guardan cierta relación con la serie de dibujos animados para los más pequeños cuyo protagonista es también un pingüino llamado Pingu.

lunes 25 de enero de 2010

Cream cream cream La Bota de... Cream

Lo que es la vida…. Tanto tiempo probando vinos sin parar, miles de kilómetros amontonados en el cuerpo persiguiendo la cultura del vino, cientos de botellas descorchadas en busca de “el vino perfecto” para que, de un plumazo y bien cerca de casa, me surgiese, tal que aparición mariana, la oportunidad de probar el que ha sido mi mejor generoso hasta la fecha.


Jesús Barquín y su compañero de fatigas, Eduardo Ojeda, forman un tándem muy bien establecido, Equipo Navazos gustan de llamarse. Ambos son magnánimos conocedores de todos los entresijos y recovecos de las bodegas del Marco de Jerez y Montilla: su labor comercial es buscar y/o encontrar, hacerse con el mejor material (que por razones inhóspitas está olvidado, apartado) y, una vez seleccionado, embotellarlo y ponerlo a la venta para que nosotros, pantagruélicos devoradores de grandezas, demos buena cuenta de ello.
Algunos pensarán que la verdadera labor viene dada por las grandes bodegas que ellos escudriñan, y parte de razón no les falta pero… ¿de qué serviría que ciertos vinos se perdiesen o quedasen en el más profundo anonimato? Yo me quito el sombrero por la capacidad de búsqueda y conocimiento de causa de estos dos talibanes del vino generoso del sur de España. Sólo espero que la empresa que llevan tan disciplinadamente siga aprovisionándose (y por ende, aprovisionándonos) de muchos de esos tesoros enterrados, que la lista de selecciones siga aumentando por muchos años más.
Donde si que hay que hacer hincapié y otorgarles así un punto a su favor, es en la ausencia de filtraciones severas del producto embotellado, esa y no otra es la gran diferencia al respecto de las propias bodegas. El Equipo Navazos se toma la libertad de no filtrar (o bien muy poco, lo justo para que el vino siga siendo “real”) sus selecciones. No así las bodegas que, aún teniendo muchas veces esos mismos vinos en su catálogo, sí pasan las elaboraciones por ese proceso antes de envasar (de cara a estabilizar y crear un producto más seguro comercialmente).
Dicho eso, de poco sirve enrollarse y masacrar al respetable con más datos sobre el Equipo Navazos.

Normalmente las selecciones del Equipo hacen aparición al más puro ejemplo de las del cuerpo de la benemérita, por parejas, de dos en dos, respaldándose mutuamente y cubriendo entre sí un amplio margen de maniobra.
En esta ocasión la ha tocado el turno a un primer espada de la casa anteriormente conocido, el Fino Macharnudo Alto (con el nº 18 de la serie y una saca datada en diciembre de 2009) de la inmensa y variopinta Valdespino.


Siendo como es uno de los más grandes finos que estamos acostumbrados a llevarnos a la boca, pocos datos podemos añadir… quizá que la frescura de la saca hace que se vea como algo fresco, falto de unos meses en botella para que empiece a formarse seriamente. Y ojo, que yo lo probé con unos cortes de jamón y me maravilló, mantiene intacto su impresionante poder de convicción.

Donde sí quiero detenerme e intentar traspasar mi emoción es en su compañero de puesta en escena. Una vez más, desde Valdespino, reducto de tesoros escondidos, llega a nosotros la selección nº 19: La Bota de Cream, Bota “NO”.
Cuando se presentó, hace ya más de 4 meses, más de uno cargó contra ella apuntando que siendo un “simple” Cream (dicho con rintintín y casi con cara de aversión) su mejor mercado estaría en los hogares británicos de vieja alcurnia, alimentando los ancianos paladares de señoras reunidas al son del carillón de las cinco de la tarde, alrededor de unos vasos de te y con sus tacatacas cerca por si hay que ir al lavabo en plan urgente... Permítanme unas carcajadas al respecto.

Este Cream viejísimo, con un abolengo de más de un siglo, es uno de los vinos que crean el paradigma del vino eterno, vino que por sus hechuras y cualidades naturales sobrevivirá a todos nosotros.
Para los no puestos en materia hay que decir que un Cream es el resultado de mezclar un oloroso (seco) con un PX (dulce) ambos, en este caso, de primerísima calidad y desde el mismísimo inicio de la solera. Tanto la mano de los vinateros, que durante estos más de cien años han pasado por su existencia, como la providencia divina han querido que esa vasija, esa bota de material único, fuese marcada con un NO mayúsculo, palabra que advierte de su condición especial. Esa bota NO debe entrar en el circuito normal, se merece comer aparte del resto, NO debe entrar a formar parte de ningún sistema de soleras y criaderas, su contenido es único e irrepetible… y así fue, hasta ahora, hasta que ese primer trago ha hecho explotar al unísono mi pituitaria y la poca mente que mi perímetro cefálico atesoraba.


Puestos a descifrarlo hay que dejar muy claro que es un vino con dos facetas altamente perceptibles… por un lado está su facilidad inicial, cómo el despertar dentro de un edén que maravilla por su colorido salvaje, por su amplitud de miras, por la permeabilidad de todos sus componentes.
Por otro, la disección de cada una de sus capas que, una a una, nos dejan deleitarnos pacientemente y con una tenacidad insuperable en cada uno de sus estadios.
Ojos, nariz y boca se han de aliar para penetrar en ese cosmos de colores ambarinos con tendencias oscuras, de aromas a lacas, frutos secos (dátiles, nueces verdes, orejones…), de la naranja con su piel. Muchos componentes acarameladamente seductores que abrazan a un conjunto cargado de vibrante personalidad.
Punto y aparte para la boca: primero notaremos una entrada densa, el líquido elemento crece como un globo hinchándose dentro de la boca, soltando al unísono caricias y puñetazos en toda la cavidad… cuidado con los empastes dentales, la punzada de acidez hace saltar lágrimas casi inmediatamente.
Y que decir de su longitud… imposible de explicar. Al igual que su vida, larga, centenaria, su profunda amplitud se alarga hasta el infinito, sin final.

He de reconocer que el Moscatel Toneles causó en mí una sensación de extremo desconocimiento, pero este Viejo Cream me ha dejado completamente noqueado, como si mi vida después de esos tragos fuese un conjunto de autistas divagaciones…. Una botella tengo, una botella que será mi tesoooooroooo….

lunes 18 de enero de 2010

En el tintero: Va de retro

Hojeando la libreta donde suelo anotar todo aquello relacionado con las catas grupales me encuentro con una descatalogada y que, por razones aleatorias, no se había publicado aún. La podríamos ubicar en el tercer cuatrimestre del año que acabamos de dejar y creo oportuno rescatarla por los interesantes vinos que pudimos catar.

El primero de la lista fue un champagne, Roederer Brut Premier, de la famosa casa Louis Roederer situada en la zona de Reims. Su vino más preciado es la cuvée Cristal, de moda desde hace varios lustros y que no puede faltar en cualquier fiesta con glamour. El nuestro es el básico de la casa, alrededor de los treinta y largos euros. Coupage mayoritario de pinot noir con un tercio de chardonnay y una pincelada de menieur. Pasa entre tres y cuatro años en sus lías.

De color dorado y burbuja fina. Aromas a manzana, bollería, pan tostado, flor blanca y pera de agua. Recuerdos salinos. En boca es amable con el gas integrado y con un final algo amargo con atisbos de piel de pera verde. Mejor de lo esperado.

Le siguió un TCA de Pierre Peters Cuvée Speciale 1999. Mala suerte para este vino que no pudimos disfrutar como siempre lo hacemos en este espacio. Lástima que cada vez nos vayan quedando menos botellas.

El blanco de la tarde fue el Remelluri Blanco 2006, de la bodega Granja de Nuestra Señora de Remelluri. Curioso el coupage que forma este blanco: garnacha blanca, roussanne, marsanne, viogner, moscatel, chardonnay, sauvignon blanc y petit courbut. En ese 2006 la vendimia se adelantó por las altas temperaturas y los vinos envejecieron por separado durante 16 meses. Posteriormente permanecieron ya unidas para formar este vino por espacio de dos meses antes del embotellado.


Color dorado con irisaciones verdosas. Nariz a pomelo maduro, pedernal y anís, herbáceo (hinojo). En boca es cremoso con un final ácido y redondo, con un retronasal al tostado de la madera. Ahumado. Subiendo la temperatura aparecen notas de crema catalana y café. Muy rico, de los mejores blancos nacionales.

Vamos con el primer tinto: Alion 1999. No hace falta decir nada de la bodega, punta de lanza de la Ribera del Duero, con la seña de identidad de Vega Sicilia. Teníamos curiosidad en comprobar cómo está un Alión entrado en años y aquí os dejo nuestras impresiones.


Color picota subido con ribete atejado. Aromas lácteos , yogur de moras, arcilla roja y a madera no muy nueva. Al ir ganando tiempo aparecen florales (violetas). En boca es ácido, seña de identidad de la zona y con la madera en boca mezclada con la fruta. Con la aireación aparece el salino no metálico (líquen, algas) y una pincelada de regaliz. Rico este Alión con diez años.


Por último una sorpresa: Paolo Scavino Cannubi 1999. Un Barolo con la nebbiolo como protagonista, en una añada grande para los barolos que procede del municipo del Piemonte Castiglione Falletto. Un buen vino para una recuperada bodega de la mano de Enrico Scavino.
Aromas a espliego, un ligero especiado, y a lácteos (corteza de queso). En seguida florales, lila, y a colonia de lavanda. Su entrada en boca es sedosa con mucho recorrido, opulento y tánico. Su final es ácido y con un equilibrio en boca digno de mención. Es muy joven a pesar de sus diez años. Un final a caramelo te queda en el recuerdo. Magnífico. Gracias Vicente.

Quede constancia de dichos vinos con este escrito. Y ahora volvamos al 2010.

lunes 11 de enero de 2010

La última Cena


El último suspiro del año 2009 lo pasé en compañía de los que mejor comprenden en los últimos tiempos mi pasión por el vino y la gastronomía. Es decir, mi familia más directa y los amigos con los cuales he compartido las discusiones más acaloradas y también las sensaciones más divinas. Placer y trabajo, dos vocablos que se combinan en una harmonía en ocasiones no tan perfecta pero que es un maridaje obligado para los que peleamos a diario con la vida mundana.
Y es que el Nirvana a lo largo de este 2009 no ha estado exento de un largo peregrinar por la senda del conocimiento y la búsqueda del Santo Grial. Y al final resulta que la Copa de Cristo era de madera y labrada de una rusticidad que ya percibió Miguel Angel en su famosa pintura de la Santa Cena.
Quiero decir que el pulso más celestial late en el corazón más simplista, menos lastrado por la carga de los prejuicios, de esa humanidad encorsetada, de las actitudes prescritas y reglas establecidas. Y es así que los últimos minutos del año fueron compartidos por los que hacemos posible que este Blog vea la luz cada semana con energías renovadas, con tesón y honestidad, con ambición pero con los pies en el suelo, y con ese punto de taquicardia cada lunes al comprobar que un pedacito de ti navega sin rumbo en ese espacio intemporal y globalizado de la Red de redes.
Fue una cena sin estridencias, miradas cómplices, silencios que hablan solos en compañía de parejas e hijos que se acoplaron perfectamente a la liturgia de lo que allí se consagraba. Y de lo que se trata no es contar lo maravillosos que somos –que también- sino de plasmar el aspecto material de este cierre del año, lejos de los ajustes económicos que imperan en las esferas gubernamentales.


Listo a continuación los maridajes para la ocasión. Abriendo el apetito, un Champagne Drappier Grand Sendrée 2000 junto a un Fois Gras con confitura de tomate y un salmón ahumado con mantequilla sazonada con tropezones de trufa.
Inaugurando el baile una ensalada con langostinos y pulpo gallego haciendo pareja con un Dom Pérignon Vintage 1999 primero y luego un Dönhoff Hermannshöhle Spätlese trocken 2002 con la especialidad marca de la casa de la familia González –gallega su mujer-, una empanada de berberechos de auténtico lujo…para morirse.
Rematando la faena, ya bien entrada la noche, acercándose las agujas a su punto más alto, un estofado de cerdo recalcitrante de la mano de un Château Haut-Brion 1994. Apropiándome del lenguaje taurino puedo decir que dio la vuelta al ruedo a hombros de la cuadrilla, cortando dos orejas y rabo y saliendo por la puerta grande de la Maestranza.
Los postres, poco antes de las campanadas de Medianoche, fueron los honores del Egon Müller Scharzhofberger Spätlese 2007 que lubricaban un bizcocho a lo Panetone y un Tortell de cabello del 'angel caído'.
Las uvas fueron lavadas con Pierre Peters Extra Brut ya conocido pero en tamaño magnum. Extasis en estado puro que augura un 2010 por lo menos igual de placentero.

Drappier Grand Sendrée 2000
www.champagne-drappier.com
La Bodega que se inició en el siglo XVIII reside en Urville desde 1838. Sus plantaciones de más de 70 años se reparten entre la apetitosa y fresca Chardonnay y el especiado Pinot Noir.
Una sorpresa si tenemos en cuenta que fue el que más agradó por su conjunto elegante, maduro en boca pero con un frescor juvenil que lo hacía tremendamente apetecible, sobre todo para el público femenino.
Y una curiosidad. El nombre de Sendrée fue debido a un error ortográfico al mencionar las características del paraje donde se asienta el terroir. Deriva de la palabra cendres –ceniza- tras el incendio que dejó la población reducida a cenizas en 1838.
Para una próxima ocasión no me quiero perder el que lleva el nombre del mítico general –éste democrático- que dirigió los destinos de Francia tras la segunda Guerra Mundial, Charles De Gaulle.


Dom Perignon Vintage 1999
www.domperignon.com
Desde que el dominico Dom Pierre Pérignon -1638 a 1715- se estableciera en la población de Hautvillers, el corcho y el champagne caminan de la misma mano. Richard Geoffroy dirige esta mítica marca –perteneciente al grupo Möet&Chandon- que se apropió del nombre del padre de esta peculiar variedad enológica que tanto nos satisface.
En la presente apreciamos pequeños sinsabores reducidos que paulatinamente fueron desapareciendo. Pero nunca brilló a la altura de lo que se esperaba; una pena.
55% de Chardonnay y un 45% de Pinot Noir para este Champagne que sólo ve la luz en ocasión de las mejores añadas. Un arco iris de levaduras copa la nariz mientras que un verdor a hierba un puntito amarga asoma en el paladar restándole carácter, más si lo comparamos con el primero.

Dönnhoff Niederhäuser Hermannshöhle Riesling Spätlese trocken 2002
http://www.doennhoff.com/
O quizás el mejor seco –trocken- de uvas sobremaduradas –spätlese- de la región de Nahe. Un riesling de altura que viste con luz propia la mesa a que se destina.
No vamos a descubrir sus magníficas cualidades a estas alturas; lean lo que acerca de este vino los de Vadebacus escribimos en el siguiente enlace:
http://www.vadebacus.com/2009/02/donnhoff-hermannshohle-en-vertical.html


Château Haut-Brion 1994
www.haut-brion.com/home/fr/index.php
Fue la única finca no perteneciente al Médoc que fue incluida en la mítica clasificación de 1855. Pessac-Léognan, dentro de la comarca de Graves, a 2 kilómetros de la ciudad de Burdeos, es el apellido de uno de las vacas sagradas de los mejores tintos del mundo.
Y este hizo gala de sus mejores virtudes. Caballo pura sangre, sudoroso y desbocado, algo sucio, pero que excita los sentidos, así literalmente, a cada pasada. No hay quien pare esa cuadra arropiera; si acaso se desprende un fino bouquet a cafés especiados, ligeramente ahumados y una hierba buena que limpia cualquier arista.
Jean- Philippe Delmas dirige esta maravilla que necesita entre 24 y 47 meses para ver la luz a través del cristal. Su composición es más bien tópica: a riesgo de equivocarme la conforman un 55% de Cabernet, un 25% de Merlot y un 20% de Cabernet Franc. La botella, algo rara para representar a un Burdeos, toma la apariencia de un fino caldo borgoñés.
La andadura de Haut-Brion se remonta a 1423 con la famila Pontac y aún cambiando de manos a lo largo del tiempo siempre se ha distinguido por ser uno de los especímenes más valorados entre sus congéneres. Méritos no le faltan, doy fe de ello.

Egon Müller Scharzhofberger Spätlese 2007
http://www.scharzhof.de/English/index.htm
Pasando a los dulces, sin duda este es el mejor exponente. Un riesling de la factoría Egon Müller IV fácil en su concepción y pletórico en su recorrido. Elegante y femenino a la vez aúna la intensidad de la diva- riesling- con la frescura de cítricos y flores blancas. Otro lujo al alcance.
http://www.vadebacus.com/2008/08/una-excusa-perfecta.html

Aún quedó espacio para la campanada final: un Pierre Peters Extra Brut en formato magnum que ayudó a engullir las doce uvas que como marca el reglamento saludaron este nuevo año 2010.
Espero ahora que la cuesta de Enero no sea tan empinada porque el codo ya lo tengo fastidiado. Aunque va a ser difícil.

lunes 4 de enero de 2010

Año nuevo, viñas viejas.

Antes de que empiecen a florecer los apuntes de los grandes (y caros) vinos bebidos estos días me gustaría rendir homenaje, con este primer post de 2010, a una de las parcelas (o quizá debiera decir "vino", pues está comprobado que es el puro reflejo de lo que allí se cuece) que mayor goce me han causado en esta mi existencia enófila: “Burger Wendelstück”, Alte Reben de Weinhaus Barzen.


La excursión realizada hace ya más de un año a las lindes del río Mosel, patria de los que, a día de hoy, considero los mejores vinos blancos que he probado, fue el desvirgamiento y apogeo de un cúmulo de necesidades que todo aficionado, allá cada cual con sus gustos, debe realizar por lo menos una vez en la vida.
Más o menos en el centro del cauce (donde por la reducida inclinación del terreno cuesta saber en que sentido se mecen las aguas), a aproximadamente 100km. de su desembocadura al excelso Rin, bajando a mano derecha y casi en el epicentro de una escultórica ladera, se encuentra la parcela que dejó en mi mente una huella imposible de borrar... no es baladí que allí, en aquel sobrecogedor y emotivo momento, se gestara la idea y la realización del vino que aquí, dentro de un momento, pasaré a describir.

La situación es fácil de imaginar: cuatro de los integrantes de VDB nos encontramos, casi sin tiempo para asimilarlo, en pleno corazón del viñedo prefiloxérico (plantado en 1885) de Alexander Barzen.
Los días anteriores habían sido un continuo ir y venir a diferentes tiendas, pueblos y otros lugares de interés en la zona y, como quien no quiere la cosa, decidimos dejar para el último día la visita a nuestro pago de referencia, del que más vino hemos bebido hasta la fecha y tenemos mejores referencias.
Allí postrados los cuatro, serían las 10 de la mañana aproximadamente, con un halo de niebla que garantizaba una humedad relativa cercana al 100% y nos envolvía como si fuésemos un racimo más de tantos que allí colgaban… Las miradas se entrecruzaban con los ojos achinados por el frío (octubre es lo que tiene en aquellas latitudes) como si cada uno de nosotros esperáramos ver aparecer entre las verticales cepas a algún fantasma ancestral, algún morador de aquella tierra tan exclusiva.
Cuando mi mente reaccionó y pudo hacer articular palabras a la boca, que hasta entonces había permanecido muda (a plena semejanza del más canijo de los enanitos de Blanca Nieves), no dudé en lanzar la primera de una tanda de preguntas que fatigaría incluso al más veterano viticultor: ¿el riesling es bueno como uva de mesa?
Todavía recuerdo la estruendosa carcajada que soltó Alexander al oírme. Sin más, se acercó a la primera cepa que en su camino se cruzó y arrancó un tan pequeño como dorado racimo de uva y dijo “tomad y comed todos de él”. Como mi posición a él era la más próxima fui el primero en llevármelo a la boca. No miento al decir que, tras exprimir el jugo de esas bayas en mi pantagruélica cavidad y escuchar el afónico repicar de campanas de una iglesia que anunciaba el principio de una nueva era, pudiera haber recorrido -en pura competencia profética- una legua marina caminando sobre aquellas aguas al son de la música de ángeles y querubines divinos.



Todavía con esa sensación trascendental rozando mis papilas gustativas, devolviendo todo un sinfín de aromas por retronasal, abordé al cuidadoso enólogo con la petición de realizar, visto el estado sanitario de aquellas uvas, un buen vino dulce de una categoría tal que pudiera soportar -más si cabe- el paso de los años y sacar así todo ese ardor que las viñas viejas poseen en su savia interna.
Después de un tira y afloja con él conseguí que bajara la guardia y diese su aprobación a tal efecto, ¡bien!
Ahora tenía que conseguir mi segundo propósito y, como sabueso peleón, di dos vueltas alrededor suyo antes de soltarle el bocado definitivo, directo a la yugular: ¿y si embotellas algunas en formato Jeroboam (3l.)? Los ojos parecían salírsele de las órbitas, las venas de su cuello se hincharon de tal manera que parecían rechonchas serpientes, el pelo se le erizó más que a los gatos cuando ven al fantasma anteriormente mencionado… después de tragar unas cuantas bocanadas de aire en aquel gélido ambiente, vi que una chispa de esperanza florecía en sus ojos y ahí es cuando me dije “¡ya es mío!”. Su lógico lamento venía dado por la escasa producción del pago, apenas 2400 l/ha (0,32l. por cepa!) en los mejores años… por suerte pudo más la innovación que la compostura.

Y así es como, a día de hoy, el vino de la cosecha 2008 (tocada ligeramente por una botrytis que brilló por su ausencia en la práctica totalidad del viñedo alemán), se ha transformado en un codiciado Alte Reben Auslese 2008, con un número limitado de botellas de 75 cl. y una insignificante remesa de 10 botellas de 3l. requeridas expresamente para unos pocos “elegidos”.

Siendo como es un vino tocado por el don de la eterna juventud, ahora, apenas un año después de llevarme aquel racimo a la boca, su color es prácticamente un amarillo limón, muy claro y brillante. Sus lágrimas son consistentes por los 80 gr/l de azúcar residual que conserva, ni mucho menos por la cantidad de alcohol (apenas unos insignificantes 8º).
La nariz está tremendamente marcada por un sinfín de fruta madura: blanca, amarilla, cítrica… y con un poco de aire se empiezan a asomar, tímidos, los primeros aromas minerales (pizarra azul y roja componen el suelo de la parcela), los mismos que tan bien conocemos los que anteriormente hemos probado los vinos allí gestados.
Curiosamente, y he aquí la grandeza de “la diva”, su boca tiene dos o tres estadios diferentes. Primero dulce, luego amargo y, finalmente, gracias a sus 8,8 gr/l de tartárico, ácido hasta el infinito (y más allá).
De tan liviano y refrescante que resulta, se corre el riesgo de vaciar la botella demasiado precipitadamente. Hace falta serenarse, ahuecar la mente de pensamientos mefíticos y entregarse al más puro y salvaje vicio que sólo los enochalados ostentamos. Os aseguro que la pituitaria aplaude a dos manos.

Y lo más grande de estos vinos, disfrutable desde ya o, bien, cuando pasen muchos lustros...

lunes 28 de diciembre de 2009

Mont-Ferrant para despedir el año


Estamos inmersos en época de celebraciones y momentos de disfrute. Navidad y Fin de Año, Año Nuevo y Reyes. Nuestro entorno siempre se ha caracterizado por el uso de la espuma, descorchar unas cuantas botellas de cava y tenerlas bien cerca en la mesa. Son sinónimo de alegría, todos brindamos con una sonrisa dibujada en el rostro y chocamos nuestras copas con el preciado líquido burbujeante en su interior.


Aprovechamos estos momentos de recogimiento familiar y un desborde continuo de la tarjeta de crédito para haceros llegar los cinco vinos que pudimos catar en nuestra última reunión grupal. Se trata de cinco cavas de la empresa Mont-Ferrant que muy amablemente nos hicieron llegar hace unas semanas. Todos ellos están disponibles en la mayoría de comercios del ramo y a unos precios bastante contenidos.

Antes de proceder a plasmar nuestras sensaciones durante la cata queremos aportar cuatro pinceladas sobre la bodega. Mont-Ferrant fue fundada en el segundo tercio del siglo XIX por Agustí Vilaret, hijo del pueblo costero de Blanes, en Girona. El nombre de la bodega procede de la unión de Mont San Joan y de Mas Ferran, que es lugar donde se encontraba la masía que Agustí Vilaret compró para iniciar el negocio. En aquella época el paraje estaba rodeado de viñedos y hoy en día únicamente encontramos la sede de la bodega, con sus espacios destinados a la crianza de sus cavas pero no así los viñedos, que se encuentran en pleno Penedés.
Para la elaboración de los cavas se utilizan macabeo, xarelo y parellada además de chardonnay. Podemos extraer de la cata la existencia de un rasgo común en todos sus cavas, determinados descriptores que se repiten en todos sus vinos y que hacen de la marca un distintivo.

Los vinos catados, por orden de cata fueron los siguientes:


Roger Goulart Extra Brut Grand Cuvee 2004:

Color dorado intenso y de burbuja fina, rápida y abundante. Aromas a pastelería, regaliz y ligeros verdores que resultan algo punzantes. En boca es ácido y deja un posgusto amargo en boca de tipo herbáceo.




Berta Bouzy Reserva Extra Brut:

Dorado con burbuja mediana. En nariz nos da aromas a paja y algunas humedades asociadas a maderas algo curtidas. En boca es ácido y con algunos verdores. Se repiten las maderas viejas por retronasal.


L’Americano Brut Reserva:


Dorado pajizo, burbuja media. Aromas a anís y a raspón de uva, regaliz y a un herbáceo de tipo hinojo. En boca resulta agradable con una burbuja no agresiva.



Mont-Ferrant Blanes Nature Brut Reserva:

Color pajizo con burbuja pequeña. En nariz herbáceo con toques de crianza, levaduras, fruta blanca, pera madura. La boca es de muy buen recorrido y de buena acidez que le aporta estructura. Con personalidad.


Rouger Goulart Brut Rosé 2006:

Color salmón intenso. Nos pareció una botella rara, con aromas muy reductivos tipo sulfuroso, aunque se apreciaba claramente dejes de regaliz negro en boca, alguien comentó que le recordaba la levadura de cerveza negra. En boca el ataque es intenso, vinoso, con cuerpo y deja un recuerdo a frutillos rojos además del comentado regaliz. Curioso.




Queremos agradecer a la bodega Mont-Ferrant y aplaudir su iniciativa al contactarnos. Desde este espacio desearos a todos un buen final de año. ¡Que corra el buen cava!